miércoles, 31 de agosto de 2011

Ejem, ejem....


No, si no quiero nada. Sólo decirles que estaré unos días por aquí...por si me necesitan para algo ahora que todos vuelven a sus trabajos.

Un beso muy fuerte para todos y, sobre todo, muy muy...jum!, cómo decirlo...ah, sí...muy crujiente.

martes, 23 de agosto de 2011

El Tato y Juan "el Manteca"



Ya sé, querido Tato, que te diste cuenta enseguida, nada más ver cómo crucé el umbral de la taberna con narcosis en mis piernas y el gesto tan abatido como el de un adolescente que acaba de leer el contenido hierático y devastador de su primera carta de desamor. Lo sé porque, al llegar a tientas y por inercia a la barra, me lanzaste una mirada a medias entre el sigilo y la misericordia, te acercaste con una copa de lo primero que te vino a la mano y, tras comprobar que no era el líquido desatascador, me la diste diciéndome con timbre de confesionario....parece mentira, Manteca, cómo has podido enamorarte de nuevo si prometiste no hacerlo desde que aquella mujer te dejó un enigma en los bolsillos y el sabor perenne en los labios de su sudor tenue y salado, de su piel libre, desnuda y sin remisión.

Yo intenté responder poniendo algo de orden entre las pocas letras del alfabeto que aún me soportan, pero traía en la lengua restos de chatarra que me impidieron hablar. Cuando tomé el primer trago supe que necesitaba más un reciclado que una terapia. Me había sentado en uno de los taburetes ahumados que sobreviven en tu taberna tras el paso de tantos sueños descarnados por ella y sólo podía pensar en su marcha sin equipaje ni palabras, en su adiós sin fisuras ni nostalgia y en mi aspecto destartalado o erial. En silencio te agradecí, querido amigo, que al fin decidieras quitar hace un par de meses el único espejo que había en la taberna sólo porque entraban tipos infelices que no se reflejaban en él y se marchaban sin pagar. Si me hubiera asomado al precipicio fúnebre de aquel espejo que goteaba taima y azogue, habría roto a llorar como lo que soy: un niño aprendiz o un hombre incapaz.

Y no, Tato mío, colega de noches lucífugas, trampas deslavazadas y confidencias con grietas, eso no. Llorar no. No permitas que eso me suceda nunca en tu taberna. Dame de beber hasta que pierda lo últimos hilos de mi razón superviviente bajo candilejas, háblame de los viejos tiempos o cuéntame qué proyectos vas dibujando con tiza para que la taberna no pierda el humo que la ennoblece y los desconchones que atrapan su luz. Inventa lo que quieras, lo primero que se te ocurra, lo que pase por el alambique de tu cerebro en primer lugar, pero no me dejes llorar en público, querido amigo. Hay mujeres que no me lo perdonarían o que me confundirían con ese otro que también soy y que siempre llevo oculto.

Llorar no.

Aquella mañana, nada más despertar, supe que ella no volvería porque el silencio me cercaba como un necrófago y el sol había pasado de largo al ver mi balcón abierto de par en par. Me había dejado un beso en caída libre hacia la almohada y el alma llena de pena. Hace muchos años, tantos como lunas cercenadas corren por mis venas, que no estaba así, querido Tato...con el alma llena de pena.

Y no sé, amigo mío, si tanto tiempo enrocado será para mal o para peor. ¿Se pierde práctica o se gana en tranquilidad? Malditas incógnitas, son como puñales esquinados en la garganta. Dame una copa de algo que me haga un agujero en el estómago, me ahogo, necesito que circule aire por mi interior.

Pero no pasará nada, ¿verdad, colega? Sabemos de sobra qué es estar en una trinchera y asomar la cabeza. Por eso la tenemos tan perdida como las balas que a veces nos zumbaron en los oídos y nos rozaron el corazón. No nos ha ido mal. Incluso en los peores momentos hemos hecho justamente lo que no debíamos hacer. Así que todo lo voy viendo con mayor claridad...

Cada noche rezaré por lo prohibido y dejaré entonces que la vida vaya tejiendo su labor. Volveré a la taberna y me intubaré vinos que continúen el proceso febril de mi desfloración. No sé si he olvidado quién soy o que nunca he sido. Si es lo primero, le veo difícil solución. Si fuera lo segundo, me tranquilizaría en el acto y tiraría mi documento de identidad por el alcantarillado municipal. Nada y todo merece la pena. Me pegaré a la espalda de la noche. Practicaré la conjugación de verbos irregulares al caminar y continuaré amaneciendo en tu taberna mientras jugamos a los dados y nos reímos del azar y olvido quién soy y recuerdo al que nunca fui y sumo y resto y canto bajito y tú buscas el compás y hablamos de la vida y nos tomamos otra copa y vuelven los dados a chocar y todo continúa y todo permanece y...

viernes, 19 de agosto de 2011

En ropa interior...


