viernes, 5 de octubre de 2018

#otoño

Entelequia

Como nunca han sido, nunca morirán.
(Francisco Umbral, Mortal y rosa)

Evocar vientos que escandan tu olor mientras duermes,
pensar días libres de la matemática perenne o aburrida,
recrear la orografía de tu cuerpo lábil que me ha ungido
con suavidad de hoja nueva cayendo leve sobre el otoño,
con la tristeza calma del bosque resignado bajo la lluvia.
Amontonar nombres que maltraté en mimbres trenzados,
pedir perdón, mitigar la culpa cercada, la amargura abierta
que me dan la soledad, el resentimiento, los viejos tiempos
extendidos en mi memoria fría como campos abandonados.
Descorchar vinos marcados que suman años y oscuridades,
beber sujetando el alma, ocultando el temblor de mis manos
al renegar de la entrega fiel o los modos amables en la mesa,
de los vicios noctívagos que las recorrieron y las mermaron,
de otras manos anegando las mías como si ríos desbordados.
Detener el tránsito de los verbos que no fueron conjugados
y vienen ahora, como espíritus desolados o vestigios pobres,
por rincones o silencios, por mi cama desecha y al alba vacía,
entre sílabas amontonadas incapaces de conformar la palabra,
a recordarme lo que no fui, mis descartes y renuncios dentro
del juego artero, perdido una vez quedó descubierta la trampa.
Al no ser, no tuvieron la oportunidad de morir los infinitivos.