
Esta entrada está dedicada a mi querida Susana, autora del blog http://lacuevadesusana.blogspot.com, una cita imprescindible para mí desde no hace mucho tiempo y ya para siempre. Y bueno, dueña de una voz...en fin...cómo decirlo...a ver, a ver...pues no sé...DUEÑA DE UNA VOZ.
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“De acuerdo, Victor Laszlo se quedó con Ilsa, pero el único que la besó en los labios fue Rick”. Así resumía Mondrian “Casablanca” mientras Anne preparaba un café, encendía un pitillo y tarareaba “As time goes by”. La tarde caía con suavidad y lentitud, perfecta, condescendiente, tranquila como un animal que rumia y perfilada como un boceto sin emborronar. Era la décima vez que veían la película en dos semanas porque Anne preparaba su tesis sobre ella y necesitaba un hilo del que tirar. Su profesor le había dicho que arriesgaba eligiendo “Casablanca”: el trabajo debía aportar algún elemento original y sobre esa película dudaba que no estuviera todo escrito y dicho. Pero Anne, como Ilsa, quería entrar por la puerta de atrás, aparecer entre sombras, sorprender al indómito y tierno Rick, engañarlo, apuntarle al corazón antes de besarlo, llegar a un final del que dicen nadie supo hasta la misma mañana en la cual se dispusieron a rodar.
Con el café humeante sobre la mesa, como un amor cargado y amargo que tantas veces es imprescindible para sobrevivir, Mondrian fumaba sin percatarse de que lo hacía con el pitillo a medio colgar en la comisura de los labios, a lo Bogart con su pasado arañado mientras un negro fascinante y leal acompañaba con la canción que Anne acaba de poner en su equipo de música. “…The fundamental things apply…”, las cosas fundamentales se juntan iba a repetir Mondrian antes de levantar la mirada del cenicero cuadriculado, funcional y estético a un tiempo, callarse y comprobar que la mirada de Anne, fija en las baldosas del mundo, habría triunfado en Hollywood.
Hace ocho años que la conoce, coincidieron en la Universidad, siendo compañeros desde el primer curso, y Mondrian, aunque abandonó los estudios antes de concluir el tercer año para trabajar en un negocio familiar, siempre tuvo tiempo para continuar a su lado, ayudándola, mostrándose fiel como un perro enamorado y anhelando que un silencio cómplice o clandestino se instaurara entre los dos, un silencio bondadoso, un silencio que fuera refugio, cobijo, que los transformara en niños que juegan y se esconden, un círculo que dejara fuera las palabras que hacían de ella una chica universitaria de expediente brillante y futuro prometedor y de él un dependiente triste de una ferretería secular.
El amor, esa cosa tan propia del cine. De los silencios que nunca llegan a tiempo de salvarnos.
Ahora está con ella para intentar sacar punta a una película demasiado afilada, cuyo guión saben de memoria los cinéfilos. Tiene un blanco y negro que coincide con el de la vida, piensa Mondrian mientras Anne lo mira como lo hiciera a un pájaro encerrado, a un sueño con depresión, a un tipo que parece vencido. No le hace falta empuñar un revólver para apuntarle al corazón. Duda si le hace falta besarlo, si acaso lo necesita, si tienen vida los besos que nunca se dan, si esta tarde dibujada tras las ventanas no es más que un decorado y ellos una reencarnación. Anne sonríe al comprobar que iba vestida de azul, tal vez el mundo se esté derrumbando y ella no lo aprovecha para enamorarse.
Mondrian no tiene ni la más mínima idea de lo que hizo anoche, nunca hace planes por anticipado y se ha acostumbrado a vivir sin pedir explicaciones. La quiere y sabe que no la tendrá. La quiere y siempre estará a su lado. La quiere y sólo respira porque ella vive. La quiere y la busca en el interior de la décima copa, en el fondo de la noche, en los tejados alquilados por los gatos, tras los pasos de una sombra alevosa. La quiere sin demandas, sin planos cortos ni escenas entre la niebla. La quiere y la saborea como si fuera de almíbar, como si creyera en la resurrección, como si pudiera escribir algo que fuera cercano a una segunda oportunidad. La quiere, la desea como tierra firme tras el naufragio y los compañeros ahogados. La quiere tal y como imagina que la quiere. La quiere como si fuera un verso inolvidable y certero, una paradoja que habita en la pizarra, una fotografía en la cubeta, una Idea tan inalcanzable que hubiera gustado a Platón, un recodo inhabitado, una cita a la que no podrá llegar con puntualidad. La quiere y sabe que no se consuela con algo original: siempre le quedará el beso que le dio en uno de sus sueños. Ahora que ni sabe ni quiere soñar…