Si es que es mu apañao...lo mismo es útil para sostenerme sobre la vida que voy llevando que para ofrecer una solución, ya veremos si más o menos duradera, a un contratiempo doméstico como la rotura imprevista de una persiana.

Besitos para todos.

miércoles, 10 de agosto de 2011

lunes, 8 de agosto de 2011

La magia de las manzanas



Me dices que cuando lees un texto que te gusta llegas a pensar que es pura magia, que su autor merece tu consideración porque te admira lo que debe haber en el interior de su cabeza para lograr la redacción de ese texto que tanto te ha gustado. Añades luego, mientras calla y escucha quien habla contigo, que si cualquier detalle o despiste provoca que veas el truco utilizado, la magia se rompe, se cae: “si le digo al autor que me ha impresionado su texto, que me ha parecido mágico, y me responde casi con indiferencia o hastío algo así como ah, pues se me ocurrió mientras pelaba una manzana, sólo eso...entonces dejan de gustarme tanto el escrito como su responsable”.

Baraja las cartas. Hazlo tú, yo no las voy a tocar. Mira, llevo un polo de color rosa y mangas cortas. Nada puedo, por tanto, guardar en ellas. ¿Ya has barajado? Escoge una carta, recuérdala y vuelve a introducirla en el montón. Yo no miraré. ¿Ya? Baraja de nuevo. Pon las cartas bocabajo sobre el tapete de la mesa. Piensa en tu carta, no la olvides jamás. Eso es nuclear: la magia pertenece más al recuerdo que al olvido. Haz un corte por donde quieras. Descarta uno de los montones, nos quedaremos sólo con el elegido. Acércate. La magia es más difícil si no estás cerca, si no me quedas a mano. Elije un número del uno al cinco. ¿El cinco? Bien, del montón que nos hemos quedado coge cinco cartas al azar. Ve poniéndolas de izquierda a derecha, bocabajo sobre el tapete. Sigues recordando tu carta, ¿verdad? No la olvides, sólo necesito eso. ¿Crees que la tuya estará entre estas cinco? No me respondas, tu respuesta no modificará el resultado. Si lo crees, todo será más sencillo. Si no lo crees, tendré que concentrarme o redoblar esfuerzos. Pero no variará el resultado: tu carta está ahí, sólo queda señalarla. ¿Estamos en la parte más complicada? No, créeme que no. Lo más difícil fue el principio: barajar. Pon las palmas de tus manos sobre las mías. Sí, así. Déjalas unos segundos, no las muevas. Bien, eres una ayudante de mago perfecta. Ahora me toca hacer a mí. Ya te dije que no tocaría las cartas en ningún momento. No me pierdas ojo. Voy a situar mi mano izquierda, la nuestra, a unos milímetros de cada carta. ¿Ves? No las toco. Sólo necesito unos momentos....otros momentos...levanta la carta número cuatro contando de izquierda a derecha. ¿Es tu carta? ¿Sí?

Ya sabes: nunca olvides que esa es tu carta. Puede que algún día sea la nuestra. Pero sobre todo es la tuya.

Hace años que no pelo una manzana. Como poca fruta. Si pienso en cuál es mi fruta preferida viene a mi mente el melocotón. Pero también hace años que no pelo un melocotón. No tengo muy claro si la fruta y la magia se relacionan íntimamente. La claridad de ideas no aparece entre las numerosas virtudes que me caracterizan. Hace muchos años, para una revista local (local de mi pueblo), escribí artículos bajo el título genérico de “El olvido de la virtud”. El olvido, no recuerdo por qué, siempre ha estado presente entre mis palabras: escogía cinco al azar tras haber barajado y descartado a las demás y luego alguien me obligaba a quedarme sólo con una. Y era el olvido. Descubrí entonces que sería escritor o no sería nada. Luego, mientras las piezas de fruta se aburrían en el frutero, quise también ser mago. Fue un buen modo de luchar contra ese olvido que actuaba como un roto en mis bolsillos. Así, con el tiempo, perfeccionando el juego y creyendo en la ilusión, fueron llegando a mi vida los recuerdos. La magia y los recuerdos miraron cara a cara a mis olvidos. Ahora nos sentamos los cuatro a contarnos viejas anécdotas. Tiene su punto ver cómo el olvido se pone a recordar y cómo no consiguen llegar los recuerdos allí donde el olvido se enroca. La magia media entre ambos. A veces acierta y otras veces no. Yo, mientras tanto, apuro un trago de ron sin hielo ni circunstancias e imagino que soy un barman diestro preparando un daiquiri de fresa. Siempre andando e imaginando entre gerundios y otras drogas. Cosas mías.

