domingo, 13 de noviembre de 2011

Hace frío...



Mi nombre es Juan Manuel, pero poco me importa. O poco debe importar cómo me llamo. Si apenas importa tantas veces aquello que elegimos, nada ha de hacerlo lo que es una imposición...aunque haya sido con cariño de padres primerizos y emocionados. Tengo más de cuarenta años y una vista excelente, los bolsillos casi vacíos y la cabeza llena de pájaros. Cada mañana, sin excepción y a primera hora, me siento sólo con la intención de escribir. Hay días en los que sé dónde quiero llegar con las palabras que escribo, pero en otras ocasiones, acaso mayoría, no tengo ni la menor idea.
Me dejo llevar, como es el caso en esta entrada.
Es así que el lenguaje le va dando forma al escrito, lo va modulando como si fuera de barro, juega ajeno a mi conciencia, vuela con libertad y sin tener en cuenta las condiciones climatológicas. Yo soy, entonces, alguien que deja de tener un nombre, quien cierra los ojos y se pone a teclear (escribo sobre un teclado, hace mucho que abandoné el buen hacer y la ayuda del papel), quien piensa en una mujer que lo quiere y en un vino que lo espera, el que me habita sin que yo lo pueda solucionar (imagino que otro verbo sería más apropiado, pero eso sólo es una irrupción de mi yo en este paréntesis. Algo que no tiene mayor relevancia. El lenguaje ha elegido el verbo “solucionar” y mi mano se abre para que no suponga frontera), el que se divierte mientras lo zarandean sus olvidos y sus recuerdos, quien escucha una música que logra emocionarlo y se deja ir donde las palabras habitan, donde los sueños se recrean, donde se diluye el lento devenir de las cosas, allá donde encuentre una botella de ron desnuda e impaciente, un revoloteo enloquecido de mariposas en el estómago y deseos urgentes que merecen ser atendidos ahora y no después.
El lenguaje es un inquilino al que no demando mensualidad, un cuerpo dispuesto a la penetración, entregado, ardiente, madoroso, inquieto, petulante por momentos, tímido cuando lo requiere la ocasión. Yo lo miro cara a cara, nos conocemos más o menos bien, nos guardamos fidelidad de amantes hieráticos o simplemente equivocados, nos esperamos en esquinas acartonadas o en descampados al paso apenas dobla la medianoche...esa hora en la que los besos son inolvidables, las manos nunca quedas y a los ojos les resulta imposible mentir. Y no mienten. Dicen una verdad y son capaces de mantenerla para siempre. Sí, para siempre...qué pasa, dicen los ojos.
Nunca me ha vuelto la espalda, al lenguaje me refiero. Bueno, sí: lo hace para desvestirse mientras yo lo contemplo. Es, entonces, un lenguaje cercano y transparente, embellecido por una luz a medias, estremecedor y altivo, canalla y navegable, envalentonado frente al desconcierto que lo rodea o mi osadía de principiante tan taimado como torpe, tan ido como enredado.
El lenguaje se emborracha a mi lado y me cuenta historias de amores antiguos y nuevos, secretos no admitidos por la confesión, confidencias enredadas entre mis cuerdas vocales, misterios calmados, axiomas pendejos, intrigas descoordinadas o poemas que jamás suponen una amenaza.
Yo me emborracho a su ritmo y procuro distraerlo con risas o curiosidades, pero no me lo pone fácil porque tiende más al trasiego que a la relajación. Es fuerte y no tardo demasiado en pactar una rendición que me permita trasegar con él en cantidades indecentes o indecorosas, seguramente perjudiciales para la salud del cuerpo que nos soporta a ambos. Lo cual, dicho quede, es algo que no pensamos o no nos importa.
Vivo al día y lo hago en una nube. Pero tampoco importa eso. Que cada uno viva donde desee o pueda. Vivo entre adjetivos que conforman un decorado ora amable, ora engreído. Vivo sin saber qué decir, qué hacer dentro de diez minutos...cuando todo sea un futuro en el que no vivo.

A nadie espero nervioso...y a quién le importa todo esto.


9 comentarios:

Lola dijo...

Como desearía tener tan buen aliado como lo tienes tú. Con él haces que lo más triste sea lo más alegre, que lo más pequeño sea lo más grande y lo más importante ........haces que yo sea la mujer más Feliz del mundo.

Lola

El Naranjito dijo...

Juanma: a mí me importa.
Sigue escribiendo. Un saludo.

Cita dijo...

Juanma... no te has dejado llevar y lo sabes...
Besos
Cita

Leticia dijo...

Conmigo juega siempre. Y suele ganar. Gracias a Dios no me dedico a esto. Otros lo hacen por mi. Más y mejor.
Besos, para todos.

maile dijo...

... y recemos para que las palabras no se escondan eternamente...

Menalcas dijo...

Algunas veces vivo
y otras veces
la vida se me va con lo que escribo;
algunas veces busco un adjetivo
inspirado y posesivo
que te arañe el corazón;

Después de leerte me vino esa estrofa de Sabina a la cabeza, lo mismo no viene a cuento. Pero como tu dices a quien le importa.
Un abrazo

Susana Peiró dijo...

-¿A quién le importa todo esto?- pregunta el autor. Y a mí se me ocurre responderle ¿Qué tan importante es el “quién”?

La letra escrita y publicada sigue su propio camino, ya no nos pertenece. Buscará al destinatario de sus símbolos y cuando lo encuentre, nos enteraremos o no, pero se hará la magia en algún lugar.

Importante es que el autor siga escribiendo y en buena relación con el Lenguaje, ambos sirven al mismo amo.

Mi beso y apretado Abrazo Querido Juan Manuel!

María Socorro Luis dijo...

Solo sé que es una gozada leerte; que me pasaría horas enredada en tu prosa, pura poesía y magia...

Un enorme abrazo que enlace a los cuatro.

(avisa cuando se pueda comprar tu novela, por fa)

América dijo...

Importa amigo importa.... Ahí esta y seguirá su rumbo.
Un abrazo.