domingo, 31 de marzo de 2019

#UnahistoriadeEspaña


NO&DO

Aquel día, Sevilla amaneció distante y nublada, fría o incrédula, incómoda al tener que demostrar una vez más, en esta ocasión de un modo tan forzado, que estaba a la altura de su fama, esa ciudad cálida, alegre, optimista. 
 
La batalla era inevitable: día D, hora H.

Y era, además, la batalla final de aquella guerra.

Victoria y honor.

Derrota y humillación.

Un puñado de sevillanos aguerridos, unos cuantos miles en verdad, estaban llamados a filas. Acudirían desabridos porque había llovido en los días anteriores y la lluvia, en Sevilla, no es una maravilla. Es falso eso. La ciudad dicotómica necesita la lluvia, pero no la quiere, la toma como un mal necesario. Aquellos valientes no las tenían todas consigo, pero...la última batalla era inevitable, marcada en el calendario con meses de anticipación, si bien nadie sospechó entonces, cuando la guerra comenzaba, que aquella batalla, la última, la del día D y la hora H, iba a adquirir textura de gesta.

La Navidad, cercana, extendía por el centro de la ciudad las luces distribuidas por la autoridad municipal; el día siguiente al de la última batalla, daba igual el resultado de la contienda, se celebraría el Sorteo Extraordinario de la Lotería porque hay tradiciones que no se rompen ni siquiera tras meses de lucha. Si todo salía mal, siempre quedaría la posibilidad de un premio, una pedrea, un pellizco que ayudara a sobrellevar el desastre, la desilusión, quizá el choteo en los titulares de la prensa o en las páginas reservadas de la Historia.

El mediodía bullía en los bares, en las oficinas y en los conventos. La hora quedaba cerca y todos hablaban de lo mismo, preparaban proclamas, lemas, consignas, pinturas con tintes bélicos, estrategias de avance o recursos para una defensa eficaz si deviniera en necesaria. Algunos se lo tomaron muy en serio y otros no evitaban un chiste que limara el miedo, las familias se preparaban para asistir, los soldados rezaban, la televisión emitiría en directo haciendo uso de eso que llaman “un despliegue nunca antes visto”. La tarde avanzaba sin remisión y el frío, acentuado, era relegado al olvido como si fuera un mal recuerdo, una sensación irrelevante, otro mal menor como la lluvia sobre las callejuelas de la ciudad.

No comenzó bien. Era difícil, muy difícil, todos lo sabían, pero lo fue aún más cuando el ejército contrario quiso demostrar que no había aterrizado en la ciudad para pasar unos días de vacaciones. En caso de producirse, iban a vender cara la derrota. Treinta mil personas fueron testigos. Treinta mil veintidós, si se trata de rondar la precisión. El campo de batalla era amplio, espacio abierto, terreno a un paso de estar embarrado. Cuando decidieron tomar un descanso, el ejército español era un solar, un campo sembrado por la desesperanza, un queremos pero parece que no podremos.

Luego, tras la arenga, los nuestros se lanzaron a tumba abierta, abandonaron las trincheras, desafiaron voraces y contundentes, avanzaron poco a poco, conquistaron, tomaron y afianzaron posiciones, fueron obteniendo logros que desanimaron al adversario, lo hicieron replegarse, lo empequeñecieron.

Apenas quedaba tiempo cuando, con aquel gallo en la garganta, José Ángel de la Casa se desgañitó celebrando el gol de Juan Señor. Bonello, el portero maltés, se arrodillaba como implorando un receso, un pacto retroactivo, algo que le hubiera permitido parar aquella volea desde fuera del área.

Concluyó la batalla.

Fin de la guerra.

Victoria y honor.

A las nueve de la mañana del día siguiente, treinta mil sevillanos valientes que acudieron al estadio Benito Villamarín despertarían ilusionados para contrastar su suerte con el azar del tradicional Sorteo Extraordinario de Navidad.