La noche avanza y ambos estamos, distanciados, dentro de ella. Yo miro por mi ventana abierta de par en par y rezo para que sople un viento que se lleve con él mis delirios. Te imagino sobre la cintura de la noche e intento hacer eso que me gusta tan poco como la fruta: dormir. A veces lo consigo y otras veces no. Como la magia, tan inestable como garantizada. Contradicciones o paradojas. No lo tengo del todo claro. Al concluir la noche la veo como la peladura de una manzana. Procuro no engañarte y lo voy consiguiendo a pesar de los miedos, las bobadas, las torpezas y todo eso. Odio el paso del tiempo. Dentro de nada, al concluir esta semana cuyo comienzo ha sido hoy inevitable, cada noche será una manzana no mordida. Yo seguiré por aquí, viendo cómo tus manos cruzan por mi ventana y circundan la cintura afilada de la noche.

Nada grave va a suceder. Mi principal enemigo continúa rumiando su derrota y a ti te bastará con no olvidar una carta. ¿Cómo?...¿que te diga como la averigüé?...ah, no, no, no...se rompería la magia.

Y no me compensa ponerme ahora a pelar manzanas.

domingo, 7 de agosto de 2011

Este blog soy yo...



Nunca tuve del todo claro aquello de que quien bien te quiere te hace llorar. Nunca hasta ahora, claro. Y no, no es que haya alguien por ahí que, queriéndome bien, se empeñe en ver de qué color son mis lágrimas. No voy por ese lado.
Quien bien me quiere, quien mejor y más lo hace, soy yo. Y sí, me empeño en hacerme llorar para comprobar de qué color son mis lágrimas. Luego, cuando reacciono o mientras procuro reaccionar, me voy dando cuenta de que para nada, o poco, sirve esa reacción. Bueno, sí, para algo sí: para pasar malos tragos, los del vino tabernario que tomo siempre en soledad.
Hay cosas que no cambian.
He bebido, mucho, en soledad. Me da miedo pensar en otras épocas. No sé hasta dónde llegué a llegar. No sé hasta qué punto tuve que preocuparme y no lo hice. Tenía siempre abierto el minibar y cerrado el corazón. Hoy permanece de par en par el minibar. Y el corazón no puede estar más abierto, no da más de sí.
¿Qué es este blog? Este blog soy yo. Mis manos van por delante para no dejarme mentir y para evitar la proclamación abierta de verdades descaradas, pero este blog soy yo. Siempre ha sido así. Desde su primera entrada. De alguna manera extraña, sin que lo parezca en tantas ocasiones, yo soy siempre yo.
Mi cabeza es, a un tiempo, aliada y enemiga. Cuando opta por la primera opción soy un tipo encantador, irresistible. Cuando el camino es la segunda opción no hay quien se acerque a mí. Entre otras razones porque soy yo quien se aleja. Prefiero que así sea porque de esa manera, aunque pudiera parecer lo contrario, el daño es menor.
Llevo cuarenta y un años intentando domeñar al enemigo que llevo dentro. Ya he dicho que he bebido mucho en soledad, pero necesita un matiz esa declaración: bebía con él, conmigo, con mi enemigo astuto e imparable. Y el caso es que siempre termina venciendo, el muy cabrón. Me conoce tanto que sabe perfectamente dónde me quedo sin defensas.
Pero hasta aquí hemos llegado. Ayer mismo, sin ir más lejos, mi enemigo sufrió su primera derrota. Desde ahora confío en estar lo suficientemente armado como para que siempre sea así. Terminaré por aburrirlo porque tampoco quiero zaherirlo. Soy buena gente. Él hace daño. Yo no.
Viejos amigos, en nuevos reencuentros, me hablan de mí. Y el caso es que los escucho pensando que lo hacen de otro, que es imposible que yo fuera aquel que todos afirman que fui. Tú siempre has tenido mucho peligro, Juanma, me dicen unos. Cómo puedes no acordarte de aquella noche, me dicen otros. Pero vamos a ver...si tú has sido un buen prenda, dicen los que quedan. Voy escuchando mientras mi memoria toma tranquila el sol.
Este texto, que tan poca literatura contiene y tanta verdad acumula, me va saliendo en cinco minutos. Cinco minutos más es la canción elegida para acompañarlo. Tengo razones para ello. Pero mis manos, tan adelantadas ellas, evitan que proclame abiertamente verdades descaradas.
No, nada quiero que finalice.
Esa debería ser, y será, la frase final: no, nada quiero que finalice. Así que escribo el final principiando por su final. Lo que hay antes queda más o menos así: si mi corazón continúa tan abierto como lo está hoy, ahora mismo, esta mañana....si mi enemigo rumia su derrota...si sólo quiero dejar de estar en un rincón neutral...si las risas compartidas y los gestos cómplices son protagonistas...si me miran como alguien me mira...si miro igual...si no me equivoco...si pudiera matar por cinco minutos más...no, nada quiero que finalice.