viernes, 26 de junio de 2009

Joan Manuel Serrat.




La primera vez que vi en directo a Joan Manuel Serrat era tan joven, yo, que mis padres sólo me dejaron ir cuando supieron que iba acompañado por otro matrimonio, los padres de mi amigo y hermano Juan Fran (el único tío con el que hablo de mujeres en plan vaya culo de esta y vaya tetas de la otra. Crecimos juntos y ya se sabe que las hormonas en ebullición unen para siempre. Con nadie más, bajo ninguna circunstancia –léase, por ejemplo, circunstancia etílica- me pongo en ese plan tan soez. No, gracias).

Ver a Serrat salir al escenario fue para mí ver a un dios. Aún conservo el recuerdo de aquella visión (comenzó cantando “Cada loco con su tema”) y aún conservo, por fortuna, la misma emoción de entonces cuando lo veo en un escenario. Lo he visto en multitud de ocasiones y lo seguiré viendo cada vez que me quede cerca. Aquel primer concierto al que asistí fue histórico (cada uno tiene su concierto histórico, ¿verdad?): tras dos horas y la despedida, volvió a salir seis veces más, seis, cantando dos temas en cada una de ellas. Casi tres horas duró aquello. Hubo gente que ya salía del recinto y que, al final, se agolpó en la calle y en la puerta para seguir escuchando.

Serrat es imprescindible en mi vida. Soy de gustos musicales tan amplios como antigüitos, no me hablen de casi nada que haya pasado en la música una vez concluyeron los años ochenta. Pero Joan Manuel Serrat (colombroño de un servidor, como no podía ser de otro modo), queda siempre por encima de todos. Primero, Serrat; luego, una lista larga y muy variada, donde conviven perfectamente Leño o Mecano.

Conocí la música de Serrat por mediación de mi querida amiga Adela, quien llora como una magdalena cada vez que lo ve. Con deciros que mi hija también se llama Adela, queda dicho todo lo que siento por ella. Hemos pasado cientos de horas cantando y hablando sólo de Serrat. Adela, a quien fallé una vez porque la vida fue una puta y un servidor no estuvo a la altura. Adela, a quien quiero y me quiere. Nos une un cariño indestructible. Para ti, mi querida Adela, van estas palabras.

¿Qué canción me gusta más de Serrat? “Mediterráneo” es, obviamente, la mejor. No sólo de él, sino también de la historia de la música en España. Empero, hay otras. Y me conmueven tanto o más que “Mediterráneo”. Por ejemplo, ésta que os traigo recuperada de youtube. Serrat, cantando en catalán, me emociona profundamente. Tiene obras maestras en ese idioma. En aquel concierto primero al que asistí cantó, en catalán, “Pare”, traduciéndola previamente. Al concluir la canción, sonaron algunos pitos. Dijo entonces Joan Manuel: “aquellos que silban no es porque no entiendan el catalán, es porque no entienden absolutamente nada”. Aplauso atronador.

Aquí os dejo “Helena”, son cinco minutos maravillosos. Me apasiona a partir del minuto 2:34. Hay tantas cosas en la vida que me apasionan (bueno, no tantas, pero sí con intensidad) que hace tiempo opté por vivir de modo apasionado. No entiendo otra forma de hacerlo. Como escribe Antonio Muñoz Molina, no voy a permitir la vida me “degrade confortablemente”. Adela lo define bien: vivir dando bocados a la vida.

domingo, 21 de junio de 2009

Escuchando música...




Creo que hay vida donde habita la imaginación, donde descansan los destructores de sombras y crean los hacedores de sueños.

Pienso que la felicidad consiste en romper las leyes de la lógica, en transgredir los lugares comunes y romper con los prejuicios, en volar sin red, sin miedo a la caída, sin miedo a la herida abierta, a la soledad del vuelo, a los rayos fuertes del sol sobre la piel débil, blanca, quizá virgen, quizá no.

Descubro que nos basta escuchar una guitarra para ir tirando entre dos aguas, entre dos amores, entre el bien anhelado y el mal codiciado, entre olvidos necesarios, entre recuerdos primerizos, entre palabras nuevas a las que llego con la alegría del navegante al atisbar tierra firme, al relamerse ante el descanso merecido y la fruta que ha de encontrar.

Elaboro una vinagreta fuerte, aliño la ensalada, comparto la comida, el vino que nos rompe, nos muerde, nos alienta…me alienta como el arte de estos gitanos guapos, de este tema que las musas quisieron componer, pero se adelantaron las manos del gran Paco de Lucía (atención a la entrada de la guitarra en 3:39). Vino, música, libros…también como de aquello que no me da la tierra.

