sábado, 27 de diciembre de 2008

La casa azul



La casa estaba pintada de color azul, de ahí el título escogido. Al pensar en él, en esa frase inicial, viene a mi cabeza una palabra que, según parecer de críticos y escritores consagrados, debe quedar desterrada de cualquier relato literario. La escribo con mayúsculas tras los dos puntos: OBVIEDAD. Tengo leído en Umbral que “escribir es descubrir la cosa en su momento metafórico”, y la metáfora nunca es obvia. La metáfora es un árbol partido en declinación latina, una greguería en vuelo rasante, un encuentro inesperado tras el espejo del cuarto de baño, espejo que, sin necesidad de azogue, nos da esperpentos mayores que los que pululan en el Callejón del Gato. La casa estaba pintada de color azul. También podría haber titulado “La casa de la esquina”, porque la casa azul hacía esquina en una de las calles del pueblo, de cualquier pueblo, que antes prefiero la invención a pedir permiso para nombrarlo, que son pocas las páginas que debo escribir y ya pierdo espacio con estas primeras disquisiciones, no lo voy a perder también concluyendo con títulos de crédito agradecidos a las autoridades locales por la colaboración prestada, por haber puesto a mi disposición todo lo necesario para desarrollar mi trabajo en libertad y todos esos lugares comunes que detesto. Invento, pues, el pueblo y escojo el título por parecerme, sin que consiga alturas dignas de ejemplificar manuales académicos, honrado es reconocerlo, más poético el color de la casa que su ubicación. Al fin y al cabo, que sea azul y esté en una esquina no son características que distingan a la casa de tantas otras que debe haber en el mundo en la misma situación.
La casa azul, hace años, era blanca, similar a casi todas las que hay en el pueblo que requiere ese color para una mejor protección del calor que, durante la mayor parte del año, tiene que sufrir. Está ahí, frente a la mía, desde siempre, desde que la calle hace siglos que dejó de ser arrabal y tuvo su nombre: Tetuán, conocida popularmente por “Las morerías” dado que al decir de las leyendas del lugar fueron los moros, así, en general, quienes primero se asentaron allí. Mi memoria alcanza al recuerdo de dos familias que han habitado en la casa además de su propietario actual, el protagonista de esta historia, el viejo violinista que se instaló hace cinco años, pintó la casa de azul y llenó de música el empedrado ancestral de mi calle, las palabras que escribo y algunas noches junto a los gatos en celo. El viejo violinista, mi vecino, antes de formar parte de esta pieza que escribo, era ya un personaje más literario que real, si acaso esa contraposición entre literatura y realidad es posible, que no entro a diseccionar el asunto, lo dejo para tertulias de radio vespertinas (las matutinas son para café cortado y competencias autonómicas) porque a mí no me interesa la cuestión. Viste traje negro escrupulosamente planchado, camina erguido y presume sin saberlo de su melena encanecida, de su cadencia al andar, de sus manos fuertes y cuidadas, elegantes y con pulso firme en la escritura sobre el pentagrama, en el uso del arco, en la conversación que mantenía consigo mismo en el interior de la casa azul, entre libros y libretos, entre sueños inacabados tras la ventana que, siempre cerrada, protegía sus notas del agua de las lluvias, de los recuerdos más crueles que se instalan en el alma, de alguna mirada que en otro tiempo, en un pretérito imperfecto que no se atreve a musicar, quedó atrapada entre las cuerdas de su violín también azul, de mayor edad que su dueño, de madera algo vencida, metáfora del violinista.
Adrián de los Santos, que así se llamaba en vida mi vecino, murió ayer. Seré preciso: ayer, el ayer del hoy que escribo, no el de tu tiempo, lector, encontraron el cadáver, junto al de su violín, dentro de la casa azul. Hacía tres o cuatro días, lo digo con vaguedad, sin cuidar de medir con exactitud esa dimensión interior que es el tiempo según los filósofos escolásticos, que ningún vecino lo veía salir a pasear. Tampoco yo, que tantas horas dedicaba a contemplarlo mientras interpretaba las partituras, lo había visto en esos días desde mi habitación, que daba directamente a la que el músico utilizaba como estudio. Como suele suceder en estos casos que después salen en programas absurdos de televisión, un vecino alertó (la cursiva señala que así lo dirá el periodista televisivo si la cadena decide cubrir la noticia, lo cual jamás sabremos porque no tengo intención de conectar el aparato, ruido de fondo mientras escribo) a la policía local de este hecho y una hora después dos funcionarios se presentaron allí, en el número cincuenta y dos, casa azul, esquina de Tetuán. Llamaron a la puerta, se asomaron a las ventanas entreabiertas que dan a la calle, dialogaron entre ellos, pensaron y, ante la evidencia de un mal olor que se filtraba por una de aquellas ventanas, decidieron forzar la puerta y entrar. Media hora más tarde, con el vecindario agolpado, despreocupados de su quehacer casero y ritual, entraron los uniformados y descubrieron, con seriedad profesional, el cuerpo inerte del violinista junto a, ahí la sorpresa de los presentes, ahí descartada la indiferencia y distancia con la que, por motivos de salud, suelen intervenir, la madera sin vida también, con rasgos de fallecimiento reciente, de su viejo violín.
Comenzaron las cábalas de los investigadores y de gente que pasaba por allí. Tomaron huellas, plantearon hipótesis: suicidio, muerte natural sobrevenida sin previo aviso, accidente,…conjeturas encaminadas a resolver el enigma de esta muerte que, en cualquier caso, a nadie importaba en demasía, que sería comentario durante los días venideros en tabernas y portales y después, por aburrimiento como sucede con todo en la vida, sería muerte olvidada, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, la refranesca ignorante, maldiciente, pusilánime y engreída que padece este país. Nunca nos llegó a la calle, a los vecinos quiero decir, la conclusión final del caso. Supongo que todo quedó en un carpetazo seco, polvoriento e impersonal, en un informe archivado tras que la firma de algún forense de oficio, talvez también de vocación, certificara la susodicha muerte natural de Adrián de los Santos, vecino de, a la edad de. En cuanto al violín, no creo que haya sido investigado. A cuento de qué, complicaciones con este asunto, si el finado ni siquiera tiene familia conocida, si en el desganado rastreo que se hizo de su biografía no se encontró a persona alguna a quien enviar telegrama notificativo ni apareció nadie, por entonces ni después, reclamando noticias sobre el paradero del violinista. Tampoco del violín.
Yo tengo mi propia explicación (faltaría que, siendo mía, no fuera también propia. El idioma, su mal uso, tiene estas trampas llamadas pleonasmos, que concluyen siendo lugares comunes ya citados aquí y siempre detestados, habitados por quienes, como es el caso, aún no dominan suficientemente el arte literario. Pero disculpen este paréntesis freudiano que ya cierro para continuar con mi propia explicación) que está basada en hechos observados desde mi atalaya durante los cinco años de vecindad compartida con el músico. Claro que si sólo fueran esos hechos mi único asidero, mal le iba a venir a esta historia. He tenido que recurrir de manera doblemente inevitable, por no quedarme otra opción y porque tienen entre sus manos un relato literario, a la fabulación, a la invención más o menos conseguida tras la constatación empírica que enumero de modo cuasi científico: Adrián de los Santos era hombre sesentón cuyo aspecto, someramente descrito anteriormente, acordaba con esa edad. Pelo blanco y, aunque largo y fuerte, escaso en todo el frontal; un caminar erguido subrayado por una altura seguro cercana al metro y noventa centímetros, ya con suave tendencia al encorvamiento, como si le costara soportar el peso de toda la música concebida a lo largo de su vida, como aceptando con respeto y zalema la mano abierta que su propio tiempo (faltaría que, siendo suyo, no fuera también propio, etc., etc.), viejo aliado bajo el cual se refugian los sinsabores de la vida, tan literarios todos, le ofrecía ahora que comenzaban a intimar; mirada profunda y aún capaz de llegar con suficiencia al final de las cosas, que eso es lo que somos, lo que queda atrapado con alivio y desespero donde concluye una mirada desconsolada o miserable, infantil o plena de esperanzas, que todo puede ser novelado, sobre aquello que nos rodea; manos blancas como su caballera, como todo su cuerpo, estilizadas, con terminaciones nerviosas fuertemente señaladas, con dedos acostumbrados a la dureza de la cuerda y a la caricia breve, seguramente furtiva en muchas ocasiones, en hostales de lavabos amarilleados y orinales bajo la cama de dudoso color, a una mujer cuyo nombre después le servía de inspiración. Cada día, con puntualidad kantiana, paseaba por las calles del barrio de diez a once de la mañana, repartiendo buenos días atávicos y cortesanos, quizá parando a comprar algo de fruta, quizá asombrado al reparar de soslayo en algún escaparate postmoderno de alguna mercería de siempre venida a menos, que utilizaba el diseño como estrategia última, como reclamo absurdo de posibles clientes que, al ver tras el mostrador a un dependiente aburrido, desechaban la idea de entrar. Paseo tranquilo y sin prisa, más propio de quien nada más tenía que hacer y no del violinista que aquí nos trae, en todo momento trabajando por conseguir la medida exacta del tiempo entre las notas de cualquier melodía, que concluía, el paseo callejero, a las once de la mañana, cuando nos encerrábamos los dos. Él en su estudio y yo en mi dormitorio: al diálogo íntimo él, dicho sea en román cursi, con su música y entregado yo a una labor de espía sin rudimento, de observante novicio tras las cortinas echadas, como aprendiz clandestino, con la consciencia inocente de estar cometiendo un pecado que jamás me iba a dar la real gana de confesar.
Y en este momento, lector, debe comenzar la anunciada fabulación. Mi vecino, talvez huelgue el comentario pero lo diré dado que no ha sido referido, vivía solo en la casa azul. Nunca tuvo visitas, aunque las habladurías envenenadas, en corrillos acerados de hombres desocupados y señoras que cargaban con la cesta de la compra, se empeñaran en haber visto, más de una vez y más de tres, a una mujer que entraba y salía de la casa durante la madrugada, cuando el pueblo y la calle deambulaban entre el sueño intenso, a ritmo de ronquido familiar, o el duermevela que las preocupaciones llevan a la cama, en horas donde sólo las putas discretas o los borrachos a contratiempo salían osadamente a dar una vuelta. Por saber con certeza la soledad coincidente con la del clásico resignado una vez aceptada la fugacidad de la vida, de quien no cuida el buen yantar y tiene alpargatas con ribetes deshilachados en la que vivía, me llamaba la atención el dialogismo que practicaba con alguien imaginario, de lo cual doy fe tras descartar que pudiera haber otro alguien, esta vez real, que escapara del ángulo que abarcaba mi visión, sosteniendo el violín con su mano derecha y el arco con la izquierda (ignoro si esto hacía del señor Adrián un músico diestro o siniestro), gesticulando ora con desmesura, ora de modo apacible y conciliador, en discusiones que yo pensaba debían versar sobre la conveniencia de una u otra nota musical para lograr el tempo perseguido o soñado, sobre el dicroísmo con el que podemos ver una composición acabada antes de descubrir que nació del trabajo eremítico, con horario rígido y sin concesiones, o de la bohemia y siempre caprichosa inspiración, sobre el sexo de los ángeles que, fuera cual fuere, si acaso fuera que fuere, algo debe tener de alado y musical. De repente, paraba de tocar y comenzaba a hablar, daba pasos cortos, miraba de modo brusco a cualquier objeto de los que acumulaba en su estudio, convertido en una especie de chamarilería de su vida, de todo lo que el músico ha sido, de las huellas que ha dejado en trastos usados o juguetes descoloridos, como si fueran las ramificaciones de un árbol centenario que, declinado en latín, arbor, −oris, y arraigado en su estudio, se transformara en metáfora de Adrián de los Santos atrapado en los anillos concéntricos que compendian los años de su vida.
En el interior del estudio, al igual que en el exterior de la casa, también predominaba el color azul. Digamos ya (no sea que se formen expectativas que nada tienen que ver con el curso de los acontecimientos, que diría un cronista) que esa tendencia a azular tiene una razón que no es misteriosa: azul hiriente era el color de los ojos de la única mujer que amó Adrián de los Santos, mujer que no le correspondió, que casó con otro hombre y dejó en el violinista ese romanticismo trasnochado, esa manía con el color. Un azul puro, suave, de arco iris, que coloreaba las estanterías, el atril que sostenía las partituras, el papel de música, la tapa de los cuadernos en los que cada noche, antes de ir a dormir, escribía en estilo de diario, la madera, supongo tintada, del violín, el marco de las fotografías y de los cuadros, el forro de la mayoría de sus libros, la bufanda desigual, como hecha por manos inexpertas en la confección y plenas de cariño, con la que el músico se abrigaba todos los días que duraba el invierno, las notas musicales que, contagiado por ese azul obsesivo, veía yo salir del violín, teniendo después sueños que también se impregnaban de ese color, despertando en la madrugada al sentir el zamarreo de un monstruo azul, la zozobra del velero que capitaneaba en medio de un océano de azul profundo y abisal, la sangre azul, nobiliaria en mis sueños, que manaba de una herida de guerra en el frente abierto por un onirismo que comenzaba a padecer. En uno de aquellos sueños que tanto me inquietaban cuando los recreaba al amanecer, con preocupación de mis padres al considerar que iba entrando en una madurez un tanto lunática, que me dejaban absorto durante toda la mañana y llevaban a maltraer mi relación con los estudios, pude ver, con claridad dramática, como si fuera la escritura original de un palimpsesto encontrado días después con otro texto, la muerte de Adrián de los Santos, el viejo violinista, mi vecino del número cincuenta y dos, casa azul, esquina de Tetuán.
Justo una semana antes del hallazgo de su cadáver, me dormí dejando al señor Adrián más atribulado, en lo que parecía, que otras noches. Ya les dije que, amén de estudio, la habitación cuyo gran ventanal daba frente a mi dormitorio también era usada por el músico como una especie de trastero de su propia vida (talvez aquí −sólo talvez, las afirmaciones absolutas suelen ser peligrosas y desvinculadas de la realidad− sí convenga el matiz criticado en dos ocasiones anteriores dentro de este mismo relato. No siempre somos dueños con legitimación notarial de la vida que mal que bien llevamos, a veces la entregamos y otras veces nos la expropian. Este es un recurso muy extendido dentro de toda la literatura y cinematografía universal), donde había reunido la mayoría de los bártulos que había necesitado para manejarse con suficiencia a lo largo de todos los tiempos del verbo por los que tuvo que pasar, verbos extraídos del diccionario para, una vez conjugados con precisión y devoción, poder amar, comer, tocar, mirar y ver, vivir y morir en justa medida. Aquella noche, al introducirme en mi cama vencido por una mezcolanza de imágenes que me impedía distinguir la realidad de lo que veía en los sueños que comenzaban a aparecer, dejé al músico enfrascado en una lucha desigual, siendo él mortal y socrático, con todos los trastos, enseres y recuerdos acumulados en el estudio, siendo ellos intemporales y ajenos al discurso racional. Pude ver con claridad, juramento hiciera de ello si fuese necesario, la rebelión que comenzó en las hordas organizadas que las notas musicales, encabezadas por las que conformaban un adagio religioso de primera mitad del siglo pasado, como si tratase de una cruzada armada ferozmente con ritmo armónico y melancolía, llevaron a cabo nada más salir de las cuerdas del violín, consistente en una disgregación que dejaba a los fa sostenidos de los anaqueles o los D minor escondidos tras la pantalla de una lámpara turca y bajo cojines de seda adquiridos en bazares hebreos, provocando con esa actitud una distorsión de sonidos que el músico no tuvo ni siquiera en sus principios, siendo un niño que comenzaba a recitar de izquierda a derecha, y viceversa, esas mismas notas que llegaron a fundirse con su piel durante toda la vida. La rebelión musical fue secundada por otra más contundente de las tapas azules de los libros, que comenzaron a sobrevolar el estudio-trastero con violencia, rebotando en las paredes, acechando desde los rincones, soltando en su vuelo lastre de capas de color añil que mancharon las páginas que habían quedado desamparadas, un quinqué pacífico que observaba mientras decidía y los lapiceros de cerámica que, en ese momento, se reunían en asamblea extraordinaria. Se sumaron al mismo tiempo, en reivindicación de su utilidad efímera, los utensilios de escaso valor: el papel moneda traído como souvenir de países exóticos, dibujos a carboncillo trazados en minutos de aburrimiento, una colección completa de sellos de correos alusivos al nacimiento de artistas, una armónica en proceso de oxidación, tres figuras de plástico, brujas en aquelarre como convocando a los demonios que debían apoyar aquella revolución, partituras olvidadas y sin concluir, un breviario miniado, joya de anticuarios, un tablero de ajedrez sobre el cual planteaban sus piezas una estrategia militar que defendiera la retaguardia, no fuera que Adrián de los Santos, hundido, miserable, a punto de claudicar, pensara en una rápida retirada, retales de ropa usada y de momentos pasados que llegaron para ridiculizar al maestro con palabras de su juventud remota y osada, una turba de espectros cuyo olor y color malva pudo entrar por el flanco descuidado de la mala conciencia encarcelada, ese residuo que la cultura de humanidades deja para ir almacenando las vergüenzas, un general de división, soldado de plomo con herida de soledad, versos colegiales, endecasílabos escritos con rima consonante tras que la caída leve de tu mirada, me deja una sombra enajenada. Nunca fue buen poeta Adrián de los Santos y, quizá por eso mismo, no tiene ahora recursos para desenvolverse en la afrenta que le acecha en mi sueño, en mis sueños, en su vida, en sus vidas, entre el singular de actualidad aristotélica y los plurales de la gramática parda del vivir, como una multiplicación bíblica de una palabra encontrada en la acera, mientras caminábamos ensimismados y una legión de adjetivos y pronombres acude en labor de prevención y defensa.
Fue entonces, en pleno apogeo, con mi vecino anteponiendo como escudo a su violín, único compañero que le fuel fiel durante la revuelta, cuando me desperté sobresaltado. Corrí hacia la ventana con la intención de gritar al señor Adrián que huyera, que no iba a incurrir en el deshonor, que bien patético es huir de lo desconocido, pero no sucede lo mismo con lo conocido que da miedo, que ahí la huída es actitud inteligente y laudable, que no hay por qué tener vocación de héroe, que los fantasmas del pasado deben arrastrar sus cadenas como buenamente puedan. Abrí mi ventana de par en par y me encontré con la suya, frente a la mía, completamente cerrada, las persianas bajadas, la calle en calma, la noche extendida sobre el pueblo como un rumor a contraluz, la luz macilenta del farol municipal sobre la acera, la caída vertical de una suave llovizna que pudiera limpiar todo con lentitud de siglos, con pulcritud y paciencia, los primeros trasteos caseros de las familias más madrugadoras, a quienes Dios ayuda según maldito invento del refranero popular, el frío mañanero causante de perezas y de que sean maldiciones las primeras palabras que articulamos nada más despertar, los tejados antiguos que sobreviven ayudados por la capa que les deja el paso de los días y los otoños, el vuelo aterido de las primeras aves emigrantes, mi mirada quijotesca buscando pruebas del combate a muerte que sufría el viejo violinista armado dulce e inútilmente con su añejo violín.
Vuelvo la mirada hacia mi cama desordenada y aún puedo ver allí restos de mi sueño descarnado, Adrián de los Santos empuñando el violín, utilizándolo a modo de lanzada, resquebrajado al dar con el perfil afilado de uno de los libros atacantes, vacío para siempre de músicas y sentimientos, entrando en el mundo donde reina la bondad de los silencios, dejando en el músico una pátina de orfandad, desnudas sus manos, abierto el corazón, con lágrimas de niño perdido dentro de una gran ciudad, buscando respuestas, cubierto de años, de objetos que le miraban cara a cara, hastiados y enfurecidos por representar tantos momentos que debieron quedar atrás. Adrián de los Santos rendido, cansado, débil como una melodía que concluye, como el eco azul de las últimas palabras que guarda de aquella mujer que amó, encadenado a un árbol talado por una lengua muerta, su tiempo derramado y esparcido entre coplas y romanzas, sus sueños de juventud confundidos con los míos, algo así como una despedida que me dedica en el último instante, ahora que muere por causa de una pena inconsolable que fue incapaz de detectar el análisis policial, por no poder soportar la lejanía de un cuerpo azul, la muerte azul de su violín como animal descordado.
Para que con ellos unidos, sus sueños y los míos, podamos llevar a cabo un exorcismo que expulse a los espíritus malignos de la soledad y pueda concluir en paz, lector, mi anunciada fabulación.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

