sábado, 26 de febrero de 2011

Diario de madrugada 1




Me gusta la madrugada, pero no me gustan los caramelos de miel.

Me gusta la noche cuando la noche llega a ese momento en el cual consigue textura de pomada y ritmo de parpadeo, de pulso débil, de cuartilla desdoblada sobre la que me pongo a escribir. Es entonces cuando todo adquiere una tonalidad de vino taimado, un sabor a cicatriz abierta o a mermelada agria, un tacto caduco y un olor a flor recién cortada en la penumbra fría de un jardín casero, público o elemental.

Pero no me gustan los caramelos de miel.

Me gustan las horas altas de la madrugada felina, sus habitantes desheredados, quienes ocupan una baldosa lucífuga en mitad de una acera y deciden obviar los acontecimientos del mundo, los sueños domeñados o civilizados, las esperanzas fértiles, las manos dentro de bolsillos que guardan restos de monedas, botones descosidos y palabras sueltas de consejos sensatos a los que jamás hicieron caso.

Pero no me gustan los caramelos de miel.

Me gusta transitar por calles preñadas de luna nueva o creciente, doblar esquinas que no conducen a lugar alguno, tomarme algo de una botella cualquiera en cuya etiqueta no aparezca como componente el agua, abrigarme con bufandas desiguales y sin etiqueta, aminorar el paso si ha bajado esa niebla con consistencia vegetal entre la que se ocultan putas desencantadas y borrachos a contratiempo, taxistas con un pitillo colgante, solitarios con insomnio y punzadas, poetas con hambre y sin un mal soneto que llevarse a la boca, turistas acorralados, perros con aluminosis en la mirada y gatos que maúllan como si tocaran un violín desafinado.

Pero no me gustan los caramelos de miel.

Conocí en una ocasión a una mujer con arañazos salvajes en el corazón que los ingería de par en par. Me recuerdan a ella, los caramelos de miel, y por eso no me gustan, porque hay recuerdos que son como un buril tan doméstico como torturador, porque quizá sentí por ella un sentimiento cercano al amor y procuro olvidar de vez en cuando, como si le hiciera la manicura a mi memoria, el adiós disfrazado de un hasta luego que me dejó prendido del pomo de la puerta, sobre mi ropa quitada y desordenada, tras las urgencias que nos hicieron coincidir y bajo el colchón que aún guarda la forma de su cuerpo a su paso por allí.

Aquella mujer se llamaba Marta y necesitaba los caramelos de miel para disimular el aliento omnívoro con el cual siempre la sorprendía el amanecer. Cuando yo le daba un beso y los buenos días ya no necesitaba desayunar. Luego se duchaba, se tomaba un café y me preguntaba qué hacía sentado en el sofá. Yo la miraba desde sus pechos hasta su pelo mojado y le respondía que se lo estaba poniendo fácil a la digestión.

Allí me quedaba, sentado en el sofá, hasta que la noche volvía a caer con cuidado sobre los barrios marginados de la ciudad. Y así, con la noche entre los dos, Marta se desnudaba y mis manos se abrían. Ninguno recordaba entonces los caramelos que ella tenía en el interior del bolso que siempre tardábamos tanto en encontrar a la mañana siguiente, cuando los sueños huían y la realidad se derramaba con tanta lentitud que parecía elaborada con la misma miel que contenían aquellos malditos caramelos.

7 comentarios:

verdial dijo...

A mi tampoco me gustan los caramelos de miel. Ni de miel ni ninguno, pero sí me gusta, como a ti, el observar como se desenrosca la vida en la noche, sobre todo cuando empieza a romper el alba.

Saludos

Paloma Corrales dijo...

Sencillamente magnífico. Esta vez soy yo la que me lo llevo para saborearlo. Eres un crack.

Besos con admiración.

Lola Montalvo dijo...

A mí tampoco me gustan los caramelos de miel... pero me gustas tú. Qué dominio de las palabras, de los sentimientos propios o ajenos. De los pesares, de la vida... Besos miles, Juanma.

María Socorro Luis dijo...

Tardas, pero cuando llegas deslumbras.

Me encanta tu prosa poética - repito, puritita poesía - ; ese divagar tan tuyo, por los sentimientos y por los recovecos del corazón.

Un abrazo grande por cuatro

Marisa Peña dijo...

Es un texto magnífico Juanma, y como bien dice paloma, es para saborear...besos enormes

siempreconhistorias dijo...

Me encantas cuando nos cuentas las noches Juanmita poeta. Es precioso el texto. Triste y bello.
Un besito a los cuatro,

Nieves LM dijo...

me fui a la radio para escucharte a la par que leía, me ha encantado. Un beso