Lloro junto a amigos vencidos que vienen a acompañarme en mi derrota. Aplaudo junto a niños que aprenden a aplaudir. Vivo rodeado de cadáveres que luchan por cambiar el mundo, esa cosa que nos rodea. Muero intentando vivir de tal modo que el mundo no me cambie, esa osadía que a veces nos impide respirar. Amo entre vicios, sin límite sobre mi apuesta, sin cartas en la bocamanga, esas tahurerías sureñas. Amo para descontaminarme. El amor (querida, atlántica, fascinante Susana…aquí lees tu guante lanzado) es un reconocimiento del ser en cuanto a ser, del ser ahí, del verbo sin conjugar, del papel en blanco que nos muestra la huella de quien lo tocó, nos sale al paso para escribir que basta una huella para continuar, para ser, para reconocer, para amar, para creer, descubrir o llorar.

El amor es un reconocimiento, un juglar bajo un árbol, una habitación a oscuras donde el tacto es piel y sudor, un cruce de caminos donde se puede fumar, un verso rescatado del barro, una frase subrayada que rasga el papel, un café solo y armado con azúcar, una ventana abierta para que entren pájaros en libertad, un sol declinado, una luna herida y lorquiana, un beso, saliva, sudor y vuelcos del corazón, del alma habitada, de nuestras vidas que son los ríos que van a dar en la mar, en el amor, en una vocal transmudada, en una consonante tan inocente como un cuerpo que, desnudo, se presenta para amar.

sábado, 20 de junio de 2009

Entrevista de trabajo...

















- Y dígame, por favor, cuál es exactamente su especialidad.
- Cómo no. Mi especialidad es hacer niños guapos.




viernes, 19 de junio de 2009

La radio de los blogueros



Muy buenas, habitantes de bloguilandia, amigos todos:

En primer lugar quiero manifestar la alegría inmensa que me he llevado esta mañana con la siguiente noticia: el escritor Andrés Pérez Domínguez (http://laseparata.blogspot.com) ha ganado el LXI Premio Ateneo de Novela de Sevilla. Andrés es amigo de esta casa, es un escritor sensacional y es, además, una excelente persona. En octubre podremos leer la novela vencedora, "El violinista de Mauthausen", y sin duda ponernos a disfrutar de la buena literatura. ¡¡¡Felicidades, Andrés!!!

Dicho lo cual, vamos a lo que vamos. Esta tarde, de 19:05 a 20:00 -hora en España, península- nueva edición de esa maravilla radiofónica llamada "La radio de los blogueros". La tertulia de hoy promete mucho por el asunto que trataremos, LA EDUCACIÓN (de un modo con el que pretendemos abarcar muchos aspectos, ufff), y por el invitado a la misma: Juan Antonio González Romano, autor del blog http://ahdelavida.blogspot.com. El profe, vaya.

Más tarde tendremos un par de entrevistas, algo de musiquilla, comentarios premiados, etc. Como siempre, contar con vuestros comentarios es esencial para el programa y para el corazón de quienes lo hacemos (que se alegra, ese corazón, el de cada uno en particular y todos unidos en plan cursi). En las primeras horas de la tarde ya estará colgada la entrada que corresponde propiamente al programa de hoy. A partir de ahí, ¡¡venga!!, ¿qué hacéis?: ¡¡a escribir!!

Por radio nos podeis escuchar en el 93.0 F.M. o, en internet, a través de http://blogs.abcdesevilla.es/laradiodelosblogueros/

Ea, que ahí os espero, armado con besos y abrazos para recibiros.

lunes, 8 de junio de 2009

Parecidos razonables.




Bautizamos ayer a mi hija Adela, mi reina gitana de ojos que parecen azulados. Bueno, parecen azules. Son azulados. Habrá que esperar el devenir del color.

Se portó muy bien, se quedó dormida mientras la ungían (mientras la “aliñaban”, me dijo su padrino al oído. Tenía que buscar un padrino con poca vergüenza, de no ser así no me hubiera quedado tranquilo). Despertó bajo el agua, miró al cura mientras éste nos encomendaba a Lola y a mí que cuidáramos esa flor que recibía el sacramento y siguió dormida. Ajena al mundo o, por mejor decir, en brazos de su mundo de sueños, al cobijo de su padre, que soy yo, quien la protege, quien la ama, quien la busca cada mañana en su cuna para comenzar el día bajo la envoltura dulce de su risa.

Y se portó muy bien Domingo, su hermano, ídolo de su padre, que soy yo, quien busca cada mañana en los laberintos de su imaginación algo nuevo para ofrecerle, algo con que poder competir con su imaginación ilimitada, parmenídea, colmada de una lógica imposible de rebatir. Es curioso: la imaginación de los niños emana del rigor lógico y la imaginación (por llamarla de algún modo) de nosotros, los adultos atolondrados, necesita transgredir esa misma lógica para poder ser. Será por eso que somos casi incapaces de imaginar. Nos equivocamos en el procedimiento, nos cuesta trabajo pensar en algo que no lleve como encabezamiento un membrete.