"Punto de sutura", en PROTAGONISTAS SEVILLA



Aunque no tengo la costumbre de colgar en este blog mis apariciones en PROTAGONISTAS SEVILLA, en PUNTO RADIO, aquí dejo ésta. Se ha emitido hoy, día de Nochebuena. Fernando García Haldón, una vez más, me hizo feliz en antena.
Un abrazo a todos.
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"Amigo Fernando, queridos amigos:
Ha nacido un Niño de Madre Virgen y padre carpintero. Ha nacido un Niño que crecerá para ser Hombre, misterio, amor y fe. Ha nacido un Niño esperado en la estirpe legendaria de David. Ha nacido en un establo, entre pastores, entre gente asombrada y humilde, tras vencer al frío y perdonar, antes de nacer, a quienes le negaron posada. Ha nacido un Niño que mamará de Ubres Santas. Ha nacido un Niño cuya mirada es como miel derramada. Ha nacido un Niño y, como siempre sucede al nacer un niño, ha nacido con Él un mundo nuevo, un retablo donde encontrarán asilo la luz y la esperanza. Ha nacido un Niño empeñado en que nos amemos los unos a los otros como Él nos habrá amado. Ha nacido un Niño que será traicionado y negado. Ha nacido un Niño que es pura vida vencedora de la muerte. Ha nacido un Niño entre la barbarie y la crueldad de los Herodes que asesinan a otros niños. Ha nacido un Niño al que una estrella le puso el pañal y la luna le iluminó la cara. Ha nacido un Niño que mira cómo su Madre se está peinando. Ha nacido un Niño de manos breves y blancas. Ha nacido un Niño que primero gateará y luego aprenderá a caminar sobre las aguas. Ha nacido un Niño al que bautizará un tipo colgado y bueno llamado Juan. Ha nacido un Niño que abrirá nuestros corazones con la combinación mágica de la parábola. Ha nacido un Niño bienaventurado, un Niño al que la tentación nunca llegará a contaminar, un Niño ilusionado con los regalos de tres Reyes Magos, un Niño que jugará con ramas de olivo, un Niño adorable y adorado, un Niño alegre al que arropan una Madre guapa y un padre honrado, un Niño eterno al que, como hago con el mío, beso para curarme, un Niño que morirá en una cruz tras padecer un calvario, que dará su vida por la nuestra y así, con ese gesto, nos dejará el legado de un milagro: el Niño se transforma en Padre y un padre, mis queridos niños y niñas, está en el mundo para salvar a los hijos que ha creado.
Ha nacido un Niño y yo pido, por favor, que no volvamos a matarlo.
Amigo Fernando, queridos amigos, feliz Nochebuena, feliz Navidad".

