sábado, 28 de julio de 2018

#pasionesdeverano

Aquel verano

Ni siquiera tantas mañanas de luz alba, de sol aún dormido
como luz tenue sobre bodegón tardío, sala triste de museo,
han podido dañar la imagen fijada de tu cuerpo desnudo y
cayente, con vetas líquidas que anticipaban heridas futuras,
en río naciente que nos salió al paso que habíamos perdido.
Aparece el cuerpo moteado por algunas risas y varios fríos,
con pátina suave de mador resbaladizo, textura quizá crujiente,
luego la revelación elemental y química, oscura y paciente
como la espera tras una oración o los huecos que la memoria
resignada, cariacontecida, unas veces notarial y otras dolosa,
ha dejado para almacenar con orden las pruebas que documentan
tu presencia en mi vida, en mis manos siendo ave no anillada,
en los mis ojos dormida como duermen las lenguas romances:
calmada la semántica en los poemas viejos que compartimos,
anquilosada la sintaxis aprendida para articular nuestras palabras.
Avanza el desierto sobre la mesa en la que tengo tu fotografía,
espejismos o versos se enredan como serpientes entre mis dedos
que reptan para tocarte y menguan sedientos, cobardes, huraños,
si notan tu cercanía varada que procede del verbo en tiempo pasado,
de un verano cálido usado para trasegar cabe la palabra arrinconada.
Al mirarte emergen recuerdos que padecen sobrepeso de carcoma:
tu piel dividida en hemisferios calmos a los que tantas veces emigré,
días y juegos, años y gripes, risas y silencios, duelos y quebrantos,
esperas, miedos y citas, duermevelas, caricias y resurrecciones… 
todo grabado en mi retina como daguerrotipia descolorada.
Muerta.
Muerte.

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