sábado, 27 de diciembre de 2008

La casa azul



La casa estaba pintada de color azul, de ahí el título escogido. Al pensar en él, en esa frase inicial, viene a mi cabeza una palabra que, según parecer de críticos y escritores consagrados, debe quedar desterrada de cualquier relato literario. La escribo con mayúsculas tras los dos puntos: OBVIEDAD. Tengo leído en Umbral que “escribir es descubrir la cosa en su momento metafórico”, y la metáfora nunca es obvia. La metáfora es un árbol partido en declinación latina, una greguería en vuelo rasante, un encuentro inesperado tras el espejo del cuarto de baño, espejo que, sin necesidad de azogue, nos da esperpentos mayores que los que pululan en el Callejón del Gato. La casa estaba pintada de color azul. También podría haber titulado “La casa de la esquina”, porque la casa azul hacía esquina en una de las calles del pueblo, de cualquier pueblo, que antes prefiero la invención a pedir permiso para nombrarlo, que son pocas las páginas que debo escribir y ya pierdo espacio con estas primeras disquisiciones, no lo voy a perder también concluyendo con títulos de crédito agradecidos a las autoridades locales por la colaboración prestada, por haber puesto a mi disposición todo lo necesario para desarrollar mi trabajo en libertad y todos esos lugares comunes que detesto. Invento, pues, el pueblo y escojo el título por parecerme, sin que consiga alturas dignas de ejemplificar manuales académicos, honrado es reconocerlo, más poético el color de la casa que su ubicación. Al fin y al cabo, que sea azul y esté en una esquina no son características que distingan a la casa de tantas otras que debe haber en el mundo en la misma situación.
La casa azul, hace años, era blanca, similar a casi todas las que hay en el pueblo que requiere ese color para una mejor protección del calor que, durante la mayor parte del año, tiene que sufrir. Está ahí, frente a la mía, desde siempre, desde que la calle hace siglos que dejó de ser arrabal y tuvo su nombre: Tetuán, conocida popularmente por “Las morerías” dado que al decir de las leyendas del lugar fueron los moros, así, en general, quienes primero se asentaron allí. Mi memoria alcanza al recuerdo de dos familias que han habitado en la casa además de su propietario actual, el protagonista de esta historia, el viejo violinista que se instaló hace cinco años, pintó la casa de azul y llenó de música el empedrado ancestral de mi calle, las palabras que escribo y algunas noches junto a los gatos en celo. El viejo violinista, mi vecino, antes de formar parte de esta pieza que escribo, era ya un personaje más literario que real, si acaso esa contraposición entre literatura y realidad es posible, que no entro a diseccionar el asunto, lo dejo para tertulias de radio vespertinas (las matutinas son para café cortado y competencias autonómicas) porque a mí no me interesa la cuestión. Viste traje negro escrupulosamente planchado, camina erguido y presume sin saberlo de su melena encanecida, de su cadencia al andar, de sus manos fuertes y cuidadas, elegantes y con pulso firme en la escritura sobre el pentagrama, en el uso del arco, en la conversación que mantenía consigo mismo en el interior de la casa azul, entre libros y libretos, entre sueños inacabados tras la ventana que, siempre cerrada, protegía sus notas del agua de las lluvias, de los recuerdos más crueles que se instalan en el alma, de alguna mirada que en otro tiempo, en un pretérito imperfecto que no se atreve a musicar, quedó atrapada entre las cuerdas de su violín también azul, de mayor edad que su dueño, de madera algo vencida, metáfora del violinista.
Adrián de los Santos, que así se llamaba en vida mi vecino, murió ayer. Seré preciso: ayer, el ayer del hoy que escribo, no el de tu tiempo, lector, encontraron el cadáver, junto al de su violín, dentro de la casa azul. Hacía tres o cuatro días, lo digo con vaguedad, sin cuidar de medir con exactitud esa dimensión interior que es el tiempo según los filósofos escolásticos, que ningún vecino lo veía salir a pasear. Tampoco yo, que tantas horas dedicaba a contemplarlo mientras interpretaba las partituras, lo había visto en esos días desde mi habitación, que daba directamente a la que el músico utilizaba como estudio. Como suele suceder en estos casos que después salen en programas absurdos de televisión, un vecino alertó (la cursiva señala que así lo dirá el periodista televisivo si la cadena decide cubrir la noticia, lo cual jamás sabremos porque no tengo intención de conectar el aparato, ruido de fondo mientras escribo) a la policía local de este hecho y una hora después dos funcionarios se presentaron allí, en el número cincuenta y dos, casa azul, esquina de Tetuán. Llamaron a la puerta, se asomaron a las ventanas entreabiertas que dan a la calle, dialogaron entre ellos, pensaron y, ante la evidencia de un mal olor que se filtraba por una de aquellas ventanas, decidieron forzar la puerta y entrar. Media hora más tarde, con el vecindario agolpado, despreocupados de su quehacer casero y ritual, entraron los uniformados y descubrieron, con seriedad profesional, el cuerpo inerte del violinista junto a, ahí la sorpresa de los presentes, ahí descartada la indiferencia y distancia con la que, por motivos de salud, suelen intervenir, la madera sin vida también, con rasgos de fallecimiento reciente, de su viejo violín.
Comenzaron las cábalas de los investigadores y de gente que pasaba por allí. Tomaron huellas, plantearon hipótesis: suicidio, muerte natural sobrevenida sin previo aviso, accidente,…conjeturas encaminadas a resolver el enigma de esta muerte que, en cualquier caso, a nadie importaba en demasía, que sería comentario durante los días venideros en tabernas y portales y después, por aburrimiento como sucede con todo en la vida, sería muerte olvidada, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, la refranesca ignorante, maldiciente, pusilánime y engreída que padece este país. Nunca nos llegó a la calle, a los vecinos quiero decir, la conclusión final del caso. Supongo que todo quedó en un carpetazo seco, polvoriento e impersonal, en un informe archivado tras que la firma de algún forense de oficio, talvez también de vocación, certificara la susodicha muerte natural de Adrián de los Santos, vecino de, a la edad de. En cuanto al violín, no creo que haya sido investigado. A cuento de qué, complicaciones con este asunto, si el finado ni siquiera tiene familia conocida, si en el desganado rastreo que se hizo de su biografía no se encontró a persona alguna a quien enviar telegrama notificativo ni apareció nadie, por entonces ni después, reclamando noticias sobre el paradero del violinista. Tampoco del violín.