domingo, 21 de diciembre de 2008

Feliz Navidad



A veces me cansan tanto las obviedades y lugares comunes que termino sucumbiendo a ellos. Lo hago por pereza, por desgana, por no tener que sumar los míos a los argumentos que hay en contra o a favor de algo. Aquello que cantaba Serrat: “vencer la tentación sucumbiendo de lleno en sus brazos”.
La Navidad, tan exagerada ella para todo, es terreno perfectamente preparado y abonado para que crezcan estos lugares comunes. Que si el consumo es desmesurado, que si todos nos volvemos tan buenos que merecemos la beatificación, que si la familia unida jamás será vencida, que si tantas luces es un derroche energético y económico, que si los recuerdos duelen más que en cualquier otra época del año, que si hay que comprar regalos incluso para el vecino del primero (que es un malage), que si comemos tanto que parece que nunca lo hayamos hecho, o que nunca más lo volveremos a hacer…bla, bla, bla. Obviedades todas que, por ciertas, son difícilmente criticables.
Y sin embargo…se mueve: cada año que pasa me gusta más la Navidad. Será por ir contracorriente, no digo que no, que me pone bastante. Será por lo que tenga que ser, me estaré dejando engañar, me estaré fundiendo en la masa y convirtiendo en una persona sin juicio crítico, a lo mejor todo esto pasa cuando uno va formando su propia familia, o quizá sea que me siento joven, pero no lo soy y, sin caer en la cuenta, comienza a brotar en mí el viejo ñoño en el que seguro me convertiré. Lo cierto es que a mí, todo esto, me importa esa medida que, por escasa, es irrelevante y hemos dado en llamar “un comino”.
Sólo un detalle me hace temblar: aunque parezca lo contrario, no es Navidad para la mayoría de los habitantes del mundo. No lo es para los millones de personas que pasan hambre o frío, para los que viven en guerra. Si hay algo que no perdono a los políticos es que nos creen cargos de conciencia, que nos hagan pensar que nosotros podemos hacer algo para que el mundo sea mejor. Mentira. Podremos poner parches que serán bienvenidos (la admiración que siento por las personas que hunden sus manos en la mierda con tal de sacar una sonrisa o un plato de comida para quien lo necesite, es profunda), pero nada más. El mundo va a peor, no creo que haga falta poner ejemplos. Y no tenemos culpa de nada. El montante económico que supone, por ejemplo, poner un satélite en órbita (que sí, que será muy necesario, ya lo sé) bastaría para solucionar la miseria de unos cuantos países. Y no creo que ninguno de nosotros apretemos los tornillos de ese cacharro que nos servirá para saber qué tiempo hará en nuestras vacaciones o si, llegado el caso, podremos beber un buchito de agua en Marte.
No sé si lo que voy a contar ya lo he escrito en este blog, en algún comentario a mis amigos o en otro lugar. En algún sitio está: hace un par de años la televisión emitía un anuncio en el que se nos decía que unos cuantos miles de niños de un país sudamericano (ni recuerdo el número exacto ni el país) no iban a la escuela; “que vayan mañana depende de ti”, concluía la voz en off. ¿Se puede ser más miserable que la persona que ideó ese anuncio? Si lo tuviera a mi lado lo zarandearía y le diría: “no, so pedazo de cabrón, si dependiera de mí irían mañana y habrían ido ayer. Por desgracia, no depende de mí, no me toques los cojones de este modo tan rastrero”. Que nos coman lo que nos tengan que comer, pero no la moral: el mundo es una mierda por culpa de los gobiernos (meras comparsas, por otra parte) y por culpa de los poderes tan oscuros que, aunque los imaginemos, jamás llegaremos a ver.
Así que, para mí, eso es lo que hay. Me sacudo la culpa. Y, tras hacerlo, mi mano siempre está abierta para toda persona que me encuentre en el camino y la necesite. Pero eso no me hace mejor persona, ni siquiera me hace sentirme mejor persona.
En la vida, sólo presumo del pedazo de hijo que tengo (y, a partir de Febrero, de hija también). Afuera parte, sanseacabó. Quizá sea por él, por su cuerpecito tan pequeño donde aún no cabe, ni ha llegado, la contaminación, que este año me siento tan navideño. Así que nada, que deseo a todos mis amigos de bloguilandia un calor navideño similar al que, acurrucados al amanecer en la cama, compartimos mi hijo y yo.
FELIZ NAVIDAD.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Santa Catalina





(Aquí queda mi entrada en favor, y protesta, por la restauración de Santa Catalina. No podré estar con vosotros en la concentración -como dice Cristóbal Cervantes- del día doce. Trabajo, queridos míos, y salgo a las doce de la noche. En fin, el propio Cristóbal logró en antena una promesa de Gómez de Celis: su compromiso con esta restauración que no llega. Pero ya sabemos, siendo benévolos, que en el mejor de los casos los políticos son tardones a la hora de cumplir sus compromisos.

Yo sugiero que alguien -pongo además algunos nombres: Rascaviejas, Hípalis, Aguador o Fernando García Haldón redacten un manifiesto para leer una vez allí-. A vosotros os pido que seáis mis ojos y os llevéis con vosotros mis palabras. Estas palabras...)



Se ahoga una ciudad porque Santa Catalina, que es pulmón, padece insuficiencia respiratoria. Se rompe una ciudad porque Santa Catalina, que es la tibia o el peroné, tiene niveles bajos de calcio y ha caído en el intento de subir el escalón de los siglos. Se olvida una ciudad de sí misma porque Santa Catalina, que es cerebro, tiene síntomas de demencia por abandono y necesita medicación. Se queda ciega una ciudad porque a Santa Catalina, que es mirada verde, aceitunada y mudéjar, se le multiplican las dioptrías de tanto mirar con tristeza. Se para una ciudad porque Santa Catalina, que es pie derecho y pie izquierdo, se hunde en las arenas movedizas de la desidia. Se va poniendo triste la ciudad porque Santa Calatina, que es mano izquierda y mano derecha, no puede acariciarla. Se queda sorda la ciudad porque Santa Catalina, que es oído derecho y, sí, también el izquierdo, hace años que no escucha el racheo de unas pisadas. Se aburre una ciudad porque Santa Catalina, que es memoria juglar, no puede contarle historias. Se afea la ciudad porque Santa Catalina, que es cara guapa, necesita una limpieza de cutis y, humilde, espera y calla. Se acumula grasa en la ciudad porque Santa Catalina, que es sangre, tiene colesterol político según nos dio la última analítica que, sí, se hizo en ayunas. En ayunas continúa. Se duele la ciudad porque Santa Catalina, que es riñón, acumula piedras que se rompen y rasgan. Se quiebra la ciudad porque Santa Catalina, que es músculo, no tiene fuerzas para sostener su alma. Se pierde en la incertidumbre la ciudad porque Santa Catalina, que es sexto sentido, no intuye qué pueda pasar mañana. Se muere la ciudad porque Santa Catalina, que es su corazón, ay… se nos para.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Privilegios de andar por casa (II)



