jueves, 27 de enero de 2011

Y así va pasando...



La primera vez que se enamoró era tan joven que a los poemas que escribía en cuadernos de papel cuadriculado se le caían los versos como si fueran dientes de leche, se le enredaban los dedos al contar sus sílabas y era incapaz de entender la arquitectura entramada que conlleva la composición de un soneto. De aquel amor casi párvulo conserva un dibujo que perfila a una niña con trenzas y una amistad entrañable con el Ratoncito Pérez.

Pasaron los años como salpicaduras de pecas y se enamoró de una chica a la que escribía poemas en cuartillas con acné, versos que evitaban la rima libre al igual que él evitaba mirarla con tal de no salir herido, con tal de que aquel amor nunca manifestado mantuviera su textura de duende escondido, de buhardilla secreta, de héroe en sueños abatido por el anonimato o la clandestinidad. De aquel amor adolescente y hormonal conserva una lista de palabras turgentes y un aprendizaje diestro del placer en soledad.

Nada comparable al placer compartido que conoció más tarde, cuando el uso de la razón era descartado por innecesario y conoció a una mujer a la que escribía poemas en servilletas de papel, tras tocar los cielos con la yema de los dedos, mejorar la flexibilidad de su cuerpo y obviar el sonido de la lluvia que a lo mejor caía tras la ventana cerrada de la habitación de un hostal. De aquel amor rebelde y desatado conserva agujetas en los párpados y arañazos que aún no sabe si algún día cicatrizarán.

Pero llegó el día y con el día vino ella, un amor asentado, pleno, sensual, imprescindible, duradero. A ella le escribió poemas en folios comprados un lunes cualquiera cuyos versos iban llenando el tiempo a su lado, sabían a zumo de naranja y siempre se mostraron indecisos a la hora de concluir en rima libre o en caricia deslizada. De aquel amor último conserva besos como certidumbres de una huella adherida a su piel y lágrimas cayentes entre las flores que han crecido sobre la tierra que lo guarda.

Hoy, ajeno a la vida que deviene a su alrededor, se sienta en un banco de la alameda, busca el sol con los mismos ojos que antaño buscaron palabras, lee libros de poetas enamorados, trata con su soledad como si fuera la última pieza de un rompecabezas, bebe un par de copas de vino al mediodía y un vaso de leche antes de dormir, sueña con la última mujer que amó y despierta muy temprano, desayuna, sale a la calle, a su banco en la alameda con un libro bajo el brazo, se sienta, da los buenos días al sol y piensa en el comienzo de un poema dedicado a la primera paloma que, cada mañana, se acerca a comer las migas de pan que esparce a su alrededor, ajeno a la vida que continúa su irrelevante devenir.

6 comentarios:

Menalcas dijo...

y que quedó de todos los tiempos? una vida hecha de jirones agridulces, o de destrozos de pedazos del alma. Y los recuerdos y los olvidos necesarios para hoy sentir el sol en el banco de la alameda.

Cita dijo...

Y lo que mas creció queda por dentro o por fuera?
No fueron años en soledad pues los versos le fueron haciendo compañia. Paradoja para quienes escriben puesto que es en la mas obsoluta soledad donde mas bellos versos nacen.

Besos

Cita

Nieves LM dijo...

Me ha encantado esta biografía de amores y versos.

Leticia dijo...

Un gusto tenerte de vuelta.

dijo...

Precioso relato. Lástima que no podeamos ponerle voz en antena... Aún.

Un beso ;)

dijo...

Podamos, sorry...