Yo tengo mi propia explicación (faltaría que, siendo mía, no fuera también propia. El idioma, su mal uso, tiene estas trampas llamadas pleonasmos, que concluyen siendo lugares comunes ya citados aquí y siempre detestados, habitados por quienes, como es el caso, aún no dominan suficientemente el arte literario. Pero disculpen este paréntesis freudiano que ya cierro para continuar con mi propia explicación) que está basada en hechos observados desde mi atalaya durante los cinco años de vecindad compartida con el músico. Claro que si sólo fueran esos hechos mi único asidero, mal le iba a venir a esta historia. He tenido que recurrir de manera doblemente inevitable, por no quedarme otra opción y porque tienen entre sus manos un relato literario, a la fabulación, a la invención más o menos conseguida tras la constatación empírica que enumero de modo cuasi científico: Adrián de los Santos era hombre sesentón cuyo aspecto, someramente descrito anteriormente, acordaba con esa edad. Pelo blanco y, aunque largo y fuerte, escaso en todo el frontal; un caminar erguido subrayado por una altura seguro cercana al metro y noventa centímetros, ya con suave tendencia al encorvamiento, como si le costara soportar el peso de toda la música concebida a lo largo de su vida, como aceptando con respeto y zalema la mano abierta que su propio tiempo (faltaría que, siendo suyo, no fuera también propio, etc., etc.), viejo aliado bajo el cual se refugian los sinsabores de la vida, tan literarios todos, le ofrecía ahora que comenzaban a intimar; mirada profunda y aún capaz de llegar con suficiencia al final de las cosas, que eso es lo que somos, lo que queda atrapado con alivio y desespero donde concluye una mirada desconsolada o miserable, infantil o plena de esperanzas, que todo puede ser novelado, sobre aquello que nos rodea; manos blancas como su caballera, como todo su cuerpo, estilizadas, con terminaciones nerviosas fuertemente señaladas, con dedos acostumbrados a la dureza de la cuerda y a la caricia breve, seguramente furtiva en muchas ocasiones, en hostales de lavabos amarilleados y orinales bajo la cama de dudoso color, a una mujer cuyo nombre después le servía de inspiración. Cada día, con puntualidad kantiana, paseaba por las calles del barrio de diez a once de la mañana, repartiendo buenos días atávicos y cortesanos, quizá parando a comprar algo de fruta, quizá asombrado al reparar de soslayo en algún escaparate postmoderno de alguna mercería de siempre venida a menos, que utilizaba el diseño como estrategia última, como reclamo absurdo de posibles clientes que, al ver tras el mostrador a un dependiente aburrido, desechaban la idea de entrar. Paseo tranquilo y sin prisa, más propio de quien nada más tenía que hacer y no del violinista que aquí nos trae, en todo momento trabajando por conseguir la medida exacta del tiempo entre las notas de cualquier melodía, que concluía, el paseo callejero, a las once de la mañana, cuando nos encerrábamos los dos. Él en su estudio y yo en mi dormitorio: al diálogo íntimo él, dicho sea en román cursi, con su música y entregado yo a una labor de espía sin rudimento, de observante novicio tras las cortinas echadas, como aprendiz clandestino, con la consciencia inocente de estar cometiendo un pecado que jamás me iba a dar la real gana de confesar.
Y en este momento, lector, debe comenzar la anunciada fabulación. Mi vecino, talvez huelgue el comentario pero lo diré dado que no ha sido referido, vivía solo en la casa azul. Nunca tuvo visitas, aunque las habladurías envenenadas, en corrillos acerados de hombres desocupados y señoras que cargaban con la cesta de la compra, se empeñaran en haber visto, más de una vez y más de tres, a una mujer que entraba y salía de la casa durante la madrugada, cuando el pueblo y la calle deambulaban entre el sueño intenso, a ritmo de ronquido familiar, o el duermevela que las preocupaciones llevan a la cama, en horas donde sólo las putas discretas o los borrachos a contratiempo salían osadamente a dar una vuelta. Por saber con certeza la soledad coincidente con la del clásico resignado una vez aceptada la fugacidad de la vida, de quien no cuida el buen yantar y tiene alpargatas con ribetes deshilachados en la que vivía, me llamaba la atención el dialogismo que practicaba con alguien imaginario, de lo cual doy fe tras descartar que pudiera haber otro alguien, esta vez real, que escapara del ángulo que abarcaba mi visión, sosteniendo el violín con su mano derecha y el arco con la izquierda (ignoro si esto hacía del señor Adrián un músico diestro o siniestro), gesticulando ora con desmesura, ora de modo apacible y conciliador, en discusiones que yo pensaba debían versar sobre la conveniencia de una u otra nota musical para lograr el tempo perseguido o soñado, sobre el dicroísmo con el que podemos ver una composición acabada antes de descubrir que nació del trabajo eremítico, con horario rígido y sin concesiones, o de la bohemia y siempre caprichosa inspiración, sobre el sexo de los ángeles que, fuera cual fuere, si acaso fuera que fuere, algo debe tener de alado y musical. De repente, paraba de tocar y comenzaba a hablar, daba pasos cortos, miraba de modo brusco a cualquier objeto de los que acumulaba en su estudio, convertido en una especie de chamarilería de su vida, de todo lo que el músico ha sido, de las huellas que ha dejado en trastos usados o juguetes descoloridos, como si fueran las ramificaciones de un árbol centenario que, declinado en latín, arbor, −oris, y arraigado en su estudio, se transformara en metáfora de Adrián de los Santos atrapado en los anillos concéntricos que compendian los años de su vida.
En el interior del estudio, al igual que en el exterior de la casa, también predominaba el color azul. Digamos ya (no sea que se formen expectativas que nada tienen que ver con el curso de los acontecimientos, que diría un cronista) que esa tendencia a azular tiene una razón que no es misteriosa: azul hiriente era el color de los ojos de la única mujer que amó Adrián de los Santos, mujer que no le correspondió, que casó con otro hombre y dejó en el violinista ese romanticismo trasnochado, esa manía con el color. Un azul puro, suave, de arco iris, que coloreaba las estanterías, el atril que sostenía las partituras, el papel de música, la tapa de los cuadernos en los que cada noche, antes de ir a dormir, escribía en estilo de diario, la madera, supongo tintada, del violín, el marco de las fotografías y de los cuadros, el forro de la mayoría de sus libros, la bufanda desigual, como hecha por manos inexpertas en la confección y plenas de cariño, con la que el músico se abrigaba todos los días que duraba el invierno, las notas musicales que, contagiado por ese azul obsesivo, veía yo salir del violín, teniendo después sueños que también se impregnaban de ese color, despertando en la madrugada al sentir el zamarreo de un monstruo azul, la zozobra del velero que capitaneaba en medio de un océano de azul profundo y abisal, la sangre azul, nobiliaria en mis sueños, que manaba de una herida de guerra en el frente abierto por un onirismo que comenzaba a padecer. En uno de aquellos sueños que tanto me inquietaban cuando los recreaba al amanecer, con preocupación de mis padres al considerar que iba entrando en una madurez un tanto lunática, que me dejaban absorto durante toda la mañana y llevaban a maltraer mi relación con los estudios, pude ver, con claridad dramática, como si fuera la escritura original de un palimpsesto encontrado días después con otro texto, la muerte de Adrián de los Santos, el viejo violinista, mi vecino del número cincuenta y dos, casa azul, esquina de Tetuán.