El sábado amanece azul y frío. Es una de esas mañanas en las que uno busca una esquinita donde dé el sol. Salgo de mi casa justo a la hora en la que, la noche anterior, dije que iba a estar en el Hotel Renacimiento. Once y media de la mañana. Voy tarde, os aseguro que es muy difícil que yo no sea puntual. Llego al Hotel a las doce menos veinte. Hay poco tráfico y, también contra mi costumbre, corro con el coche algo más de la cuenta. Sin locuras, no me mal interpretéis, que ya no tengo edad (al menos para esas locuras estúpidas, a veces mortales, que se hacen con los coches).
Esta vez sí hay suerte. Encuentro aparcamiento en la mismísima puerta del recinto donde se celebra el “Evento Blog”. Mientras hago maniobras para aparcar en un sitio donde cabe un camión (aparcar no es mi fuerte, siempre termino pareciendo un paso de Semana Santa), pasa con su coche Fernando García Haldón. Estoy a punto de tocarle el pito, de mi coche, el claxon, porque tal vez cabemos los dos. Pero me doy cuenta de que no. Aparco. Me bajo. Llega un coche de esos pequeños que pueden aparcar en una caja de cerillas. Conduce una chica que se para a mi altura y me mira. ¿He ligado? No, sólo se trata de que, si me pego un poco más al de atrás, ella sí que cabe. Me doy cuenta. Se lo digo. Doy marcha atrás, al coche. Ella aparca, perpendicular a mi coche. Con el culo, el del coche, hacia el borde de la acera. Qué lío. Nos sonreímos, nos damos las gracias y las de nadas. Qué amables somos cuando queremos.
Entro al hotel. Doy un vistazo rápido, oteo para tener una visión rápida y general. Me dirijo a la sala “La Pinta”. Me sorprendo al ver que ya está allí Fernando. “Lo siento, amigo, te que he quitado el aparcamiento por un minuto”, “Pero si yo he aparcado en la puerta”, “Y yo”. Entre su coche y el mío, al final, hay unos diez metros de distancia. Están allí Ricard Martí (que me desea “feliz Navidad”), Híspalis y Natalia. Teresa y Ali vienen de camino, desde la emisora.
Llega Nuria, esposa de Híspalis. Muy guapa, muy amable y muy elegante. “Mucha Nuria –pienso-, hay una argentina –que ha dejado un comentario en el programa- que no tiene nada que hacer”.
Quedan quince minutos, más o menos. Natalia y yo estamos acostumbrándonos a fumar el cigarrito de antes. El de después, no me seáis bien pensados, lo fumamos entre todos, en una orgía de ondas radioeléctricas (iba a escribir ondas hertzianas, pero he buscado en el diccionario y me surgieron dudas). Salimos a fumar. Yo busco en mi móvil una foto que hice a mi niño antes de salir (guapísimo con gorro y bufanda) para enseñarla y presumir. Mi torpeza es imperdonable: hice la foto, sí, pero no la guardé. No está en ningún lugar fuera de mi memoria. En fin, algún día descubriré para qué puedo valer.
Mientras Natalia y yo fumamos fuera, donde da el sol, hablando de mi hijo y de su hermano, de la carrera de periodismo que ella lleva por la mitad y de cosas así, llegan Teresa y Ali. No hay aparcamiento cerca, je, je, se siente. Se baja Teresa. Ali sigue buscando dónde aparcar. Los dos besos de Teresa, al verme, al vernos, también se están convirtiendo en costumbre. Yo tengo que confesar que los espero. Enciende un cigarro. Si alguien es fumador, la radio no es el mejor sitio para dejarlo.
¿Vamos para dentro, no? Hay un programa que va a comenzar”, dice alguien.
PROTAGONISTAS (que no es ni más ni menos que la sintonía de LA RADIO) comienza los sábados sobre las doce y diez, tras un micro-espacio que elabora Patricia García Mahamud (redacción de informativos de PUNTO RADIO). Le digo a Fernando que me gusta cómo lo hace, el micro-espacio. Le digo también, en un aparte que intento que me salga trascendental y al final me sale ridículo, que yo asisto a los programas sólo para disfrutar de ver cómo es la radio en vivo. Que si tengo que intervenir lo hago encantado y el primero, pero que no me gustaría que tuviera conmigo ese compromiso. Lo dicho: un ridículo. Fernando me mira como si yo fuera un niño pequeño (¿lo seré?), sonríe y me dice que me deje de tonterías. Mientras se preparan, hablo con Nuria. Y hablo de Laura, su hija, para decirle que es guapísima. Le pregunto si alguna vez ha visto hacer radio, me dice que no, le digo que va a disfrutar. Poco después me confirma que así es. Alucina cómo se entienden, con gestos, Ricard Martí y Fernando.
Doce y diez. Comenzamos. Cruzo los dedos. Abre Fernando con las entrevistas de Teresa: “Hola, Fernando, buenas tardes…”, saludo que repetirá en varias ocasiones porque en Extremadura son así de educados. El tiempo, con una de esas voces tan sugerentes que dan el tiempo por la radio. Y, seguidamente, la entrevista que me ha parecido más interesante en los dos días: la que Fernando le hace a Luis Rull, organizador del Evento y sociólogo. Sabe lo que dice y lo dice muy bien. Es amable y cercano. Bromea (a lo mejor no tanto) diciendo que, para no tener problemas en casa con un blog, es esencial dedicar una entrada a la pareja. Yo, con gestos que Fernando ve de soslayo y recoge en antena, aprovecho para dejar bien claro que he cumplido con eso.
No he dicho que, a todo esto, también llegó Ali Trujillo. Gesto serio y cara de recién dormido, o recién levantado. Luego me entero de que ha dormido…bueno, eso forma parte de su ámbito privado. Comienza Ali su labor impagable. Lo ayuda Nuria. Que no falte una copa con agua, que no falte nadie a la cita concertada, que todo salga. Ricard Martí, una garantía. Hoy tenemos en la emisora del estadio a César Baquero, otra garantía.
Concluye la entrevista a Luis Rull. Híspalis también ha preguntado. Me toca. Estamos sentados Fernando, Hípalis a mi derecha, Natalia frente a Híspalis y, frente a mí, un hombre al que no tengo el placer de conocer. Suena la marcha “Amargura”. Ese hombre que tengo frente a mí es Enrique Henares, hijo del pregonero de este año. Las referencias, para empezar, son inevitables. Yo aprovecho para decir que, aunque no me muevo en el mundillo de la Semana Santa (no soy ningún entendido en eso), estoy aprendiendo mucho de la gran cantidad de blogs cofrades que he descubierto. Al fin y al cabo, aunque insisto que no es mi mundo, he llorado en varias ocasiones viendo un paso en la calle. Justo en el instante en el que estamos hablando, D. Enrique Henares está en su casa comenzando a escribir lo que será el pregón de 2009.
La tertulia continúa. Hablamos del fundamentalismo que, en ocasiones, aparece en los comentarios a algunas entradas. Es legítima la decisión de moderar los comentarios, en la casa de uno entra quien uno quiere (habíamos dicho el viernes). Híspalis sabe bien de esto: aunque ha decidido continuar, todos sabemos que se ha planteado dejarnos huérfanos. Yo dejo bien claro que, tras las críticas (experiencia que, por fortuna, aún no tengo), también hay que reseñar la avalancha de comentarios amigos que pueden llegar en un momento dado.
Dos momentos cumbres de la tertulia:
1.Híspalis, diciendo que a lo mejor es un compromiso, reta a Fernando a promover una quedada, desde LA RADIO DE LOS BLOGUEROS, a favor de la restauración de Santa Catalina. Enrique Henares, que iría el primero, también se permite la broma: es perfecto porque por allí también quedan “El tremendo” y “El rinconcillo”. Fernando recoge el guante, está por ver que se achante alguna vez.
2.Y por eso mismo, porque no se achanta, critica duramente la aceptación que, en algunas hermandades, ha tenido la llamada a sus hermanos para que donen sangre. En El Cachorro, devoción de Fernando, acudieron cuatro. Sobran mis palabras, las puso Fernando en su sitio, una por una.
La una de la tarde acecha. El tiempo y la radio, ya sabemos, amores imposibles y, sin embargo, amores inevitables. Fernando me pide que le diga con qué me quedo de los dos días que llevamos enradiados. Me quedo en blanco, “me coges fuera de juego, Fernando, no lo sé”, confieso en directo. Me provocan. Me piden una entrada para esa misma tarde. ¿Provocaciones literarias a mí? Aquí están mis entradas, queridos míos, no una. Tres. Ahora sé la respuesta, querido Fernando, a buenas horas mangas verdes: me quedo con todo.
Aprovechando el boletín, Fernando es entrevistado brevemente por una televisión gallega. Mira por dónde, van a saber allí de nosotros. Un saludo para cuando nos escuchen. La entrevista la consiguió la noche anterior, entre copas y alamedas, Duende del Sur.
Tras el boletín informativo de la una, nos queda media hora. Buena parte la va a ocupar, es de bien nacidos el ser agradecido, Ángel Holgado, Director del hotel Barceló Renacimiento. Es un hombre joven, educado, afable, tirando a guapo y con una mirada ligeramente caída. A lo mejor es miope, como James Dean. Me gusta mucho el traje que lleva. Ya sabemos lo que diría de él cualquier madre: un buen partido. Nos han atendido rozando la perfección. Muchas gracias por todo. Antes de la entrevista hemos escuchado la sección “Clásico útiles”, excepcional.
Y todo, poco a poco, va concluyendo. Fernando invita a unas palabras a Duende del Sur, que supera su timidez e interviene encantado. También hay lugar para unas palabras de Ali Trujillo, quien anuncia blog inminente, y para un saludo en antena, desde el estudio, de César Baquero. Hoy nos hemos quedado sin sus películas infames. Sin darse cuenta de que entra por la puerta y la tiene justo detrás de él, Fernando da paso, para despedir, a Teresa, mi chica favorita. Se sienta rápida en la mesa para saludar y, si yo no lo estuviera contando ahora, nadie se habría dado cuenta de la improvisación. Fernando reacciona en una milésima de segundo.
Todo ha terminado. ¿Qué hacemos? Sí, efectivamente: salir a fumar. El sol sigue siendo un buen amigo. Hacemos corro. Todos estamos contentos. Ha salido bien. Teresa está muy cansada. Ali piensa en la siesta. La vida continúa. Híspalis y Nuria, se despiden. Los espera Laura y una comida familiar. Ha sido un placer conoceros. Ambos, Híspalis y Nuria, dan besos para decir adiós. Yo me voy casi ya. Me esperan Lola, Domingo y un pollo en el horno, sin ánimo de comparar. Son las trampas del lenguaje. Fernando y yo volveremos a vernos el lunes por la noche. Más radio, menos mal que me hace buena digestión. Tengo el privilegio, y el honor, de haber sido invitado en Utrera a una mesa redonda para hablar…¿de qué? De radio. Se conmemoran allí veinticinco años de ondas, ¿cómo eran?, lo miro…radioeléctricas esparcidas por aquellos aires.
¿Con qué me quedo, querido amigo Fernando? Pues ya ves, con todo. Con tu voz tan sevillana, comprometida, valiente; con Cristóbal en vivo, al natural y en su medio, en su lugar en el mundo: frente a un micrófono que lo quiere como se quiere a un hermano; con Ali y sus silencios, ayudando a tallar el programa con golpes de buril que no se escuchan; con la mirada brillante de Teresa, licenciada en ilusiones y periodismo; con la sonrisa insuperable de Natalia, licenciada en cariños y en medio de una carrera de obstáculos; con las manos en los mandos de Ricard Martí, Fran y César, los sonidos de la radio que no son las palabras; con todos los blogueros que nos enviaron sus comentarios; con Híspalis y Nuria a bordo de la tripulación, pendientes de que siempre estuviera en su medida la línea de flotación; con el Profe e Isabel, orgulloso el uno de la otra, y viceversa; con Duende del Sur y su mirada feliz; con los invitados que nos han descubierto: sí, existimos.
¿Con qué me quedo, Fernando? Con la ausencia obligada de mi Lola por culpa de unas oposiciones que tenía el domingo. Había que estudiar. La cosa, al final, no ha salido muy mal. Ya veremos. Pero bueno, le dimos un beso en directo. ¿A que al final me quedo con ese beso?
De todo lo cual, como radio adicto, doy fe.

Detalles olvidados


El profe me anticipa el título de su nuevo apócrifo: “Abelardo Torres, el Licenciado. Poeta torero”. Ya lo puedo decir porque en su blog está, os recomiendo que os deis una vuelta por allí, que no tiene desperdicio. También me cuenta Juan Antonio cosas sobre su vida. Yo creo que hace tiempo que no necesita buscar en el diccionario la palabra “aburrimiento”.
Híspalis tiene la costumbre de dar dos besos para saludar. Es una chorrada por mi parte, pero me gusta que dos hombres, en el saludo, se den dos besos. Al igual que me gusta que dos mujeres se estrechen la mano. Insisto, sólo es un detalle, una tontería, no hagamos de esto una cuestión de estado, please.
Al final del programa, se me escapa si lo sabía o no, Cristóbal invita a sentarse a la mesa a un chico con corbata de imposible descripción, casi también resulta imposible llevarla, pero la lleva. Resulta ser, este chico, el speaker del Evento. Se le nota enseguida que sabe qué cosa es un micrófono. Habla brevemente y Fernando lo invita a despedir el programa, lo cual hace al estilo de los habitantes de speakerlandia.
Aplausos en una sala que ha terminado llena.
Vamos con el sábado inmediatamente.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Privilegios de andar por casa (I)



