miércoles, 26 de agosto de 2009

Hallelujah



Acabo de presentarme a cuatro concursos literarios, de poesía y relato corto. Son muchos ya en mi vida, pero nunca demasiados. No me gusta esa palabra: “demasiado”. Ahora sólo cabe esperar el fallo del jurado. Que, por supuesto, siempre falla y nunca me concede el premio que sin duda merecen mis letras articuladas de tal forma que conforman un relato o un poema.
Me gusta el ritual, la preparación del sobre con la obra, con la plica, la búsqueda de un lema, escribir mi pseudónimo. Me gusta llegar a la oficina de correos, certificar el sobre y advertir al estafetero que el remite debe ir en blanco porque envío mis sueños a un concurso literario donde el anonimato es base. Me ha atendido siempre un señor que, desde que le dije en una ocasión “certificado, urgente y a ser posible también bendecido”, dibujaba en el aire una cruz ante el sobre tras sellarlo. Ayer supe que se ha jubilado. Me atendió una chica joven, funcionaria reciente o interina que se abre paso, que me deseó suerte. Si fuera por los funcionarios de correos de mi pueblo, ya tenía el Nóbel.
Ahora espero. Siempre estoy atento, cercanas las fechas del dictamen del jurado, al teléfono, al correo electrónico, a señales de humo, a palomas mensajeras…y es que no sé cómo avisan, cómo llega la que sería felicísima noticia. Luego, cuando todo pasa y nada gano, continúa el ritual. En una carpeta de mi ordenador tengo todos los certámenes a los que me he ido presentando, tras el nombre del certamen y el título de la obra que presenté, tengo que añadir: lamento escribir que no hubo suerte.
¿Nada gano? Esto no es del todo cierto. Una vez quedé finalista en un concurso de relatos cortos, lo cual supuso la publicación del mismo. En casa tengo el libro. Mi primera y única historia publicada. La calidad de los relatos es tan lamentable que no he vuelto a presentarme a ese certamen. Sin embargo, cuando recibí una carta comunicándome eso, que había sido finalista, estuve bailando en mi casa, solo, unas dos horas.
¿Nada gano? Bueno, eso no es del todo cierto. Yo creo que tener ilusión es siempre una victoria. Y las decepciones, después de tantas (de decepciones literarias hablo), duelen ya poco. Comenzar a escribir algo y llegar a terminarlo es otra victoria. Escribo porque no podría no hacerlo. Lo hago desde siempre. Estoy convencido de que lo llevo en mis genes, aunque no haya crecido en un ambiente literario, aunque en mi casa los primeros libros que entraron fueron los que yo compraba, aunque a mis padres les cueste sudores y faltas de ortografía escribir una frase simple de sujeto, núcleo y predicado (faltas de ortografías, por cierto, llenas de esfuerzo y ternura. No como las que aparecen actualmente en institutos o universidades, tan grotescas y zafias). Mi madre me dice: “ay, Juan, se te va a caer el piso con tantos libros”. Y el caso es que yo creo que lo piensa de verdad. Mi madre es maravillosa.
A lo mejor algún día abren ustedes este blog y se encuentran con una entrada en la que diré que he ganado un concurso literario. De ser así, han de saber que la música que acompaña a estas palabras estará sonando en mi biblioteca a toda voz. Han de saber que estaré llorando de pura felicidad. Escribo para ser leído, no entiendo cosa distinta. No guardo nada en un cajón. Lo doy, lo enseño, quiero que mis amigos me lean. Algún día, cada vez más cercano, concluiré mi novela. La releo, releo lo que llevo, y a veces me gusta. Otras no tanto. Supongo que esas dudas son habituales. No la daré por finalizada hasta que no pase un examen estricto por parte de quien es mi mayor crítico, alguien capaz de darme “caña” a base de bien, que puede llegar a ser despiadado y que nunca está conforme del todo: yo mismo. Debido a mi horario laboral, suelo irme a la cama sobre las dos de la noche. Da igual: a las siete de la mañana suena mi despertador. Me levanto sólo porque quiero escribir. Porque tengo que hacerlo.
A lo mejor, algún día, abren mi blog y se encuentran con la noticia de que he ganado un certamen literario.

A lo mejor esta entrada es una premonición.

Han de saber, si llega el caso, que ya le habré dado a Lola un beso no apto para menores.

domingo, 23 de agosto de 2009

A mi madre...