Justo una semana antes del hallazgo de su cadáver, me dormí dejando al señor Adrián más atribulado, en lo que parecía, que otras noches. Ya les dije que, amén de estudio, la habitación cuyo gran ventanal daba frente a mi dormitorio también era usada por el músico como una especie de trastero de su propia vida (talvez aquí −sólo talvez, las afirmaciones absolutas suelen ser peligrosas y desvinculadas de la realidad− sí convenga el matiz criticado en dos ocasiones anteriores dentro de este mismo relato. No siempre somos dueños con legitimación notarial de la vida que mal que bien llevamos, a veces la entregamos y otras veces nos la expropian. Este es un recurso muy extendido dentro de toda la literatura y cinematografía universal), donde había reunido la mayoría de los bártulos que había necesitado para manejarse con suficiencia a lo largo de todos los tiempos del verbo por los que tuvo que pasar, verbos extraídos del diccionario para, una vez conjugados con precisión y devoción, poder amar, comer, tocar, mirar y ver, vivir y morir en justa medida. Aquella noche, al introducirme en mi cama vencido por una mezcolanza de imágenes que me impedía distinguir la realidad de lo que veía en los sueños que comenzaban a aparecer, dejé al músico enfrascado en una lucha desigual, siendo él mortal y socrático, con todos los trastos, enseres y recuerdos acumulados en el estudio, siendo ellos intemporales y ajenos al discurso racional. Pude ver con claridad, juramento hiciera de ello si fuese necesario, la rebelión que comenzó en las hordas organizadas que las notas musicales, encabezadas por las que conformaban un adagio religioso de primera mitad del siglo pasado, como si tratase de una cruzada armada ferozmente con ritmo armónico y melancolía, llevaron a cabo nada más salir de las cuerdas del violín, consistente en una disgregación que dejaba a los fa sostenidos de los anaqueles o los D minor escondidos tras la pantalla de una lámpara turca y bajo cojines de seda adquiridos en bazares hebreos, provocando con esa actitud una distorsión de sonidos que el músico no tuvo ni siquiera en sus principios, siendo un niño que comenzaba a recitar de izquierda a derecha, y viceversa, esas mismas notas que llegaron a fundirse con su piel durante toda la vida. La rebelión musical fue secundada por otra más contundente de las tapas azules de los libros, que comenzaron a sobrevolar el estudio-trastero con violencia, rebotando en las paredes, acechando desde los rincones, soltando en su vuelo lastre de capas de color añil que mancharon las páginas que habían quedado desamparadas, un quinqué pacífico que observaba mientras decidía y los lapiceros de cerámica que, en ese momento, se reunían en asamblea extraordinaria. Se sumaron al mismo tiempo, en reivindicación de su utilidad efímera, los utensilios de escaso valor: el papel moneda traído como souvenir de países exóticos, dibujos a carboncillo trazados en minutos de aburrimiento, una colección completa de sellos de correos alusivos al nacimiento de artistas, una armónica en proceso de oxidación, tres figuras de plástico, brujas en aquelarre como convocando a los demonios que debían apoyar aquella revolución, partituras olvidadas y sin concluir, un breviario miniado, joya de anticuarios, un tablero de ajedrez sobre el cual planteaban sus piezas una estrategia militar que defendiera la retaguardia, no fuera que Adrián de los Santos, hundido, miserable, a punto de claudicar, pensara en una rápida retirada, retales de ropa usada y de momentos pasados que llegaron para ridiculizar al maestro con palabras de su juventud remota y osada, una turba de espectros cuyo olor y color malva pudo entrar por el flanco descuidado de la mala conciencia encarcelada, ese residuo que la cultura de humanidades deja para ir almacenando las vergüenzas, un general de división, soldado de plomo con herida de soledad, versos colegiales, endecasílabos escritos con rima consonante tras que la caída leve de tu mirada, me deja una sombra enajenada. Nunca fue buen poeta Adrián de los Santos y, quizá por eso mismo, no tiene ahora recursos para desenvolverse en la afrenta que le acecha en mi sueño, en mis sueños, en su vida, en sus vidas, entre el singular de actualidad aristotélica y los plurales de la gramática parda del vivir, como una multiplicación bíblica de una palabra encontrada en la acera, mientras caminábamos ensimismados y una legión de adjetivos y pronombres acude en labor de prevención y defensa.
Fue entonces, en pleno apogeo, con mi vecino anteponiendo como escudo a su violín, único compañero que le fuel fiel durante la revuelta, cuando me desperté sobresaltado. Corrí hacia la ventana con la intención de gritar al señor Adrián que huyera, que no iba a incurrir en el deshonor, que bien patético es huir de lo desconocido, pero no sucede lo mismo con lo conocido que da miedo, que ahí la huída es actitud inteligente y laudable, que no hay por qué tener vocación de héroe, que los fantasmas del pasado deben arrastrar sus cadenas como buenamente puedan. Abrí mi ventana de par en par y me encontré con la suya, frente a la mía, completamente cerrada, las persianas bajadas, la calle en calma, la noche extendida sobre el pueblo como un rumor a contraluz, la luz macilenta del farol municipal sobre la acera, la caída vertical de una suave llovizna que pudiera limpiar todo con lentitud de siglos, con pulcritud y paciencia, los primeros trasteos caseros de las familias más madrugadoras, a quienes Dios ayuda según maldito invento del refranero popular, el frío mañanero causante de perezas y de que sean maldiciones las primeras palabras que articulamos nada más despertar, los tejados antiguos que sobreviven ayudados por la capa que les deja el paso de los días y los otoños, el vuelo aterido de las primeras aves emigrantes, mi mirada quijotesca buscando pruebas del combate a muerte que sufría el viejo violinista armado dulce e inútilmente con su añejo violín.