Que son, queridas, queridos, los privilegios que más me importan. Cuando ando por mi casa, sin ir más lejos, tengo el privilegio de ver crecer a mi hijo o de besar a Lola…y, en fin, seré lo más simple que se despacha en simples, pero, qué queréis que os diga: en la vida no necesito nada más (hasta que, llegado febrero, la llegada de Adela provoque una inundación…ya os daré la lata con eso). No, no necesito nada más. Y, sin embargo, lo tengo…
Sí, tengo el privilegio de tener por casa, también, a PUNTO RADIO. Cuando me paso por la emisora y me quedo a ver PROTAGONISTAS con Cristóbal Cervantes, siempre se da la siguiente escena: en algún pequeño respiro que durante las dos horas pueda tener, Cristóbal me pregunta “¿qué tal, Juanma?”; a lo que yo siempre respondo del mismo modo: hago el gesto de estar pinchándome en vena. Ya sabe Cristóbal, entonces, que todo va bien, que me inyecto una dosis de radio para mí tan necesaria.
Y justamente esto, inyectarnos radio pura en vena, es lo que hemos hecho unos cuantos durante el viernes y el sábado. Y justamente eso, queridas y queridos, tal y como he prometido en antena, vengo a contar…
Cinco y cuarto de la tarde del viernes: aparco mi coche cerca de la puerta “C” del Estadio Olímpico. Mientras camino hacia la emisora veo, sentados en la escalinata de la entrada, a Fernando García Haldón y a Ali Trujillo. Toman un café y encienden un pitillo. Veo también cómo va llegando, desde lejos, una silueta que me es ya muy familiar: Teresa Puig Puch. Los cuatro, ya juntos, fumamos, nos miramos, hablamos de la ilusión que tenemos, de los nervios ante los programas que nos esperan. Sabemos que son importantes. El “Evento Blog España 2008” espera a LA RADIO DE LOS BLOGUEROS y a PROTAGONISTAS. A Fernando le gusta cómo ha quedado el cartel del programa y la cazadora que llevo. A Ali se le multiplican sus silencios. A Teresa, mi chica favorita, le brillan los ojos. Aún no nos podemos ir. Esperamos a Natalia. Fernando me dice que Híspalis nos espera en el Hotel Renacimiento: “Híspalis es un tío muy inteligente, Juanma, y además confía plenamente en el triunfo de este proyecto. Nos va a ayudar”. Llega Natalia y, como siempre, lo hace con una sonrisa insuperable y con su hermano en el corazón (es un gustazo cuando habla de su hermano pequeño, a quien adora). Hora de partir.
En La Cartuja no se puede hacer eso tan sevillano de aparcar en la puerta. Los coches quedan lejos. El mío, como cambio de opinión, algo más cerca que el de los demás. Todos mal aparcados, supongo. En el Hotel Renacimiento hay muchos blogueros. Entre ellos, Híspalis. Me reconoce, se presenta. Inmediatamente pienso que me he equivocado: imaginaba que Híspalis tenía cara de buena gente, pero no: la tiene directamente de santo. Bicheamos un poco por allí. El programa se emitirá desde la sala “La Pinta”, donde Ricard Martí, El Séneca, lo tiene todo preparado, toda la radio en su punto. Se acercan las diecinueve horas. Pregunto por Cristóbal y alguien me dice que llegará sobre menos cinco. Aparece Juan Antonio, el Profe, con su hija Isabel, tímida y feliz. Se le nota a Isabel que está orgullosa del padre que tiene. No le faltan razones para ello. El Profe bromea conmigo, me dice que estoy más viejo que en la foto de mi blog. Yo, que no puedo ser más torpe, no entiendo que se refiere a la foto de mi hijo (se me escapa el detalle hasta tres o cuatro horas más tarde. Se lo comento entonces al profe en su blog). Ay, cada uno necesita el tiempo que necesita. También aparece por allí otro buena gente: Duende del Sur. A menos cinco, tal y como si llevara cuarenta años de radio a su espalda y supiera que la puntualidad es imprescindible, estrecho la mano amiga de Cristóbal Cervantes.
Son las siete y cinco de la tarde. Suena la sintonía de LA RADIO DE LOS BLOGUEROS. “Qué tal, señoras y señores…”, dice la voz ilusionada de Fernando García Haldón. Yo tengo los dedos cruzados. En la mesa están Cristóbal, Eva Piñar -Directora General de Infraestructuras y Servicios Tecnológicos de la Consejería de Innovación, Ciencia y Empresa de la Junta de Andalucía-, Isidro Fornos -Director de Mercados y Marketing de la empresa SADIEL- y Natalia, pendiente de los comentarios blogueros.
Comienza Cristóbal, lo que significa que comienza el espectáculo de la radio. Domina los tiempos y las palabras, domina los gestos y los espacios. Presume de tener la misma ilusión ante un micrófono que sintió un feliz día de hace casi cuarenta años. No hace falta que lo jure. Basta verlo. Hablan los invitados, se les nota que están a gusto. Comienzan a llegar los primeros comentarios que lee Natalia. Teresa está fuera, pendiente de que Fernando le dé paso para entrevistar a distintos blogueros. Se abre paso entre ellos y yo pienso que eso es una metáfora de cómo intenta abrirse paso en la profesión que la ha enganchado. Hoy cuenta, mi chica favorita, con la gran ayuda de Híspalis, quien le echa un poquito de morro a la cosa y cuela un comentario sobre nuestra presencia en una pantalla de una conferencia que se desarrolla en otra sala cercana a la nuestra. Híspalis le roba el corazón a una chica argentina, la cual ignora que no tiene nada que hacer: Nuria, como comprobaremos el sábado, es mucha Nuria.
Fernando controla el programa. Tiene una voz cercana y valiente. Cuando alguien es joven siempre se dice de él que está empezando, pero hace tiempo que Fernando dejó de gatear. Es un pícaro elegante, de buen gusto, se corta poco o nada, es difícil que en sus entrevistas no aparezca una sonrisa del entrevistado. Su vida también es la radio.
Ali Trujillo es la mano que nos mece, sin él supongo que también saldría el programa, pero sería mucho más difícil, o no quedaría como queda. Ali se mueve con sigilo, se preocupa de que todo esté donde tiene que estar y en el momento en el cual tiene que estar.
Ricard Martí no para de hablar con el técnico que está en la emisora, en el estadio. No estoy seguro, pero creo que el viernes fue Fran. Sus dedos moldean el programa, son la argamasa que impide a las piezas moverse una vez encajadas.
Nos llega el turno al profe y a mí. Tengo sentado a mi lado a Antonio Manfredi, presidente de la Asociación de Periodistas Digitales de Andalucía. Otro que no tiene tablas. Hablamos en tertulia. Los minutos nos persiguen como enemigos. El tiempo y la radio: un amor imposible, pero amor al fin y al cabo.
Terminamos, la sala se llena de gente. Llegan los de “pitodoble”, que le dan a la cosa descaro, poca vergüenza y sentido del humor. Interviene Híspalis. Lee Natalia más comentarios. Cristóbal vuelve a llenar el aire y concede a Juanlu el premio al mejor comentario de la semana. Fernando también invita a participar a Isabel, quien vence su timidez y nos habla de su blog. Al profe se le cae la baba, tampoco le faltan razones.
Son las ocho de la tarde.
Todo ha salido. Yo le digo a Fernando que, además, creo que ha salido muy bien.
Salimos a la calle, hay muchos blogueros. Fumamos, comentamos. Estamos contentos. El profe e Isabel se despiden. Ha sido un placer conocerlos. El profe es uno de esos tíos a los que se le nota la inteligencia en la mirada. Yo también me despido. Quedamos para el sábado. El sábado lo contaré en próxima entrada, gustándome, deteniéndome, como a mí me gusta escribir. Ésta ha sido escrita con prisas porque tenía una promesa que cumplir.
Camino del coche hacía mucho frío. Por fortuna, llevaba dentro el calor de la radio…