Esta entrada está dedicada a una persona con la que tengo una deuda impagable: a mi madre, que me dio la vida, en primer lugar, y luego facilitó las cosas para que fuera viviendo.
Uso una copla de la comparsa gaditana “El Vapor”, una de las agrupaciones que más me gustan, si no la que más, de todas las que conozco del Carnaval de Cádiz. La “traduzco” más abajo porque el sonido no es el ideal y porque entiendo que muchos amigos que por aquí entran no tendrán el oído familiarizado con estos cantes.
El motivo de esta dedicatoria nada tiene que ver con que yo sea un hombre “madrero”. No me gustan esos tipos. Suelen buscar una mujer y una boda sólo para que sigan ejerciendo de la madre que han dejado al salir de casa. Suelen comparar a la esposa con la madre y, en esa comparación, la esposa sale perdiendo. Así que, lo dicho, no me gusta nada un tío madrero. Podría llegar a odiarlos si supiera qué cosa es el odio. No comparo entre mi mujer y mi madre, qué manía esa de comparar, siempre tenemos que estar en pie de guerra, siempre liados con alguna elección. Yo, por fortuna, tengo otros entretenimientos. Mi madre me dio una vida que Lola ha llenado de contenido. Y punto.
Cuando le dije a mi madre que acababa de comenzar una relación con Lola, su respuesta fue: “Mira, Juan, aunque no tenemos mucha confianza, yo sé que muchas mujeres te han hecho daño y a mí me ha dolido mucho. Pero si ahora eres tú quien le hace daño a Lola, me va a doler mucho más”. Había captado, la puñetera, que en aquella relación que principiaba, Lola tenía mucho que perder porque, por entonces, ella estaba más enamorada de mí que yo de ella. Había captado que Lola era la mujer de mi vida y temía que yo, siempre tan volátil, pudiera meter la pata.
Dedico esta canción a mi madre porque ha pasado por una mala racha, pequeña depresión (siempre es pequeña para quien no la padece, ¿verdad?), de la que por fortuna está saliendo. ¿Acaso pensabas, querida mamá, que íbamos a dejar que no tuvieras ganas de reír?

Estas cosas son las que se cuentan a los amigos, ¿no?

Canción:

Antes de hacer las maletas,
quiero decirte chichilla,
que la mitad de los besos
y más de cuatro “te quieros”
hoy te los doy en coplillas.
Antes que llegue ese día,
que algún día llegará,
guárdate en un rinconcito
dos cositas de este niño
que creció sin avisar.
Cuántas noches desvelá,
que si los primeros dientes,
el temor a la oscuridad,
te me has vuelto viejecita
en menos de un carnaval,
las vueltas que da la vida:
yo pa’lante y tú pa’tras.
Qué más quisiera, reina mía,
que decirle al que está arriba
que no te lleve, que no te lleve nunca,
ay, pa estar conmigo.
Chiquilla qué más quisiera,
que el tiempo retrocediera
pa que me vieras en la cunita dormido.
Antes que no pueda verte,
deja que bese tu frente,
tus manos de biberones.
Qué más quieres que te diga:
venga que hay que estudiar,
tu padre te va a reñir
”,
jarta de trabajar
y yo haciéndote sufrir.
Maíta dónde estás, cuéntame un cuento,
que he soñao que te vas, ay, que te vas,
ay, que te vas… y tengo miedo.

lunes, 17 de agosto de 2009

Porme un tinto, Tato, a ver si me entra sed...



Esta historia tabernaria está dedicada a mi amigo bloguero Er Tato, dueño de una taberna llamada http://latabernadeltato.blogspot.com/, donde me tratan muy bien...