Vuelvo la mirada hacia mi cama desordenada y aún puedo ver allí restos de mi sueño descarnado, Adrián de los Santos empuñando el violín, utilizándolo a modo de lanzada, resquebrajado al dar con el perfil afilado de uno de los libros atacantes, vacío para siempre de músicas y sentimientos, entrando en el mundo donde reina la bondad de los silencios, dejando en el músico una pátina de orfandad, desnudas sus manos, abierto el corazón, con lágrimas de niño perdido dentro de una gran ciudad, buscando respuestas, cubierto de años, de objetos que le miraban cara a cara, hastiados y enfurecidos por representar tantos momentos que debieron quedar atrás. Adrián de los Santos rendido, cansado, débil como una melodía que concluye, como el eco azul de las últimas palabras que guarda de aquella mujer que amó, encadenado a un árbol talado por una lengua muerta, su tiempo derramado y esparcido entre coplas y romanzas, sus sueños de juventud confundidos con los míos, algo así como una despedida que me dedica en el último instante, ahora que muere por causa de una pena inconsolable que fue incapaz de detectar el análisis policial, por no poder soportar la lejanía de un cuerpo azul, la muerte azul de su violín como animal descordado.
Para que con ellos unidos, sus sueños y los míos, podamos llevar a cabo un exorcismo que expulse a los espíritus malignos de la soledad y pueda concluir en paz, lector, mi anunciada fabulación.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

"Punto de sutura", en PROTAGONISTAS SEVILLA



Aunque no tengo la costumbre de colgar en este blog mis apariciones en PROTAGONISTAS SEVILLA, en PUNTO RADIO, aquí dejo ésta. Se ha emitido hoy, día de Nochebuena. Fernando García Haldón, una vez más, me hizo feliz en antena.
Un abrazo a todos.
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"Amigo Fernando, queridos amigos:
Ha nacido un Niño de Madre Virgen y padre carpintero. Ha nacido un Niño que crecerá para ser Hombre, misterio, amor y fe. Ha nacido un Niño esperado en la estirpe legendaria de David. Ha nacido en un establo, entre pastores, entre gente asombrada y humilde, tras vencer al frío y perdonar, antes de nacer, a quienes le negaron posada. Ha nacido un Niño que mamará de Ubres Santas. Ha nacido un Niño cuya mirada es como miel derramada. Ha nacido un Niño y, como siempre sucede al nacer un niño, ha nacido con Él un mundo nuevo, un retablo donde encontrarán asilo la luz y la esperanza. Ha nacido un Niño empeñado en que nos amemos los unos a los otros como Él nos habrá amado. Ha nacido un Niño que será traicionado y negado. Ha nacido un Niño que es pura vida vencedora de la muerte. Ha nacido un Niño entre la barbarie y la crueldad de los Herodes que asesinan a otros niños. Ha nacido un Niño al que una estrella le puso el pañal y la luna le iluminó la cara. Ha nacido un Niño que mira cómo su Madre se está peinando. Ha nacido un Niño de manos breves y blancas. Ha nacido un Niño que primero gateará y luego aprenderá a caminar sobre las aguas. Ha nacido un Niño al que bautizará un tipo colgado y bueno llamado Juan. Ha nacido un Niño que abrirá nuestros corazones con la combinación mágica de la parábola. Ha nacido un Niño bienaventurado, un Niño al que la tentación nunca llegará a contaminar, un Niño ilusionado con los regalos de tres Reyes Magos, un Niño que jugará con ramas de olivo, un Niño adorable y adorado, un Niño alegre al que arropan una Madre guapa y un padre honrado, un Niño eterno al que, como hago con el mío, beso para curarme, un Niño que morirá en una cruz tras padecer un calvario, que dará su vida por la nuestra y así, con ese gesto, nos dejará el legado de un milagro: el Niño se transforma en Padre y un padre, mis queridos niños y niñas, está en el mundo para salvar a los hijos que ha creado.
Ha nacido un Niño y yo pido, por favor, que no volvamos a matarlo.
Amigo Fernando, queridos amigos, feliz Nochebuena, feliz Navidad".

domingo, 21 de diciembre de 2008

Feliz Navidad



A veces me cansan tanto las obviedades y lugares comunes que termino sucumbiendo a ellos. Lo hago por pereza, por desgana, por no tener que sumar los míos a los argumentos que hay en contra o a favor de algo. Aquello que cantaba Serrat: “vencer la tentación sucumbiendo de lleno en sus brazos”.
La Navidad, tan exagerada ella para todo, es terreno perfectamente preparado y abonado para que crezcan estos lugares comunes. Que si el consumo es desmesurado, que si todos nos volvemos tan buenos que merecemos la beatificación, que si la familia unida jamás será vencida, que si tantas luces es un derroche energético y económico, que si los recuerdos duelen más que en cualquier otra época del año, que si hay que comprar regalos incluso para el vecino del primero (que es un malage), que si comemos tanto que parece que nunca lo hayamos hecho, o que nunca más lo volveremos a hacer…bla, bla, bla. Obviedades todas que, por ciertas, son difícilmente criticables.
Y sin embargo…se mueve: cada año que pasa me gusta más la Navidad. Será por ir contracorriente, no digo que no, que me pone bastante. Será por lo que tenga que ser, me estaré dejando engañar, me estaré fundiendo en la masa y convirtiendo en una persona sin juicio crítico, a lo mejor todo esto pasa cuando uno va formando su propia familia, o quizá sea que me siento joven, pero no lo soy y, sin caer en la cuenta, comienza a brotar en mí el viejo ñoño en el que seguro me convertiré. Lo cierto es que a mí, todo esto, me importa esa medida que, por escasa, es irrelevante y hemos dado en llamar “un comino”.
Sólo un detalle me hace temblar: aunque parezca lo contrario, no es Navidad para la mayoría de los habitantes del mundo. No lo es para los millones de personas que pasan hambre o frío, para los que viven en guerra. Si hay algo que no perdono a los políticos es que nos creen cargos de conciencia, que nos hagan pensar que nosotros podemos hacer algo para que el mundo sea mejor. Mentira. Podremos poner parches que serán bienvenidos (la admiración que siento por las personas que hunden sus manos en la mierda con tal de sacar una sonrisa o un plato de comida para quien lo necesite, es profunda), pero nada más. El mundo va a peor, no creo que haga falta poner ejemplos. Y no tenemos culpa de nada. El montante económico que supone, por ejemplo, poner un satélite en órbita (que sí, que será muy necesario, ya lo sé) bastaría para solucionar la miseria de unos cuantos países. Y no creo que ninguno de nosotros apretemos los tornillos de ese cacharro que nos servirá para saber qué tiempo hará en nuestras vacaciones o si, llegado el caso, podremos beber un buchito de agua en Marte.