jueves, 13 de noviembre de 2008

Cinco minutos



El tiempo deambula indeciso entre la bohemia y la puntualidad. El tiempo cansado, sin ganas de decidir, quizá herido, se sienta en un banco viejo de madera ya destartalada sobre la que aún se pueden adivinar algunos nombres y algunas fechas, el trazo firme y bien apuntalado de los soldados de pueblo y reemplazo junto a ése otro, trémulo y soñador, de quienes principian en el amor a bordo de la creencia en los finales felices. El amor inocente escrito en los viejos bancos de la estación de tren abandonada, donde queda el tiempo en tiempo pasado y poco más, un bullicio apagado de antaño y el eco lejano de un tren que se acerca y va dejando, sobre el tiempo del hombre, toda la espera del mundo…
**********
Pero se puede saber dónde te has metido, ya estás como la semana pasada, que de nada sirvieron los cinco minutos de tregua que te concedí. No puedo darte más tiempo, entiéndelo, es mi trabajo, tengo una responsabilidad. Lo hice el lunes pasado y lo haré nuevamente hoy si es necesario, que así será al paso que vas, pero no puedo darte esos cinco minutos cada lunes, no debes confiarte porque, tarde o temprano, alguien protestará, la gente no quiere entender nada, y a mí me pedirán explicaciones, y tendré que darlas, y no sé qué excusas inventar. Además, llevo con honra que no sé mentir, siempre se me nota de alguna manera que no tengo modo de remediar, a veces me sudan las manos y necesito sacar mi pañuelo para secarlas, otras veces soy incapaz de mantener la mirada o me da por gesticular con exageración, no sé, el caso es que cada vez que intento mentir uso palabras que, nada más pronunciarlas, parece que se ríen de mí, me ridiculizan, me desnudan. Y tengo una edad, lo tienes que entender, no quiero presentarme en el despacho de mi superior como si fuera un niño llamado a la jefatura de estudios por alguna gamberrada. Por favor, no me hagas pasar por ahí. Mira, acaba de dar un paso más el minutero del reloj, ya son las ocho y once. Cuatro minutos quedan, pero bueno, da igual, ya te he dicho que hoy, por segunda y última vez, te daré cinco minutos de… ¿cómo se dice?...ah, sí, cortesía. Cinco minutos de cortesía, como si te estuviera esperando para una reunión y el maldito tráfico de los lunes provocara tu retraso. ¿Ves? Ni yo mismo sé mentirme, cómo lo voy a hacer con los demás. La intensidad del tráfico que hay en el pueblo da más risa que estrés, no merece ni una estadística mísera, ni un punto humilde de atención. Y, en cualquier caso, yo sé que vienes andando, cargando con esa maleta pequeña en la que imagino que siempre llevarás lo mismo, lo justo para la semana. Por cierto, ¿cuándo regresas?, ¿los viernes por la tarde o los sábados por la mañana? En alguna ocasión he tenido la tentación de darme una vuelta para comprobarlo, pero no guardo buena relación con el compañero que trabaja los fines de semana y ni siquiera tendría el pretexto de acercarme para saludarlo, preguntar por la familia y cosas así. Ya sabes, sea como sea, incapacidad patológica para la mentira o la invención. Mejor así, no quiero levantar sospechas en el pueblo, ya tengo bastante con rondar los cuarenta y aún vivir solo, vete tú a saber qué dirán de mí. ¿Qué dices? ¿Cómo sé que vienes andando? ¿No me has visto nunca en la puerta de la estación? Casi todos los lunes salgo a la puerta de la calle, le digo a Jaime, sí, el chico de la ventanilla, que voy a encender un pitillo y fumar mientras tomo el fresco de la mañana, pero sólo lo hago para verte llegar. Por eso sé que vienes andando, doblas la esquina a las ocho en punto y tardas menos de un minuto en llegar a mi altura. Yo te miro de reojo y cuelgo el pitillo en la comisura de mis labios, intento encontrar un gesto que dé la imagen de que soy un tipo legal, un hombre experimentado, versado en mundología y contratiempos y que, aun así, no tiene encallecido el corazón. No sé, algo que me deje a medias entre Bogart y Cary Grant. Las ocho y doce minutos, maldita sea mi estampa, no sé qué puedo improvisar, me haré el despistado o me pondré a revisar la orden de marcha, ya veré. Luego entras en la cantina y pides un café solo que tomas sin azúcar, me hace gracia verte, algunas mañanas llegas todavía con cara de dormida y, me parece, con algo de mal humor, ¿no te gusta madrugar?, a mí sí, me sienta bien, estoy acostumbrado y lo hago incluso cuando no tengo que trabajar. No, no es que me levante a las cinco de la madrugada en mis días de descanso, como lo tengo que hacer cuando voy a la estación, pero sí que despierto sobre las siete y casi salto de la cama, sin pararme a remolonear bajo el calor que guardan las mantas. No sé, supongo que sería distinto si tú estuvieras a mi lado, entonces no me importaría dejar la cama tarde esperando que tú abrieras los ojos. Pero claro, es que en ese caso, si tú estuvieras conmigo, dejaría de importarme absolutamente todo lo demás. Estaría dispuesto a modificar todos mis hábitos para adaptarlos a los tuyos. Y no creas que esto que te digo es baladí, tengo que reconocer que me he convertido en un hombre algo maniático, excesivamente meticuloso con el orden o la limpieza, por ponerte un ejemplo. Dicen que eso, tarde o temprano, nos pasa a todos los que vivimos solos. A mí no me importa, vivir solo te digo, no me pesa la soledad, me llevo bien con ella, no me dan miedo los fantasmas ni pienso que alguien ha entrado furtivamente de madrugada cuando oigo crujir la madera. ¿Cómo? No, je, je, je, no soy ningún valiente, ay, disculpa que me haya reído, no me lo tomes a mal, es que la valentía no es, por así decirlo, una de mis virtudes. Te diré un secreto, no tengo secretos para ti: me da miedo casi todo lo que se mueve, cualquier ser vivo que exista entre un grillo y el asiento en la consulta de un odontólogo. Por eso me reí cuando me has puesto casi a la altura de un héroe. Si no tengo miedo a estar solo en mi casa sólo es porque también me he acostumbrado a eso. Me he aficionado a la radio y la tengo siempre encendida, apenas si veo la televisión, sólo alguna película y el fútbol, que me gusta mucho porque me aficionó mi padre, que fue jugador de regional. Las ocho y trece. Uno de los primeros recuerdos que tengo de mi infancia es el de ir al fútbol con mi madre y mi hermana a ver jugar a mi padre. No imaginas las patadas que se daban. A mi padre le partieron la tibia y el peroné y ya no pudo jugar más. Nunca llegaron a sellar bien aquellos huesos. Lo pasamos mal, ¿sabes?, a mi padre le dio por beber y, durante dos o tres años, solía llegar a casa que no se tenía en pie. A nosotros nos daba miedo verlo así, ya te digo que nunca fui valiente, tambaleándose y quedándose dormido sobre la mesa sin ni siquiera cenar. Lo teníamos que llevar a la cama entre los tres, no veas cómo pesaba, y luego mi madre, casi llorando, nos decía a mi hermana y a mí que saliéramos de la habitación, que le iba a quitar la ropa. No, por supuesto que nunca nos puso la mano encima, mi padre era un hombre de gran corazón, nada violento, jamás se peleó con nadie. Lo único que pasaba es que había perdido la ilusión, el fútbol era para él media vida, los trabajos que encontraba estaban mal pagados y, además, apenas si le duraban unas semanas. Casi todo lo que ganaba se quedaba en el camino, en la taberna de Antoñito “el legionario”, que también tiene una historia que… bueno, para qué te voy a contar la historia de Antoñito. Ya lo haré en otro momento. El caso es que, un buen día, nos cambió la suerte. A veces deja los dedos señalados, pero ya sabes que Dios aprieta sin llegar a ahogar. El tío Julián, un hermano ferroviario de mi madre, llegó una mañana a casa para hablar con mi padre. Aunque ya era mediodía, mi padre todavía estaba en la cama durmiendo la mala curda que la noche anterior le había dado el vino peleón que ponía el legionario, que ni era legionario ni nunca hizo el servicio militar, pero ésa es otra historia. Mientras mi padre se echaba agua fría de una palangana, mi tío le dijo que Jacinto, el mozo de equipajes de la estación, estaba para jubilarse y que él podría hacer que mi padre, su cuñado, cogiera ese puesto si le interesaba. Pero deja ya la bebida, Mauricio, coño, estás arruinando tu vida, la de mi hermana y la de mis sobrinos, terminó de hablar mi tío mientras apuraba un café que no sé de dónde había sacado mi madre. Las ocho y catorce. ¿Pero se puede saber qué te pasa? Si ya estamos todos los de los lunes: ese señor mayor que siempre viene con el mismo traje y con un maletín, Carmen la pilonga vendiendo sus castañas en el tren, Josefa, que es profesora de Latín en algún pueblo de por aquí que no sé cuál, y ese chico joven, que siempre va despeinado y que no me cae nada bien. No, no me ha pasado nada con él, incluso me parece un chico muy educado, a veces hemos mantenido alguna conversación pequeña sobre el tiempo o sobre los trenes. Es que me parece que te gusta y, claro, como su edad y la tuya son más cercanas que la tuya y la mía, lo veo como la competencia. En fin, no me hagas mucho caso. Aunque tengo fama de reservado, de tímido y poco hablador, estoy todo el día contándome cosas. Es ridículo, lo sé, pero te aseguro que lo necesito para no volverme loco. Como se estaba volviendo mi padre, loco, por la maldita bebida. Pero, fíjate las cosas, aceptó aquel trabajo que le propuso el tío Julián y al poco nos dimos cuenta de que había dejado de beber. Jamás volvió a probar una gota de alcohol. Bueno, te miento, lo hizo el día en que murió. Así, como suena. Una mañana se levantó y le pidió a mi madre que se acercara a la tienda de Marcelo por una botella de vino. Mi madre lo miró extrañada, ya habían quedado muy atrás aquellos años tan duros, pero bajó y la trajo. Mi padre bebió dos vasos: el primero de un solo trago, como si hubiera estado esperando con ansiedad ese momento; el segundo lo tomó pausadamente, mientras charlaba con nosotros con animación. Una hora más tarde murió por causa de un infarto fulminante. Yo no creo en nada de eso de la parapsicología, de verdad, pero mi padre supo que ese día iba a morir, a lo mejor incluso calculó la hora. No sé, prefiero no pensarlo. Mi padre cambió su pasión por el fútbol por la pasión por los trenes. Por el tren, que él siempre lo decía en singular. Nos hablaba del funcionamiento de las máquinas, de cambios de vía, de catenarias, del puesto de mando. Quince años después de que comenzara a trabajar como mozo de equipajes, llegó a ser el Jefe de Estación. Igual que yo. Bueno, yo igual que él. Me llamo Mauricio, Jefe de Estación que ahora, a las ocho y quince, debería levantar su banderín y dar un pitido que pusiera en marcha este tren en el que no estás. Van a protestar, lo sé, la gente es muy impaciente. ¿Estás enferma? ¿Te has mudado a la ciudad para no tener tanto trajín de trenes y viajes? Hay doscientos cuarenta y dos kilómetros de línea ferroviaria entre nuestro pueblo y la ciudad que es tu destino. “Eso que en los medios de transporte también se llamaba destino”, ¿te gusta la frase? Es de un relato de Julio Cortázar. No recuerdo el título, luego lo busco en casa y te lo digo. Paso muchas horas escuchando la radio y, al mismo tiempo, leyendo. Tengo tanta práctica que he conseguido concentrarme en lo uno o en lo otro sin dificultad. A ese chico despeinado que a lo mejor te atrae, también le debe gustar leer. Siempre lleva un libro en la mano. Una vez pude ver que estaba leyendo “Mortal y rosa”, de D. Francisco Umbral. Si no me parece mal chico, ya te digo. ¿A que termino siendo padrino de vuestra boda? Acaba de venir a mi memoria el título de ese cuento de Cortázar: “Manuscrito hallado en un bolsillo”. Sí, leo mucho y cuando más me gusta hacerlo es en la cama, antes de dormir, porque luego me da buenos sueños. A veces sueño que tú y yo viajamos juntos en un tren nocturno, sentados mientras nos adormece el ritmo articulado del tren que siempre imagino cruzando el país como si uniera puntos en un mapa escolar. Eres muy joven, no sé si recuerdas aquellos mapas de plástico con los que estudiábamos: de los montes, de los ríos, de las capitales de provincia. Pues sobre uno de esos mapas circula nuestro tren. Hay otros pasajeros que miran cómo dejas tu cabeza sobre mi hombro y yo, cuando veo que has encontrado una buena postura y te has acomodado, ya no me muevo durante todo el viaje. Nos miran algo indiferentes o algo tristes, no lo sé, el sueño no me da para tanto porque se centra en ti, en las estaciones por las que vamos pasando, donde para el tren como si fuera un animal viejo que necesita descansar. Las ocho y dieciséis, un minuto de retraso. Le acabo de hacer un gesto de espera al maquinista, que mira como interrogándome. Pareces notar que el tren está parado porque siempre te mueves, casi despiertas, pero yo te acaricio el pelo y vuelves a tranquilizarte, a dormir confiada en mis brazos mientras retoma la marcha el tren hacia ese lugar cuyo nombre, cosas de la polisemia, coincide con el que une nuestras vidas en mi sueño: destino. Aunque le costó años claudicar, Antoñito, el de la taberna, al fin reconoció que si las cosas salieron como salieron sólo fue porque su destino no era la legión. Supongo que esa autoconfesión llegó a ser para él como una liberación. Cuando su amigo Servando, amigos desde pequeños, que sí tenía auténtica vocación militar, le dijo que había decidido alistarse al tercio de Melilla, Antoñito no lo dudó ni un solo instante y le dijo “qué cojones, me voy contigo”. Justo una semana antes del día en el cual tenían previsto partir, murió el padre de Antoñito, que se tuvo que quedar en el pueblo como cabeza de familia, a su cargo. No sé a quién se lo pudo contar ni quién se fue de la lengua, pero el caso es que, con el tiempo, se supo en el pueblo que a Antoñito le gustaban los hombres y que, por encima de todos, el hombre que más le gustaba era Servando. Ahí donde lo ves, ese mote de “el legionario” es muy cruel. Pero tú sigue durmiendo, cariño, quédate dentro de mi sueño porque ahí no te llegará la crueldad del mundo. Este tren en el que viajamos tantas noches está, cómo decírtelo, inmunizado. Es un tren puntual y debes reconocer que me ha quedado elegante, un poco Orient Express, ¿no te parece? Duerme, amor mío, yo velaré este sueño tuyo dentro del mío, ya te despertaré cuando lleguemos a ese lugar que en el billete que le he comprado a Jaime, sólo de ida, también se llama destino. ¿Nunca te has preguntado qué enigma vincula los sueños con lo soñado? El lunes pasado, por ejemplo, amaneció con tanta niebla que incluso llegué a pensar que por eso no te había visto, no se distinguía nada a dos metros de distancia y tuve que estar muy concentrado en mi trabajo. Las ocho y diecisiete. Da igual, que esperen, ¿no soy el Jefe de Estación?, pues el tren saldrá cuando yo dé la orden y aquí paz y después gloria. Además, nadie se muere por amor ni por esperar. Aunque Antoñito el legionario, la verdad, bien que estuvo a punto. Lo que no podía pasar por su cabeza, mientras le daba un abrazo de despedida a pie de tren, era que ésa sería la última vez que vería a Servando. A los dos meses de su partida, durante unas maniobras, fue herido de muerte por una bala perdida. Tres días duró su agonía. Cuando se supo en el pueblo, ya había muerto. No había más que hacer que esperar la llegada de su cuerpo para darle sepultura. No somos nadie. ¿No has visto nunca su nombre escrito en el banco que hay justo al lado de la puerta de la cantina? Lo digo porque a veces te sientas allí y me doy cuenta de que te pones a mirar. Mi padre me contó que lo talló Antoñito, que él lo vio y que ésa fue la única vez que no le llamó la atención a alguien por dañar la madera. Pero, por favor, perdóname, cuando no ando por las nubes lo hago por las ramas. Te decía que el lunes pasado amaneció con niebla. Pues bien, esa misma noche soñé que nuestro tren circulaba a través de una niebla muy densa, no sé, parecía que tenía consistencia de vegetal y el tren tenía que transitar con lentitud, embestir a la niebla que, en cada pueblo que parábamos, mientras tú dormías, daba a los tejados y campanarios una envoltura de caramelo, una pátina como placenta que los cobijara del mal o una maraña conformada por otros sueños que abandonaron el calor del lecho en el seno de familias honradas y que, al toparse con el mío, con mi sueño fabricado sólo para que tú seas feliz, huían asustados, quebradizos o frágiles como una hoja seca, tristes como la espera desencantada de una carta que jamás va a llegar. No sé cuál es el enigma que vincula los sueños con lo soñado, eso quedará para los psicólogos o los psiquiatras. Lo que sí sé es que, últimamente, desde hace unos días, tengo miedo a dormir. Todavía no ha sucedido, pero temo que entre por la ventana, sigiloso y furtivo, sin que yo lo haya convocado, el sueño en el cual tú no estarás y yo sí, viajando solo y sin azúcar, como el café que tomas en la cantina de la estación. Las ocho y dieciocho. Quedan dos minutos para dar la orden de salida. Lo que no queda, no me queda, es la esperanza de verte aparecer. Mal asunto si resulta verdad eso de que la esperanza es lo último que se pierde. ¿Lo estoy perdiendo todo? ¿Lo he perdido ya? ¿Tuve algo alguna vez? ¿Se puede perder aquello que nunca se ha tenido? Malditas preguntas, no las puedo evitar, se agolpan en mi cabeza y me impiden ver tu imagen o pensar en ti con tranquilidad. ¿En qué me convierte no tener esperanzas? ¿En un hombre desesperanzado? Quizá me hago mayor, el mes que viene cumpliré cuarenta años y dicen que se pasa por una crisis. Yo pienso que todo eso no son más que tonterías, te lo digo con franqueza, pero el caso es que he notado que algunos verbos, cuando los conjugo, tropiezan. Tengo que tener cuidado con eso, hace unos meses me hice una analítica y me detectaron niveles bajos de calcio. No quiero ni pensar que algún tiempo verbal, en la caída, se rompa la tibia y el peroné, ya he pasado por ahí. ¿Has visto? Ya vuelvo a divagar. Últimamente leo algo de Filosofía y me salen estos pensamientos de andar por casa, como de filosofillo en zapatillas y sin peinar. No es que yo sea la alegría de la huerta, lo reconozco, pero no verte me convierte en un hombre triste y desganado. Cada mañana, antes de salir de casa, tengo que hacer un esfuerzo para afeitarme. Uno de los consejos que me dio padre fue que un Jefe de Estación siempre debe hacerse respetar y que, lo primero de todo, era presentar una imagen aseada. Yo lo llevo a rajatabla, aunque desde hace unos días me cuesta trabajo. Desde que no te veo, hace hoy una semana, justo el principio, en el mejor de los casos, de la segunda. El tren de mis sueños, nuestro tren, está inmunizado contra la crueldad que encala las paredes del mundo, pero se ve que las esperanzas tienen vida propia, son libres e independientes como Ideas platónicas y el cierre hermético del tren no puede impedir que se vayan, que vuelen buscando otros cuerpos y otros corazones. Las ocho y diecinueve minutos exactos. Dentro de sesenta segundos daré la orden de salida y el tren marchará sin ti. La vida, mi vida, se parecerá mucho a eso que transcurre durante toda la semana, hasta que llegue el lunes que viene y, quizá entonces, te vuelva a ver. A lo mejor busco algún pretexto de esos que me salen tan pobres para acercarme y preguntarte qué te ha pasado. Si ves que me seco las manos, que desvío la mirada o gesticulo con exageración, no me hagas mucho caso, son cosas que me pasan cuando intento mentir u ocultar la verdad. ¿Qué verdad? Que me enamoré de ti como un adolescente y parece que no tiene remedio, que me gusta verte aparecer por la estación, que sueño contigo y vamos en un tren que nos lleva a un destino común, que tengo ordenado a Juan Andrés, el chico de la cantina, que cuando te vea aparecer lo deje todo para atenderte, que me gustaría saber tu nombre para tallarlo, junto al de Servando, en el banco de la estación donde tú te sientas a esperar.
Son las ocho y veinte minutos exactos.
**********
Hace años que la estación está cerrada. El tiempo, allí, deambula indeciso entre la bohemia y la puntualidad, tiene un aire nostálgico, como de bolero encontrado de repente en el dial de la radio. Mauricio, de vez en cuando, se da una vuelta por la vieja estación en la que ocupó la Jefatura. No ha olvidado a aquella chica que no volvió a aparecer, ni los lunes ni ningún otro día, y de la que nunca pudo conocer su nombre para escribirlo, a bordo de la creencia en los finales felices por parte de quienes principian en el amor, en el banco que quedaba al lado de la cantina. Han pasado muchos años y ya camina algo encorvado, quizá pesen demasiado el tiempo en tiempo pasado, el bullicio ya apagado de antaño o el eco lejano de un tren que primero se acercaba y, cinco minutos más tarde, se iba alejando dejando sobre el tiempo del hombre, sobre Mauricio y su tiempo, toda la espera del mundo.