Nos hicieron fotos. Faltaría más. Se preocuparon de ello los familiares invitados y dos señoras, profesionales del asunto (del asunto fotográfico), que se encargan de realizar las que, digamos, serán las fotografías oficiales del evento. Sin embargo, Domingo y yo sólo saldremos en los “robados”. Ambos nos negamos a posar con la familia. Yo vi que mi hijo no quería (no lo hizo) y, como tiendo a parecerme a él, opté por secundar su postura. Nos hicimos fuertes y no consiguieron doblegarnos. Habrá foto con Adela (inocente), su madre (que me miraba de tal modo que…ejem, bueno, que me miraba), mis padres y mi hermano, mis suegros y mi sobrina y los padrinos con su hija (no más invitados, please).

Pero no estaremos nosotros, mi hijo y un servidor. Otro día escribiré sobre esas cosas dramáticas que tan bien me quedan: los sentimientos ajironados, los desvelos dramáticos, los poemas cargados, la radio ilusionada, los amores incapaces de decidir entre olvidos y recuerdos. Pero hoy, aun sabiendo que puedo llegar a ser pesadito, ustedes sabrán disculparme la reiteración. Hoy escribo que cada vez me parezco más a ese loco bajito que tengo por hijo. Y su hermana, bajita y loca también, me deja dormir cada noche porque sabe que sueño con ella. Van saliendo bien las cosas.

Me abrazo a Lola y le canto la misma canción que escucho cuando le doy al play que acompaña estas palabras. Sí, algún día nos dirán adiós. Allí estaremos Lola y yo, para darles un beso y desearles suerte. Luego, juntos, viejitos y suavemente enamorados, mi querida e imprescindible Lola y yo jugaremos a la gallinita ciega…

viernes, 5 de junio de 2009

Servidor de todos ustedes...





Quien canta es Francisco Montoya Egea, Niño de la Huerta. El tema es “La Romería loreña”, dedicado a la Virgen de Setefilla, patrona de Lora del Río.

Una vez presentados todos, paso a explicarme. Hay un momento en la vida en el cual uno se reencuentra con algo que tiene que ver con lo que uno fue. Mi abuelo, primo hermano del cantaor, me dormía con esta canción. Y yo, entre youtube y Ridao - http://jmridao.blogspot.com/ - (de quien indirectamente he aprendido a subir vídeos a mi blog), estoy como un niño con zapatos nuevos. Bueno, en verdad, nunca he sabido cómo se siente un niño con zapatos nuevos. Pero esa es otra historia.

Mi abuelo y mi padre nacieron en la misma cama que el Niño de la Huerta, en una casa que está frente a la mía, la de mis padres, en Lora del Río. Esta canción me lleva a la cuna en la que dormía de pequeño, me emociona como pocas cosas más lo hacen en la vida. Me la cantaba mi abuelo al alimón con el radio-casete. Cantaba hasta que yo me dormía. No recuerdo aquellos primeros sueños que hicieron de mí lo que soy: un soñador sin solución.

Sí, sueño. A veces lucho e intento que los sueños se transformen en realidad. Pero he aprendido que esa frase, o esa intención, tiene trampa: los sueños siempre son reales. Al menos yo los considero así. Me acerco a los cuarenta años y me niego en rotundo a convertirme en un tipo aburrido, preocupado. Pienso morirme con una sonrisa que me deje un buen sabor de vida.

Hace poco me dijo una compañera de trabajo lo más bonito que me han dicho en la vida: “cada vez te pareces más a tu hijo”. Y estoy seguro de que, efectivamente, es así: lo he soñado. Parecerme a mi hijo es acercarme a lo que quiero ser. Él es mi ídolo, un mito con dos años.


Y el caso es que viene con él su hermana. Parecerme a ella es un segundo reto. Por ahora le he copiado la sonrisa, pero no me sale tan pura, tengo que practicar, descontaminarme, besar a mi hija en los labios para aprender a dibujar en los míos esa risa limpia.

No será posible, sin embargo, oler como ellos. Lo intenta el “Nenuco”, pero no lo consigue. Deben ser los poros sucios, la casi cuarentena, los sinsabores, los recuerdos gratos, los olvidos imposibles, la vida en su puñetera salsa la que nos va dando otro olor. Aquí los objetivos, pues, se transmutan: quiero conseguir que mis hijos huelan como lo hace su madre.

¿Le cantaré a mis hijos esta canción que suena? Faltaría más. De mi abuelo a mis hijos. Siempre hay un hilo conductor, un gesto que nos une más allá del apellido compartido. Que crezcan sin que se conviertan en adultos aburridos y desganados. Que sigan siendo el espejo dentro del cual quiero encontrarme cada mañana, cuando me levanto despeinado, paso con sigilo por el otro espejo (el de los sustos en el cuarto de baño) y me da por reír.