No sé si lo que voy a contar ya lo he escrito en este blog, en algún comentario a mis amigos o en otro lugar. En algún sitio está: hace un par de años la televisión emitía un anuncio en el que se nos decía que unos cuantos miles de niños de un país sudamericano (ni recuerdo el número exacto ni el país) no iban a la escuela; “que vayan mañana depende de ti”, concluía la voz en off. ¿Se puede ser más miserable que la persona que ideó ese anuncio? Si lo tuviera a mi lado lo zarandearía y le diría: “no, so pedazo de cabrón, si dependiera de mí irían mañana y habrían ido ayer. Por desgracia, no depende de mí, no me toques los cojones de este modo tan rastrero”. Que nos coman lo que nos tengan que comer, pero no la moral: el mundo es una mierda por culpa de los gobiernos (meras comparsas, por otra parte) y por culpa de los poderes tan oscuros que, aunque los imaginemos, jamás llegaremos a ver.
Así que, para mí, eso es lo que hay. Me sacudo la culpa. Y, tras hacerlo, mi mano siempre está abierta para toda persona que me encuentre en el camino y la necesite. Pero eso no me hace mejor persona, ni siquiera me hace sentirme mejor persona.
En la vida, sólo presumo del pedazo de hijo que tengo (y, a partir de Febrero, de hija también). Afuera parte, sanseacabó. Quizá sea por él, por su cuerpecito tan pequeño donde aún no cabe, ni ha llegado, la contaminación, que este año me siento tan navideño. Así que nada, que deseo a todos mis amigos de bloguilandia un calor navideño similar al que, acurrucados al amanecer en la cama, compartimos mi hijo y yo.
FELIZ NAVIDAD.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Santa Catalina





(Aquí queda mi entrada en favor, y protesta, por la restauración de Santa Catalina. No podré estar con vosotros en la concentración -como dice Cristóbal Cervantes- del día doce. Trabajo, queridos míos, y salgo a las doce de la noche. En fin, el propio Cristóbal logró en antena una promesa de Gómez de Celis: su compromiso con esta restauración que no llega. Pero ya sabemos, siendo benévolos, que en el mejor de los casos los políticos son tardones a la hora de cumplir sus compromisos.

Yo sugiero que alguien -pongo además algunos nombres: Rascaviejas, Hípalis, Aguador o Fernando García Haldón redacten un manifiesto para leer una vez allí-. A vosotros os pido que seáis mis ojos y os llevéis con vosotros mis palabras. Estas palabras...)



Se ahoga una ciudad porque Santa Catalina, que es pulmón, padece insuficiencia respiratoria. Se rompe una ciudad porque Santa Catalina, que es la tibia o el peroné, tiene niveles bajos de calcio y ha caído en el intento de subir el escalón de los siglos. Se olvida una ciudad de sí misma porque Santa Catalina, que es cerebro, tiene síntomas de demencia por abandono y necesita medicación. Se queda ciega una ciudad porque a Santa Catalina, que es mirada verde, aceitunada y mudéjar, se le multiplican las dioptrías de tanto mirar con tristeza. Se para una ciudad porque Santa Catalina, que es pie derecho y pie izquierdo, se hunde en las arenas movedizas de la desidia. Se va poniendo triste la ciudad porque Santa Calatina, que es mano izquierda y mano derecha, no puede acariciarla. Se queda sorda la ciudad porque Santa Catalina, que es oído derecho y, sí, también el izquierdo, hace años que no escucha el racheo de unas pisadas. Se aburre una ciudad porque Santa Catalina, que es memoria juglar, no puede contarle historias. Se afea la ciudad porque Santa Catalina, que es cara guapa, necesita una limpieza de cutis y, humilde, espera y calla. Se acumula grasa en la ciudad porque Santa Catalina, que es sangre, tiene colesterol político según nos dio la última analítica que, sí, se hizo en ayunas. En ayunas continúa. Se duele la ciudad porque Santa Catalina, que es riñón, acumula piedras que se rompen y rasgan. Se quiebra la ciudad porque Santa Catalina, que es músculo, no tiene fuerzas para sostener su alma. Se pierde en la incertidumbre la ciudad porque Santa Catalina, que es sexto sentido, no intuye qué pueda pasar mañana. Se muere la ciudad porque Santa Catalina, que es su corazón, ay… se nos para.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Privilegios de andar por casa (II)



El sábado amanece azul y frío. Es una de esas mañanas en las que uno busca una esquinita donde dé el sol. Salgo de mi casa justo a la hora en la que, la noche anterior, dije que iba a estar en el Hotel Renacimiento. Once y media de la mañana. Voy tarde, os aseguro que es muy difícil que yo no sea puntual. Llego al Hotel a las doce menos veinte. Hay poco tráfico y, también contra mi costumbre, corro con el coche algo más de la cuenta. Sin locuras, no me mal interpretéis, que ya no tengo edad (al menos para esas locuras estúpidas, a veces mortales, que se hacen con los coches).
Esta vez sí hay suerte. Encuentro aparcamiento en la mismísima puerta del recinto donde se celebra el “Evento Blog”. Mientras hago maniobras para aparcar en un sitio donde cabe un camión (aparcar no es mi fuerte, siempre termino pareciendo un paso de Semana Santa), pasa con su coche Fernando García Haldón. Estoy a punto de tocarle el pito, de mi coche, el claxon, porque tal vez cabemos los dos. Pero me doy cuenta de que no. Aparco. Me bajo. Llega un coche de esos pequeños que pueden aparcar en una caja de cerillas. Conduce una chica que se para a mi altura y me mira. ¿He ligado? No, sólo se trata de que, si me pego un poco más al de atrás, ella sí que cabe. Me doy cuenta. Se lo digo. Doy marcha atrás, al coche. Ella aparca, perpendicular a mi coche. Con el culo, el del coche, hacia el borde de la acera. Qué lío. Nos sonreímos, nos damos las gracias y las de nadas. Qué amables somos cuando queremos.
Entro al hotel. Doy un vistazo rápido, oteo para tener una visión rápida y general. Me dirijo a la sala “La Pinta”. Me sorprendo al ver que ya está allí Fernando. “Lo siento, amigo, te que he quitado el aparcamiento por un minuto”, “Pero si yo he aparcado en la puerta”, “Y yo”. Entre su coche y el mío, al final, hay unos diez metros de distancia. Están allí Ricard Martí (que me desea “feliz Navidad”), Híspalis y Natalia. Teresa y Ali vienen de camino, desde la emisora.