domingo, 9 de noviembre de 2008

El hilo conductor



A veces, cuando el día firmaba acta de rendición ante las horas que pasan y se imponía el atardecer como el vuelo de un ave tranquila, cuando los sueños con textura dulce de los ciudadanos honrados comenzaban a huir en hora que parecía concertada, libres del rigor de la ley de la gravedad, para conformar una maraña o nebulosa en torno a las luces más débiles de la ciudad, Raúl movía el dial de la memoria por ver si aparecía de nuevo su voz. Ponía tanto empeño que terminaba encendiendo un café solo y cargado y tomando un cigarrillo, trastocando el orden contaminado de las cosas, del pequeño mundo que lo rodeaba hasta cercarlo y parecer fantasmas de todo lo que no logró ser. O quizá ese orden devenía en otro por su propia cuenta, sin que Raúl, empeñado, ensimismado en su búsqueda, ni siquiera acertara a reaccionar. No lo sabía ni le importaba. Se iba acomodando a lo que tenía como si su cuerpo fuera de plastilina, supongo que cualquier psicólogo recién licenciado diagnosticaría enseguida, con seguridad, que ha desarrollado mecanismos de defensa que le ayudan a ir tirando, pero que de poco servirán. Luego, cuando le dijera a ese psicólogo hipotético y joven que no necesitaba nada más, lo miraría con distancia profesional, intentando que no se le notara el desdén o la conmiseración.
De todas las costumbres que conservaba tras tantos años a su lado, esas costumbres que llegaron a fundirse con el color de su piel y hacían que desayunaran juntos o recortaran fotografías en la sobremesa dulce de los domingos, la que mantenía con fidelidad de adolescente enamorado es la de tener encendida la radio durante todo el día. Recordaba con dolor, como si la movilidad compulsiva de la nostalgia le punzara algún nervio, que la mudanza de Adela fue muy sencilla: llegó la mañana de un martes festivo portando un par de cajas con libros y una maleta con ropa sin planchar, enseres de maquillaje y una radio que compró su padre en mil novecientos setenta, justo el día en el cual ella nació. El mismo día, casi el mismo instante, en el que también murió su madre. Esta radio, le dijo a Raúl, es el único objeto de valor que poseo, cuando está encendida parece que vuelvo a oír a mi padre, pidiéndonos que nos callemos para escuchar el boletín. Quedaban raros, muy raros, todas las noches de los viernes de cada semana, justificando siempre ante sus amigos por qué no tenían televisión. Y sí que la tenían, claro que sí, aunque ni siquiera enchufada. Es absurdo, estáis desfasados, les decían entre bromas y veras. Pero Adela y Raúl se buscaban y encontraban en el subrayado de una mirada cómplice que se superponía al azar deshilachado, o al destino riguroso, que los unió una mañana fría de sábado en un mercado callejero de antigüedades, entre la helada y la niebla que atemperaba los ánimos, interesados ambos en una radio de mil novecientos cuarenta y ocho, según aseguraba la palabra sagrada del gitano que la vendía, que conservaba intacta su carcasa y el alma de voces antiguas e impostadas, un gol perfectamente modulado en las narices de la pérfida Albión, radionovelas dramatizadas con oficio y devoción y un negrito que traía canciones alegres del África tropical.
La radio, le contó Adela a Raúl, era un regalo de mi padre a mi madre, que siempre quiso tener una para escucharla mientras cosía. Cuando supieron que ella estaba embarazada de mí, comenzó a ahorrar a escondidas, sin que mi madre, que notaba la falta de alguna calderilla como un goteo, le dijera nada. Nací yo, mi padre fue enseguida a comprar esta radio y cuando volvió al hospital le dijeron que su esposa había fallecido. No pudieron detener la hemorragia que se produjo tras el parto. Mi padre pensó que se quedaba solo en el mundo, con tres hijos que tenían uno diez años, otro siete y otra dos horas. Y con una radio traída por las calles como si portara un cáliz que Adelita, su mujer, nunca llegaría a ver. Así quedó Jacinto en el mundo, desolado y asolado.
La radio reciente, entonces, se convirtió en un asidero durante noches duras y amargas en las que Jacinto, con una mezcla de cansancio, alegría, orgullo y vergüenza, comprobaba que sus hijos aprendían a escribir sin cometer las faltas de ortografía que él sí tenía, siempre trabajando para que sus hijos pudieran estudiar. Por aquella radio supieron que alguien, o algo, llamado “eta” había asesinado al presidente del gobierno, que Franco había muerto, que teníamos un rey, que los comunistas ya eran legales a pesar de que aquel locutor llamado Alejo García apenas si pudo leer la noticia, que los socialistas ganaban las elecciones, que ya estábamos en Europa. El acto de entrada en la Comunidad Económica Europea ya lo vimos por la televisión. Nos regaló una el tío Pedro, el hermano de mi padre. Su mujer, la tita Carmina, fue nuestra tía Tula particular, se encargó de su casa y de la mía al morir mi madre. Si no hubiera sido por ella, no sé cómo nos habríamos apañado. Cuando el tío Pedro entró con la tele por la puerta mi padre no supo cómo reaccionar. Lo único que hizo fue resignarse, supongo, cogió la radio que teníamos encima de una repisa y se la llevó a su dormitorio. Creo que le contaba a mi madre todas las cosas de los programas antes de dormirse sobre su ausencia en la cama. Sí, y sobre la sombra venerada de su recuerdo, con un frío cortante como el filo de una navaja oxidada que ya nunca se pudo quitar. A veces, cuando levantaba la bruma de la soledad permitiendo que las ondas del verbo en tiempo pasado llegaran con cierta nitidez, Raúl encontraba en el dial de su memoria, de su alma como alambique con serpentín obturado, estas palabras de Adela que le sonaban a bolero dulce o tango desgarrado, según los momentos o la sombra que proyectara su soledad.
Son las nueve de la tarde de un jueves cualquiera. Raúl, mientras prepara la cena, oye de fondo la sintonía de un programa deportivo. Bueno, a lo mejor este año sí que hacemos algo en la Eurocopa, piensa en lo que da la vuelta a una tortilla de patatas y escucha las declaraciones desabridas, casi desganadas, del seleccionador nacional. Tendrá la mesa lista justo para el informativo y la tertulia política. Las próximas elecciones generales, poco a poco, comienzan a calentar el ambientillo. Adela y él no compartían las mismas opiniones, votaban a partidos distintos, irreconciliables, y luego aprovechaban la jornada electoral para tomar una cerveza y un pincho en el bar de Manolo, quien presumía ese día, ante toda la clientela, de su sangre anarquista, de que jamás había caído en el engaño de ir a votar. Cada cuatro años llaman al rebaño, proclamaba Manolo cuando ya tenía encima algún aguardiente de más. Una vez, Raúl cree recordar que fue la tarde de un miércoles, Adela llamó a la radio para contar cómo hacía su marido la tortilla de patatas, tenían el volumen del receptor (así lo llamó la locutora, pidiéndoles que lo bajaran) tan alto que el teléfono se acoplaba, pero aquella receta simple que consistía en haber conseguido la medida exacta de huevo, patata, cebolla y un punto de miga de pan, les hizo ganar, tras sorteo en directo, un fin de semana en un Parador Nacional. A Cáceres, se fueron.
Bueno, esto ya está, te hubiera gustado esta tortilla, Adela, la he perfeccionado. ¿Recuerdas que quedaba algo compacta? Sí, cómo me reí cuando me dijiste eso: compacta. En fin, ya he logrado que quede menos hecha por dentro, como a ti te gustaba. Raúl deja templar la tortilla, va hacia el comedor, abre el cajón del mueble donde guarda los cubiertos. Pone sobre la mesa dos salvamanteles, dos tenedores, un vaso para el agua y una copa para el vino, un cuchillo para cortar y servir. Sube el volumen de la radio, mueve el dial para sintonizar con claridad. Va a la cocina y vuelve con la tortilla y un par de yogures de chocolate. Se sientan a comer, se miran y sonríen. Raúl se vuelve a levantar, se le han olvidado las servilletas. La pequeña ha dejado sobre el sofá una caja con rotuladores y un bloc de dibujo. Dentro de unos días será su cumpleaños, seis añitos ya. Mira a Raúl de reojo mientras comienza a comer su plato favorito: la tortilla de patatas que hace su padre. Tiene los ojos tan azules como Adela, repite sin saberlo los mismos gestos de su madre, a quien sólo conoce por fotografías y algún vídeo tomado en vacaciones, se ríe mucho con uno que grabaron en un sitio que su padre le dice que es una ciudad llamada Cáceres. Le tiene prometido que algún día irán.
Terminan de cenar. La pequeña Adela ha rebañado el yogur de chocolate, que es el sabor que más le gusta, y vuelve al sofá, a sus dibujos, a su mundo colmado de color. Raúl quita la mesa y sale al balcón. Enciende un cigarrillo y procura no pensar, no quiere que sus recuerdos pasen frío en esta noche cerrada que ya se ha extendido por los tejados antiguos y algún campanario aislado de la ciudad. Termina de fumar. Vuelve y se sienta junto a su hija. Los tertulianos debaten a favor y en contra del sistema educativo. Al rato, Adela mira a su padre, Papi, ¿puedo acostarme contigo esta noche? Me gusta dormirme mientras escuchamos la radio.