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¿Recuerdas, querido Tato, que usaba un perfume agridulce, tan rancio y caducado que hasta su piel de diosa vencida lo repelía? Sí, claro, perdóname amigo, ¿cómo no lo vas a recordar? Una vez penetra en la pituitaria es difícil olvidar el olor de la santidad. Ponme otro vino, Tato, antes de que entre en tu taberna la Santa Compaña. No me gustan esos tipos, demasiado vivos y felices para mi gusto. Deberías inaugurar el derecho de admisión.
No me vaciles, amigo, no me ofrezcas aquel “Gran Reserva” que te regaló tu suegro cuando decidiste dejar a su hija. Valiente cabrón, tu suegro, era capaz de mudar la piel sólo para demostrar que sus tatuajes y principios legionarios permanecían inmutables. A mí me das el vino de siempre, que me ayuda a doblar las esquinas sin atajar por la carretera. ¿Sabes, colega?, mi madre me daba biberones de vino quinado que ella misma se encargaba de apurar…será por eso que todos aquellos que la vieron en el ataúd reconocieron mi cara inmediatamente. Ya sé que dejaré en el mundo un bonito cadáver. Es más, ya sé también que nadie me llorará. Ni siquiera yo.
¿Por qué recuerdo ahora aquel perfume? Bueno, no tanto así, recuerdo en verdad a su propietaria. Y no disimules, amigo, que no queda bien esa mueca silbante en tu cara cuarteada, yo fui testigo de que tu mirada resbalaba por la barra hasta llegar al origen de sus pechos suavemente caídos hacia arriba. Tu mirada era un sueño con discapacidad cuando quedaba cerca de aquella diosa, única luz que ha entrado en tu taberna después de tantos años. Fue un placer ayudarte a cortar la maldita soga que te anclaba a la ley de la gravedad. Newton fue un cabrón que nos hizo pisar tierra y para eso están los amigos. No tenía por qué haberle dado tanta importancia a algo tan aburrido como comerse una manzana. En fin, qué se puede esperar de un inglés. Ambos, la manzana y él, están podridos.
Cuéntame de nuevo, por favor, cómo sabía aquel veneno de su piel…¿De verdad te duchabas con el líquido desatascador para intentar oler como ella? Sólo un loco con garantía de un año (¿cuánto hace que cumplió?) como tú, querido amigo, sería capaz de hacer algo así. ¿Es verdad que sus besos eran como arañazos? ¿Que acariciaba como si llevara puestos guantes de boxear? La segunda vez que reí en mi vida fue cuando me dijiste que follaba como un oso hambriento. ¿La primera? Cuando el médico le dijo a mi madre que acababa de parir un hijo normal, que no se preocupara porque me hubiera dado por morderle la vagina con tal de abrirme paso. “La edad pule el carácter, señora, ya lo verá”, le dijo a mi madre, que se conformó porque no entendía qué significaba eso de “señora”.
¿Ya has dejado de preguntarte por qué se marchó, sin más? Haces bien, Tato de mi alma, hay preguntas que no son sino un buril doméstico, una tortura que gotea sin piedad ni remisión. ¿Aún conservas aquella carta en blanco que te dejó porque fue la despedida más amable que se le ocurrió? Cuánto trabajo, cuántos vinos envenenados, nos costó poner en orden aquellas palabras que no estaban. Total, para nada, aquel mensaje escrito en ebrio era indescifrable. ¿Sabes, amigo? Debo confesarte que hay ocasiones en las que sois vosotros dos la imaginación que forjo como hierro oxidado para conseguir una masturbación perfecta. Y no me mires así, el único consejo válido que me has dado en la vida es que sacara el canalla que tengo dentro. Así que pon un par de vinos negros, que hoy vengo acompañado.

A veces, querido Tato, te veo llorar. Y yo sé que es porque aún ves la sombra de aquella diosa, marginal y orillada, sentada en un taburete y apoyada sobre la barra como un ángel desmotivado, pidiéndote algo que se pareciera lo menos posible al agua. Y lloran tus ojos macerados, querido amigo, porque no logran acostumbrarse a la única luz que ha entrado en este maldito antro donde tengo por costumbre pararme a beber.

Y es que no logro recordar dónde vivo.

sábado, 15 de agosto de 2009

Manuel Molina en estado puro...



Viví en el corazón del barrio de Triana, calle Pelay Correa para más señas, durante casi tres años. Inolvidables. Parte de lo que soy, nació allí. Vivía solo y, en los tres años, tuve una mudanza: del piso primero al bajo de la misma casa.

En una ocasión, comprando en un ultramarinos, escuché una voz a mi espalda mientras me atendían: "¡¡compadre!!, usted tarda un rato en cerrar todavía, ¿no?, es que voy a recoger a mi chiquilla al colegio, para pasarme luego..." Me volví para curiosiear a quién pertenecía aquella voz familiar. Era Manuel Molina. No le dije nada, que no me gusta molestar. Guardo aquel recuerdo como si hubiera sido una aparición.

Y nada más. Estoy escribiendo una historia tabernaria que dedicaré a mi colega bloguero "Er Tato" y que no termina de salir ni de gustarme. Pero bueno, aunque queda un pelín presuntuoso, he de decir que aún está por nacer el texto que se me resista.

Tenía ganas de saludaros, sólo eso. Ya vendrán otras historias, tabernaria la próxima...en ello estoy.

martes, 11 de agosto de 2009

La lluvia.




Llueve y estoy solo.

Ha llovido sobre los tiempos del verbo.

Llovió en el espacio que hay entre tu ausencia

y mi mirada abriéndose para buscarte.

Lloverá al amanecer, cuando levante la niebla

que ya no te envolverá como papel de caramelo.

Va a llover. Lo noto si me detengo a descansar

en el cruce que une a las tres partes de mi alma.