Llega Nuria, esposa de Híspalis. Muy guapa, muy amable y muy elegante. “Mucha Nuria –pienso-, hay una argentina –que ha dejado un comentario en el programa- que no tiene nada que hacer”.
Quedan quince minutos, más o menos. Natalia y yo estamos acostumbrándonos a fumar el cigarrito de antes. El de después, no me seáis bien pensados, lo fumamos entre todos, en una orgía de ondas radioeléctricas (iba a escribir ondas hertzianas, pero he buscado en el diccionario y me surgieron dudas). Salimos a fumar. Yo busco en mi móvil una foto que hice a mi niño antes de salir (guapísimo con gorro y bufanda) para enseñarla y presumir. Mi torpeza es imperdonable: hice la foto, sí, pero no la guardé. No está en ningún lugar fuera de mi memoria. En fin, algún día descubriré para qué puedo valer.
Mientras Natalia y yo fumamos fuera, donde da el sol, hablando de mi hijo y de su hermano, de la carrera de periodismo que ella lleva por la mitad y de cosas así, llegan Teresa y Ali. No hay aparcamiento cerca, je, je, se siente. Se baja Teresa. Ali sigue buscando dónde aparcar. Los dos besos de Teresa, al verme, al vernos, también se están convirtiendo en costumbre. Yo tengo que confesar que los espero. Enciende un cigarro. Si alguien es fumador, la radio no es el mejor sitio para dejarlo.
¿Vamos para dentro, no? Hay un programa que va a comenzar”, dice alguien.
PROTAGONISTAS (que no es ni más ni menos que la sintonía de LA RADIO) comienza los sábados sobre las doce y diez, tras un micro-espacio que elabora Patricia García Mahamud (redacción de informativos de PUNTO RADIO). Le digo a Fernando que me gusta cómo lo hace, el micro-espacio. Le digo también, en un aparte que intento que me salga trascendental y al final me sale ridículo, que yo asisto a los programas sólo para disfrutar de ver cómo es la radio en vivo. Que si tengo que intervenir lo hago encantado y el primero, pero que no me gustaría que tuviera conmigo ese compromiso. Lo dicho: un ridículo. Fernando me mira como si yo fuera un niño pequeño (¿lo seré?), sonríe y me dice que me deje de tonterías. Mientras se preparan, hablo con Nuria. Y hablo de Laura, su hija, para decirle que es guapísima. Le pregunto si alguna vez ha visto hacer radio, me dice que no, le digo que va a disfrutar. Poco después me confirma que así es. Alucina cómo se entienden, con gestos, Ricard Martí y Fernando.
Doce y diez. Comenzamos. Cruzo los dedos. Abre Fernando con las entrevistas de Teresa: “Hola, Fernando, buenas tardes…”, saludo que repetirá en varias ocasiones porque en Extremadura son así de educados. El tiempo, con una de esas voces tan sugerentes que dan el tiempo por la radio. Y, seguidamente, la entrevista que me ha parecido más interesante en los dos días: la que Fernando le hace a Luis Rull, organizador del Evento y sociólogo. Sabe lo que dice y lo dice muy bien. Es amable y cercano. Bromea (a lo mejor no tanto) diciendo que, para no tener problemas en casa con un blog, es esencial dedicar una entrada a la pareja. Yo, con gestos que Fernando ve de soslayo y recoge en antena, aprovecho para dejar bien claro que he cumplido con eso.
No he dicho que, a todo esto, también llegó Ali Trujillo. Gesto serio y cara de recién dormido, o recién levantado. Luego me entero de que ha dormido…bueno, eso forma parte de su ámbito privado. Comienza Ali su labor impagable. Lo ayuda Nuria. Que no falte una copa con agua, que no falte nadie a la cita concertada, que todo salga. Ricard Martí, una garantía. Hoy tenemos en la emisora del estadio a César Baquero, otra garantía.
Concluye la entrevista a Luis Rull. Híspalis también ha preguntado. Me toca. Estamos sentados Fernando, Hípalis a mi derecha, Natalia frente a Híspalis y, frente a mí, un hombre al que no tengo el placer de conocer. Suena la marcha “Amargura”. Ese hombre que tengo frente a mí es Enrique Henares, hijo del pregonero de este año. Las referencias, para empezar, son inevitables. Yo aprovecho para decir que, aunque no me muevo en el mundillo de la Semana Santa (no soy ningún entendido en eso), estoy aprendiendo mucho de la gran cantidad de blogs cofrades que he descubierto. Al fin y al cabo, aunque insisto que no es mi mundo, he llorado en varias ocasiones viendo un paso en la calle. Justo en el instante en el que estamos hablando, D. Enrique Henares está en su casa comenzando a escribir lo que será el pregón de 2009.
La tertulia continúa. Hablamos del fundamentalismo que, en ocasiones, aparece en los comentarios a algunas entradas. Es legítima la decisión de moderar los comentarios, en la casa de uno entra quien uno quiere (habíamos dicho el viernes). Híspalis sabe bien de esto: aunque ha decidido continuar, todos sabemos que se ha planteado dejarnos huérfanos. Yo dejo bien claro que, tras las críticas (experiencia que, por fortuna, aún no tengo), también hay que reseñar la avalancha de comentarios amigos que pueden llegar en un momento dado.
Dos momentos cumbres de la tertulia:
1.Híspalis, diciendo que a lo mejor es un compromiso, reta a Fernando a promover una quedada, desde LA RADIO DE LOS BLOGUEROS, a favor de la restauración de Santa Catalina. Enrique Henares, que iría el primero, también se permite la broma: es perfecto porque por allí también quedan “El tremendo” y “El rinconcillo”. Fernando recoge el guante, está por ver que se achante alguna vez.
2.Y por eso mismo, porque no se achanta, critica duramente la aceptación que, en algunas hermandades, ha tenido la llamada a sus hermanos para que donen sangre. En El Cachorro, devoción de Fernando, acudieron cuatro. Sobran mis palabras, las puso Fernando en su sitio, una por una.
La una de la tarde acecha. El tiempo y la radio, ya sabemos, amores imposibles y, sin embargo, amores inevitables. Fernando me pide que le diga con qué me quedo de los dos días que llevamos enradiados. Me quedo en blanco, “me coges fuera de juego, Fernando, no lo sé”, confieso en directo. Me provocan. Me piden una entrada para esa misma tarde. ¿Provocaciones literarias a mí? Aquí están mis entradas, queridos míos, no una. Tres. Ahora sé la respuesta, querido Fernando, a buenas horas mangas verdes: me quedo con todo.