martes, 4 de noviembre de 2008

Una mañana más






Hoy, esta mañana, mientras hacía la cama, he encontrado restos de tu paso por allí: un sueño confuso, huellas de tus manos abiertas y primitivas acariciando mi pecho y mi erección, el aliento del vino que tomamos, algunas palabras sueltas que no he podido hilar, la intensidad con la que te duele el alma y la lógica de tus razonamientos, tu mirada tan perdida como la mía dentro de la tuya, tu lenguaje sencillo o entrecortado, el cuidado que has puesto para irte sin despertarme, uno de tus gestos enredado entre las sábanas, promesas líquidas y derramadas, juegos de otoño y gripes compartidas, el recuerdo alicatado de viajes, ciudades y horarios, una broma que nos hizo reír y varias palabras, recuperadas de la mar de los diccionarios, que nos hicieron amar.
No soy el mismo desde que te has ido. Nada es lo mismo. Hay más sitio en los armarios, en el frigorífico, todo se ha vuelto más grande. Y, bueno, también hay más espacio dentro de mí, tanto que he llegado a perderme sin darme cuenta, despistado mientras hacía algo que debía ser buscarte. No lo sé. Voy perdiendo memoria conforme intento conservarla. Aquiles nunca cogió a la tortuga por más que pasaron siglos heridos y tempestades bíblicas, civilizaciones cultas o bélicas, inventos reconfortantes y costumbres a las que nos hemos ido acomodando. No pasa nada, nunca pasa nada si somos capaces de olvidarnos del cine y sus historias de amor.
Estoy aquí, siempre he estado en el mismo lugar. El movimiento me marea y las alturas me dan vértigo. Mamo de las ubres de mi soledad como un animal lo hace de las de su madre: por instinto, para sobrevivir, porque me gusta su sabor. Y escribo, siempre escribo. Tú sabes que no sé hacer otra cosa. Ni siquiera lo intento. A veces es un enemigo enconado el maldito papel blanco, pero otras veces, la mayoría, es un colega que necesito tener cerca. Acercarlo y cercarlo, si me permites este juego de palabras simplón. También me he olvidado de jugar. Pero estoy aquí, en el mismo lugar, de eso estoy seguro porque miro a mi alrededor y veo la silueta de tu sombra, percibo tu olor en la almohada y sigo tomando las mismas copas con el mismo fantasma al que ahora, por cierto, le ha dado por el zapeo.
Yo estoy aquí, en el mismo lugar donde esta mañana, al hacer la cama, he encontrado restos de tu paso por allí. Dime, por favor, dónde estás tú para poder enviártelo todo.


Me llega este premio de manos de http://detodounpoco-sevillana.blogspot.com. El premio es "I love your blog" para darlo a seis blogueros y una serie de normas.

1. Enlazar a la persona que te lo otorga.

2. Enumerar seis cosas que nos hacen felices:

- Mi hijo.

- Lola.

- La radio.

- La literatura.

- Escribir.

- Una copa de vino.

3. Hacer constar las reglas.

4. Elegir seis personas que continúen con el desafío.

Los galardonados son...

http://daenyel.blogspot.com

http://elmisteriodelaspalabras.blogspot.com

http://lagataroma.blogspot.com

http://lluevencroquetas.wordpress.com

http://juan-duque.blogspot.com

http://metaforaparadise.blogspot.com

5. Avisarlos con un comentario en su blog. (disculpas si no os gusta esto, sólo es un juego).

jueves, 23 de octubre de 2008

Las preposiciones malditas



A cien metros de un barrio residencial, ante los ojos de Dios, bajo un sol pobre a punto de caducar, cabe el cementerio donde habitan sus antepasados, con la piel morena de quienes vivieron ocultos, contra la mirada de quienes volvemos la cara, de familias imposibles, desde cualquier país del mundo, en el extrarradio de la ciudad astuta, entre ratas negras que aprendieron hebreo, hacia la nada miserable y rota, hasta que los siglos concluyan, para vergüenza de quienes nos preocupamos por el diseño y la modernidad, por los rincones clandestinos del edén, según van desaguando las aguas fecales de los barrios altos, sin que tengan respuestas ni puedan preguntar, so pretexto de mezquindades inmobiliarias, sobre una tierra árida que han rodeado las vías de alta velocidad, tras constatar que subrayan la palabra “progreso”.
Allí, en el arrabal de chabolas tristes y cansadas, vive José, gitano viejo, sabio y patriarca. Cada mañana se levanta a la seis en punto, enciende un cigarro en la cama, se viste con cuidado de no despertar a su mujer, Angustias. Abrigo grueso de paño desgastado, mascota color gris desconsolado, bastón recio, madera de olivo antiguo, botas para poder caminar durante siete leguas, siete vidas, siete lunas, siete promesas cumplidas que hizo a la medalla de su Virgen del Rosario. Coge la garrafa vacía y se dirige hacia la fuente que hay en la entrada del cementerio. Antes de llenarla con el agua de la que bebe el ciprés, donde se diluye el alma, cumple con el ritual de visitar el lecho sagrado de sus padres y de un hijo que se le murió hace tres años. Con la heroína vino también el SIDA, dijeron los médicos. ¿Quién se atreve a defender que la muerte nos mide por igual?, contestó el gitano herido.
Regresa después con la garrafa llena de agua fría y limpia. Entra en el poblado, con sus ojos verdes otea la amanecida. En su casa de uralita y cartón le espera su nieto Juan Diego, como el padre que murió. Todos los días, el niño de ojos verdes y alegres se lava la cara con el agua de la fuente. Después, su abuelo lo acompaña al colegio.

lunes, 20 de octubre de 2008

Un secador

Hacer una entrada a un secador es, de entrada, algo raro. Lo sé. Pero hay una explicación: el secador es para mi hijo un objeto preciado. ¿Por qué? No tengo ni idea. Intento entender a mi hijo en todo, pero el ser humano es complejo, aunque tenga tan pocos centímetros. Ni siquiera puedo recurrir, por ejemplo, a la existencia de algún familiar con peluquería que estuviera dando al niño esa vocación.
El secador es lo primero que pide nada más abrir los ojos y despertar. No lo pronuncia bien. Bueno, no al menos como nosotros lo hacemos. Tiene dos variantes, "er dó" o "ardró", que usa indistintamente. Y ya no se conforma con que le demos uno: exige tener cerca los tres que hay en casa. Es más: un día tuve la feliz idea de enseñarle fotografías de secadores sacadas de Google y, desde entonces, el ratito sobre la mesa viendo esas fotos comienza a formar parte de nuestras costumbres más asentadas.
Supongo que este objeto está siendo su primer modo de acercarse al mundo e intentar dominarlo. Debe ser demasiado grande este puñetero mundo para quien ni siquiera llega con la nariz al borde de la mesa. El secador forma parte del conjunto que maneja y abarca. A ese conjunto también pertenecen el auricular de un teléfono, dos trapos de limpiar el polvo, un CD de Epi y Blas (que mi niño pide como "piblá"), la crema que le damos en el culito y un bote pequeño de colonia Nenuco. Con todo eso va tirando, va creciendo siendo un niño feliz.
¿Son pocas cosas? Pues tampoco sé. ¿Cuántas cosas de las que hay en cada uno de nuestros conjuntos de personas mayores son necesarias e imprescindibles? Mejor no pensarlo mucho, que a lo mejor nos salen los colores.
Quienes tenemos hijos sabemos que todo aquello que les rodea es tan sencillo como extraordinario y apasionante. Tan apasionante como promete ser, desde luego, ver cómo aumenta el conjunto de objetos que necesita el niño para continuar creciendo. Os lo digo con franqueza: no tengo nada mejor que hacer que sentarme a su lado y esperar resultados. Si tengo suerte y estoy atento, terminaré por hacer mío su mundo, entrando en él para comprobar, desde allí, cómo saben los besos que le daremos a mamá y que le gusta ver cómo lo quiere su padre.


jueves, 16 de octubre de 2008

Estar solo, estar con Lola



Reconozco que siempre me pasa lo mismo: cuando no tengo nada que decir, o nada de lo que escribir, acudo a Lola. Aquí estamos, un pelín tirados en el sofá de un hotel. No recuerdo si descansábamos tras venir de algún lado o si hacíamos tiempo antes de ir para otro. Sólo sé, sólo me importa, que me gusta tenerla cerca. Ya he escrito en otra entrada que no sólo vivimos juntos, también trabajamos juntos: veinticuatro horas juntitos durante algunos años ya, siete creo. Me da igual, no son más que datos estadísticos.
¿Hay algo que no sepamos el uno del otro? Supongo que sí, valiente aburrimiento si no hay lugar para la sorpresa. ¿Hay algo que nos ocultemos? Pues espero que también: que Lola se confunda con mi piel al igual que yo con lo suya no significa que nos hemos fundido como metales en aleación. Hay lugares propios a los que no puede llegar, tal vez ni siquiera deba hacerlo, nadie, ni siquiera la persona que, con suerte y así lo pido a los dioses, nos acompañará hasta el final.
Yo, por ejemplo, no comparto con Lola mi soledad. Eso sería, para empezar, una contradictio in terminis. Pero sería también, para continuar, un engaño por mi parte: no puedo, no quiero, renunciar a la pasión que tengo por estar solo. Soy, antes que nada, un tipo solitario. Lo fui literalmente (quién sabe si también literariamente, como un personaje de mí mismo que yo mismo hubiera creado) durante muchos años y jamás me pesó. Debe ser duro estar solo sin querer estarlo. Yo no lo sé, nunca me pasó eso. Yo estuve solo porque busqué y encontré la soledad. A ella le debo casi todo lo que soy, lo que doy y lo que recibo. Gracias a la soledad puedo leer, escribir, escuchar la radio...acciones todas ellas imprescindibles en mi vida.
Llevo toda la mañana solo. Lola ha salido temprano. Ya está cubierta mi dosis diaria de soledad. Ya la echo de menos.