Porque estoy cansado. Para vivir necesito el agua

derramada que cae, honda y acentuada,

por tu cuerpo blanco, por tus manos ramificadas

que me tocan al despertar, cuando un sueño tozudo

se empeña en tus primeras palabras a mi lado,

rastrea las huellas que dejó el color de tu piel

y se diluye junto al cauce laminado de los ríos.

Lluvia cruel y necesaria para limpiar las calles

empedradas por las que estuvimos paseando,

en lo que salgo de la cama, tarde en vestirme,

el tiempo suficiente para ver que ya no estás.

Lluvia y tiempo. Días sentado frente al calendario

que señala la llegada puntual de cada otoño.

Supongo que eso borrará tu olor de mujer sabia,

la densidad de tu cansancio al escucharme,

lo que queda de tu presencia llenándolo todo,

rescoldo gris y ceniza sobre aquello que no te di.

viernes, 7 de agosto de 2009

Amigos.




Soy quien ha reunido palabras amables, traídas de rincones hasta ahora vírgenes de mi memoria, con la intención de llenar tus silencios, ocupar el espacio en el que vives y acompañarte en la soledad en la que te gusta estar. Soy, sencillamente, quien sale a la calle para verte pasar, para ver cómo madura tu cuerpo mientras la vida sólo es eso que transcurre a tu alrededor: un ruido de bocinas, una algarabía de niños hacia los colegios, obreros que fuman o algún escaparate triste de mercerías antiguas supervivientes entre los comercios nuevos de la ciudad. Salgo a la calle cuando pasas pretextando alguna excusa para que, al darte los buenos días, no notes que busco el final de tu mirada sobre las cosas del mundo, sobre los hilos sueltos de los sueños que hayas tenido, sobre los malos momentos, los recuerdos de tu infancia y el futuro del que siempre prefieres no hablar. Soy quien te tiene como razón suficiente de su existencia, quien justifica cada uno de sus pasos en el mundo porque todos buscan la cercanía de tus manos, el estudio de tus gestos, en los que imagino la pereza con la cual te levantas de la cama, el primer vistazo, ora ingrato, ora conciliador, al espejo madrugador del cuarto de baño, la mañana que despierta y tú que sales a la calle ignorando que soy yo quien te ve pasar, quien se siente ridículo con estos vuelcos del alma más propio de adolescentes que acordes con mi edad. Sí, soy yo.
Quien piensa en ti y desea tocarte, que tu cuerpo desnudo y blanco ilumine la oscuridad de mi habitación, que te arropes bajo mis mantas y quieras también mis caricias, los besos pequeños y redondos con los que mis labios frágiles reciben tu piel sobre la mía, tu entrega en lo que vamos renegando, hasta el olvido, de toda la educación que hayamos recibido, en lo que vamos haciendo de la renuncia la estrategia principal donde sustentar nuestro poder. Soy quien quiere ser, si me permites el juego. Y soy, por cierto, quien quiere jugar contigo, que el juego nos oculte o nos separe para buscarnos, encontrarnos, reír mientras nos tocamos y reconocemos, en lo que perdemos la consciencia del tiempo que, consensuado, impersonal, continúa su paso inmaculado y seguro por los calendarios colgados. Jugar y dar la espalda a quienes hacen trampa marcando naipes o trucando dados, a los rostros pálidos y taimados que no mantienen sus manos sobre la mesa, a quienes identifican perder con morir ignorando que, tanto la pérdida como la muerte, no son sino sustantivos que llegan tras conjugar mal un par de verbos.
Jugar como niños que inventan las reglas sobre la marcha y conjugar verbos como si los estuviéramos aprendiendo. Quizá sólo necesitemos eso. De hecho, no sé si puedo ofrecerte algo más. Bueno, sí, algo más sí que hay: puedo ser quien se siente a tu lado y te escuche, quien anude los minutos que vayan pasando para evitar que se transformen en horas muertas y desocupadas, quien tenga sueños inocentes e inútiles para, tras haber sido héroe que te ha conquistado, contártelos en la mañana reciente, entre las sábanas que amanecen como selva explorada, en el desayuno compartido y la ducha que tiene que ser rápida, que se hace tarde para ir a trabajar. Y, así, ir tejiendo la vida alejándonos de Penélope, que ya sé que no es un ejemplo de mujer que te guste, que aún recuerdo cómo me reí cuando me dijiste que perdió la oportunidad de tener varios amantes y disfrutar, o un novio en condiciones, no como ese Ulises empeñado en pasar a la Historia, más preocupado por los caprichos omnipotentes de los dioses que por las locuras que, como líneas secantes, tocan cualquier historia de amor. Valiente imbécil.
¿Y más? ¿Puedo darte más? No lo sé, no sé con seguridad si el amor es ofrecer lo que uno es o saber, y querer, recoger lo que a uno le dan. De lo poco, quizá lo único, de lo que presumo con orgullo en la vida es de no tener conocimiento seguro alguno sobre cualquier materia o disciplina. Me va bien con mis dudas y mis cambios de opinión, soy hombre de principios lo suficientemente asentados como para que no me cueste mucho sudor moverlos llegado el momento. Me parecen muy aburridos esos tipos de principios incrustados en basamentos, que construyen su vida sobre pilares a prueba de bombas y contratiempos. Yo soy maleable sin pudor, pongo mucho empeño en no hacer caso a quienes me aconsejan que asiente la cabeza, que ya no tengo edad para beber o saltar, para irme de farra con esos amigos, buenos y desencantados, con los que navego en el oleaje inquietante y seductor de la madrugada. Pero ellos me hablan bien de ti, quieren que nos acompañes, ¿cómo los voy a abandonar? Si piensas ahora que esta falta de seguridad puede afectar al amor que te declaro, he de decirte que tienes razón. No vengo a prometerte amor eterno, digamos que no es mi estilo, no me gusta mentir. Sé que te quiero desde hace muchos años y que te quiero hoy, pero si tengo que hablar de mañana, del futuro venidero, me vuelvo socrático y, entonces, sólo sé dos cosas: que no sé nada y que, junto a la sangre que corre por mis venas, también lo hace el deseo y la esperanza de llegar hasta el final con tu mano sobre mi pecho.
Soy, finalmente, quien aún no sabes quién soy, que hasta ahora no te lo dije a pesar de todo lo que hemos compartido, de nuestra vieja amistad y de todo aquello en lo que nos tocó estar juntos. Por qué hoy y no mañana o ayer es una cuestión que no sabría responder o que, a decir verdad, no me importa. Lo cierto es que cogí papel y lápiz y comencé a escribir en lo que llegaba la hora de ir a tu casa, que ya sé que habíamos quedado para ir al cine, que todo esto te coge de sorpresa. Ya, ya lo sé. Evita, por favor, esas zonas muertas del idioma porque vengo de ellas, las conozco tan bien como la profundidad de tus ojos, como tu olor de mujer sabia, como si no te quedaran secretos que me pudieras desvelar, como si te hubiera mirado para dibujar cada uno de tus movimientos.
En cualquier caso, si me pides una respuesta, sólo puedo decirte que hoy soy quien tuvo el valor de escribir esta carta y no romperla como en otras ocasiones, guardarla en el bolsillo de su chaqueta, subir al coche y llegar hasta tu casa, llamar a la puerta y pasar al salón en lo que terminas de peinarte. Soy quien te la da al mismo tiempo que coges el bolso diciendo que vamos un poco tarde, quien saca fuerzas de donde no sabe si las tiene para permanecer de pie ante ti sin mover un solo músculo, esperando impaciente, como si tuviera que sostener todo el peso del mundo cayendo en aplomo sobre su alma, que levantes la cara después de leer el final y descubrir, al fin, que soy quien está enamorado de ti.