Aprovechando el boletín, Fernando es entrevistado brevemente por una televisión gallega. Mira por dónde, van a saber allí de nosotros. Un saludo para cuando nos escuchen. La entrevista la consiguió la noche anterior, entre copas y alamedas, Duende del Sur.
Tras el boletín informativo de la una, nos queda media hora. Buena parte la va a ocupar, es de bien nacidos el ser agradecido, Ángel Holgado, Director del hotel Barceló Renacimiento. Es un hombre joven, educado, afable, tirando a guapo y con una mirada ligeramente caída. A lo mejor es miope, como James Dean. Me gusta mucho el traje que lleva. Ya sabemos lo que diría de él cualquier madre: un buen partido. Nos han atendido rozando la perfección. Muchas gracias por todo. Antes de la entrevista hemos escuchado la sección “Clásico útiles”, excepcional.
Y todo, poco a poco, va concluyendo. Fernando invita a unas palabras a Duende del Sur, que supera su timidez e interviene encantado. También hay lugar para unas palabras de Ali Trujillo, quien anuncia blog inminente, y para un saludo en antena, desde el estudio, de César Baquero. Hoy nos hemos quedado sin sus películas infames. Sin darse cuenta de que entra por la puerta y la tiene justo detrás de él, Fernando da paso, para despedir, a Teresa, mi chica favorita. Se sienta rápida en la mesa para saludar y, si yo no lo estuviera contando ahora, nadie se habría dado cuenta de la improvisación. Fernando reacciona en una milésima de segundo.
Todo ha terminado. ¿Qué hacemos? Sí, efectivamente: salir a fumar. El sol sigue siendo un buen amigo. Hacemos corro. Todos estamos contentos. Ha salido bien. Teresa está muy cansada. Ali piensa en la siesta. La vida continúa. Híspalis y Nuria, se despiden. Los espera Laura y una comida familiar. Ha sido un placer conoceros. Ambos, Híspalis y Nuria, dan besos para decir adiós. Yo me voy casi ya. Me esperan Lola, Domingo y un pollo en el horno, sin ánimo de comparar. Son las trampas del lenguaje. Fernando y yo volveremos a vernos el lunes por la noche. Más radio, menos mal que me hace buena digestión. Tengo el privilegio, y el honor, de haber sido invitado en Utrera a una mesa redonda para hablar…¿de qué? De radio. Se conmemoran allí veinticinco años de ondas, ¿cómo eran?, lo miro…radioeléctricas esparcidas por aquellos aires.
¿Con qué me quedo, querido amigo Fernando? Pues ya ves, con todo. Con tu voz tan sevillana, comprometida, valiente; con Cristóbal en vivo, al natural y en su medio, en su lugar en el mundo: frente a un micrófono que lo quiere como se quiere a un hermano; con Ali y sus silencios, ayudando a tallar el programa con golpes de buril que no se escuchan; con la mirada brillante de Teresa, licenciada en ilusiones y periodismo; con la sonrisa insuperable de Natalia, licenciada en cariños y en medio de una carrera de obstáculos; con las manos en los mandos de Ricard Martí, Fran y César, los sonidos de la radio que no son las palabras; con todos los blogueros que nos enviaron sus comentarios; con Híspalis y Nuria a bordo de la tripulación, pendientes de que siempre estuviera en su medida la línea de flotación; con el Profe e Isabel, orgulloso el uno de la otra, y viceversa; con Duende del Sur y su mirada feliz; con los invitados que nos han descubierto: sí, existimos.
¿Con qué me quedo, Fernando? Con la ausencia obligada de mi Lola por culpa de unas oposiciones que tenía el domingo. Había que estudiar. La cosa, al final, no ha salido muy mal. Ya veremos. Pero bueno, le dimos un beso en directo. ¿A que al final me quedo con ese beso?
De todo lo cual, como radio adicto, doy fe.

Detalles olvidados


El profe me anticipa el título de su nuevo apócrifo: “Abelardo Torres, el Licenciado. Poeta torero”. Ya lo puedo decir porque en su blog está, os recomiendo que os deis una vuelta por allí, que no tiene desperdicio. También me cuenta Juan Antonio cosas sobre su vida. Yo creo que hace tiempo que no necesita buscar en el diccionario la palabra “aburrimiento”.
Híspalis tiene la costumbre de dar dos besos para saludar. Es una chorrada por mi parte, pero me gusta que dos hombres, en el saludo, se den dos besos. Al igual que me gusta que dos mujeres se estrechen la mano. Insisto, sólo es un detalle, una tontería, no hagamos de esto una cuestión de estado, please.
Al final del programa, se me escapa si lo sabía o no, Cristóbal invita a sentarse a la mesa a un chico con corbata de imposible descripción, casi también resulta imposible llevarla, pero la lleva. Resulta ser, este chico, el speaker del Evento. Se le nota enseguida que sabe qué cosa es un micrófono. Habla brevemente y Fernando lo invita a despedir el programa, lo cual hace al estilo de los habitantes de speakerlandia.
Aplausos en una sala que ha terminado llena.
Vamos con el sábado inmediatamente.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Privilegios de andar por casa (I)



Que son, queridas, queridos, los privilegios que más me importan. Cuando ando por mi casa, sin ir más lejos, tengo el privilegio de ver crecer a mi hijo o de besar a Lola…y, en fin, seré lo más simple que se despacha en simples, pero, qué queréis que os diga: en la vida no necesito nada más (hasta que, llegado febrero, la llegada de Adela provoque una inundación…ya os daré la lata con eso). No, no necesito nada más. Y, sin embargo, lo tengo…
Sí, tengo el privilegio de tener por casa, también, a PUNTO RADIO. Cuando me paso por la emisora y me quedo a ver PROTAGONISTAS con Cristóbal Cervantes, siempre se da la siguiente escena: en algún pequeño respiro que durante las dos horas pueda tener, Cristóbal me pregunta “¿qué tal, Juanma?”; a lo que yo siempre respondo del mismo modo: hago el gesto de estar pinchándome en vena. Ya sabe Cristóbal, entonces, que todo va bien, que me inyecto una dosis de radio para mí tan necesaria.