domingo, 2 de agosto de 2009

Esos cambios de siempre...



Esta canción soberbia forma parte, como ninguna otra, de mis recuerdos y olvidos. Al alimón. Inauguro con ella una nueva imagen de mi blog, protagonizada por la claridad del color. Espero que os guste.

Esta canción soberbia está clavada en mi alma. Y no sé si no puedo o no quiero arrancarla. El caso es que ya desistí de cualquier intento, de todo planteamiento. Hay que aprender a convivir con los fantasmas. Al fin y al cabo, suena muy bien éste.

Esta canción soberbia fue, a la postre, un clavo al que me agarré fuertemente. Y me dejó señales que, por fortuna, han cicatrizado correctamente. Ahora la escucho con una nostalgia que se presenta dándome su lado más dulce. No fue así en el pasado. Pero ya da igual. Hay que aprender a convivir con los fantasmas. Al mío lo enseñé a beber vino. Nos va bien así.

Esta canción soberbia ya no me hace llorar. No fue así en el pasado. ¿Da igual? Ahora, cuando la escucho, sólo tengo ganas de ducharme. Dejo de escribir. Necesito agua que corra por mi piel. Todo en orden. Creo que soy el que siempre he sido…a pesar de los cambios. La vida me sonríe y yo, que soy un tipo agradecido, la cuido cada mañana, le devuelvo la mejor de mis sonrisas y, de ese modo, vamos conformando la vida y yo un telar donde duermo con tranquilidad.

Bienvenidos a su casa…