Y justamente esto, inyectarnos radio pura en vena, es lo que hemos hecho unos cuantos durante el viernes y el sábado. Y justamente eso, queridas y queridos, tal y como he prometido en antena, vengo a contar…
Cinco y cuarto de la tarde del viernes: aparco mi coche cerca de la puerta “C” del Estadio Olímpico. Mientras camino hacia la emisora veo, sentados en la escalinata de la entrada, a Fernando García Haldón y a Ali Trujillo. Toman un café y encienden un pitillo. Veo también cómo va llegando, desde lejos, una silueta que me es ya muy familiar: Teresa Puig Puch. Los cuatro, ya juntos, fumamos, nos miramos, hablamos de la ilusión que tenemos, de los nervios ante los programas que nos esperan. Sabemos que son importantes. El “Evento Blog España 2008” espera a LA RADIO DE LOS BLOGUEROS y a PROTAGONISTAS. A Fernando le gusta cómo ha quedado el cartel del programa y la cazadora que llevo. A Ali se le multiplican sus silencios. A Teresa, mi chica favorita, le brillan los ojos. Aún no nos podemos ir. Esperamos a Natalia. Fernando me dice que Híspalis nos espera en el Hotel Renacimiento: “Híspalis es un tío muy inteligente, Juanma, y además confía plenamente en el triunfo de este proyecto. Nos va a ayudar”. Llega Natalia y, como siempre, lo hace con una sonrisa insuperable y con su hermano en el corazón (es un gustazo cuando habla de su hermano pequeño, a quien adora). Hora de partir.
En La Cartuja no se puede hacer eso tan sevillano de aparcar en la puerta. Los coches quedan lejos. El mío, como cambio de opinión, algo más cerca que el de los demás. Todos mal aparcados, supongo. En el Hotel Renacimiento hay muchos blogueros. Entre ellos, Híspalis. Me reconoce, se presenta. Inmediatamente pienso que me he equivocado: imaginaba que Híspalis tenía cara de buena gente, pero no: la tiene directamente de santo. Bicheamos un poco por allí. El programa se emitirá desde la sala “La Pinta”, donde Ricard Martí, El Séneca, lo tiene todo preparado, toda la radio en su punto. Se acercan las diecinueve horas. Pregunto por Cristóbal y alguien me dice que llegará sobre menos cinco. Aparece Juan Antonio, el Profe, con su hija Isabel, tímida y feliz. Se le nota a Isabel que está orgullosa del padre que tiene. No le faltan razones para ello. El Profe bromea conmigo, me dice que estoy más viejo que en la foto de mi blog. Yo, que no puedo ser más torpe, no entiendo que se refiere a la foto de mi hijo (se me escapa el detalle hasta tres o cuatro horas más tarde. Se lo comento entonces al profe en su blog). Ay, cada uno necesita el tiempo que necesita. También aparece por allí otro buena gente: Duende del Sur. A menos cinco, tal y como si llevara cuarenta años de radio a su espalda y supiera que la puntualidad es imprescindible, estrecho la mano amiga de Cristóbal Cervantes.
Son las siete y cinco de la tarde. Suena la sintonía de LA RADIO DE LOS BLOGUEROS. “Qué tal, señoras y señores…”, dice la voz ilusionada de Fernando García Haldón. Yo tengo los dedos cruzados. En la mesa están Cristóbal, Eva Piñar -Directora General de Infraestructuras y Servicios Tecnológicos de la Consejería de Innovación, Ciencia y Empresa de la Junta de Andalucía-, Isidro Fornos -Director de Mercados y Marketing de la empresa SADIEL- y Natalia, pendiente de los comentarios blogueros.
Comienza Cristóbal, lo que significa que comienza el espectáculo de la radio. Domina los tiempos y las palabras, domina los gestos y los espacios. Presume de tener la misma ilusión ante un micrófono que sintió un feliz día de hace casi cuarenta años. No hace falta que lo jure. Basta verlo. Hablan los invitados, se les nota que están a gusto. Comienzan a llegar los primeros comentarios que lee Natalia. Teresa está fuera, pendiente de que Fernando le dé paso para entrevistar a distintos blogueros. Se abre paso entre ellos y yo pienso que eso es una metáfora de cómo intenta abrirse paso en la profesión que la ha enganchado. Hoy cuenta, mi chica favorita, con la gran ayuda de Híspalis, quien le echa un poquito de morro a la cosa y cuela un comentario sobre nuestra presencia en una pantalla de una conferencia que se desarrolla en otra sala cercana a la nuestra. Híspalis le roba el corazón a una chica argentina, la cual ignora que no tiene nada que hacer: Nuria, como comprobaremos el sábado, es mucha Nuria.
Fernando controla el programa. Tiene una voz cercana y valiente. Cuando alguien es joven siempre se dice de él que está empezando, pero hace tiempo que Fernando dejó de gatear. Es un pícaro elegante, de buen gusto, se corta poco o nada, es difícil que en sus entrevistas no aparezca una sonrisa del entrevistado. Su vida también es la radio.
Ali Trujillo es la mano que nos mece, sin él supongo que también saldría el programa, pero sería mucho más difícil, o no quedaría como queda. Ali se mueve con sigilo, se preocupa de que todo esté donde tiene que estar y en el momento en el cual tiene que estar.
Ricard Martí no para de hablar con el técnico que está en la emisora, en el estadio. No estoy seguro, pero creo que el viernes fue Fran. Sus dedos moldean el programa, son la argamasa que impide a las piezas moverse una vez encajadas.
Nos llega el turno al profe y a mí. Tengo sentado a mi lado a Antonio Manfredi, presidente de la Asociación de Periodistas Digitales de Andalucía. Otro que no tiene tablas. Hablamos en tertulia. Los minutos nos persiguen como enemigos. El tiempo y la radio: un amor imposible, pero amor al fin y al cabo.
Terminamos, la sala se llena de gente. Llegan los de “pitodoble”, que le dan a la cosa descaro, poca vergüenza y sentido del humor. Interviene Híspalis. Lee Natalia más comentarios. Cristóbal vuelve a llenar el aire y concede a Juanlu el premio al mejor comentario de la semana. Fernando también invita a participar a Isabel, quien vence su timidez y nos habla de su blog. Al profe se le cae la baba, tampoco le faltan razones.
Son las ocho de la tarde.
Todo ha salido. Yo le digo a Fernando que, además, creo que ha salido muy bien.
Salimos a la calle, hay muchos blogueros. Fumamos, comentamos. Estamos contentos. El profe e Isabel se despiden. Ha sido un placer conocerlos. El profe es uno de esos tíos a los que se le nota la inteligencia en la mirada. Yo también me despido. Quedamos para el sábado. El sábado lo contaré en próxima entrada, gustándome, deteniéndome, como a mí me gusta escribir. Ésta ha sido escrita con prisas porque tenía una promesa que cumplir.
Camino del coche hacía mucho frío. Por fortuna, llevaba dentro el calor de la radio…